Líderes intolerantes como reflejo de nuestra parte oculta

Publicado originalmente por Fernando Ntutumu-Sanchis en su blog personal Humanitatis Locus

…hoy la intolerancia reina en casa y nadie nos la impone; es reflejo electoral de lo que ya había y nadie quería ver.

Que Donald J. Trump es representativo de un creciente grupo de líderes y ciudadanos que apuestan por romper el sistema tal y como lo conocemos es algo fácilmente constatable. De hecho, reconocidos líderes xenófobos como Marine Le Pen (Francia), Nigel Farage (Reino Unido), Viktor Orbán (Hungría), Geert Wilders (Holanda) y, desgraciadamente, muchos otros se han congratulado por la victoria del magnate. Concretamente, quienes más abiertamente lo han hecho han sido los representantes de la extrema derecha. Y esto no nos debería extrañar puesto que todos ellos son resultado de una misma dinámica de destape de sentimientos antiliberales que debería preocupar más allá incluso de que estén, o no, haciéndose con el poder. Los signos son estructurales; no hay nada de temporal en esto (quizá sí de generacional si seguimos dando acceso a educación superior a las nuevas generaciones de ciudadanos). Estábamos acostumbrados a que los dictadores contrarios a nuestros consensos morales de respeto de los Derechos Humanos sólo camparan a sus anchas por los pobres, subdesarrollados y bárbaros continentes africano, asiático, oceánico o subcontinente lationamericano. Por el contrario, hoy la intolerancia reina en casa y nadie nos la impone; es reflejo electoral de lo que ya había y nadie quería ver.

Todo esto me deja la amarga sensación de que, mientras algunos países no acaban de sumarse del todo a la ola de democratización tras las guerras mundiales, la caída del Muro de Berlín o la descolonización en África, otros estados parecen moverse voluntariamente desde valores de democracia liberal hacia lo que Rodríguez-Aguilera denominó recientemente, en relación con la Rusia de Putin, democracias nacionalistas no liberales. En este mismo sentido, el prestigioso profesor de Harvard Stephen M. Walt diagnosticó hace pocos meses, en Foreign Policy, lo que él ha denominado ‘El colapso del orden mundial liberal’. Al lector le parecerá un tanto exagerado, pero la realidad es que los síntomas no son nada despreciables y cada vez resulta más claro que el Brexit, la apatía de la UE ante actitudes fascistoides en Hungría, por ejemplo, o la victoria de Trump podrían haber acabado por fulminar la ‘espiral del silencio’ (Noelle-Neumann) que acallaba a los antiliberales, suponiendo, así, un trampolín para los que sueñan con democracias intolerantes con la diferencia. Hoy, amplias capas de la población han dejado de temer mostrar su preferencia por un modelo basado en la “sociedad del menosprecio” (Axel Honneth). Sólo hay que leer las informaciones referentes a los picos de odio tras el Brexit o tras la victoria de Trump. Los titulares son idénticos porque el fenómeno social responde a una misma raíz: el fin del silencio; la noche de los silencios rotos. Había más intolerancia tapada de la que nos atrevíamos a admitir. ¡Son sólo unos pocos!– decían. Hoy decantan elecciones y la deriva de Occidente.

Si no les respetamos, si les negamos su humanidad allí en sus propios países y a través de la explotación, ¿qué nos lleva a respetarles cuando están aquí en el nuestro?

Si este grupo de líderes gana adeptos, no parece deberse sólo a un momento de descontento, sino más bien a propuestas diferentes hasta ahora impopulares, acomodadas a demandas diferentes que se mantenían en silencio. No proclaman ‘democracia real ya’, mayor representatividad, voz en las instituciones, etc. (como sí hace la izquierda tachada de populista) y las propuestas no son proactivas, sino reactivas (muros, expulsiones, restricción de acceso, discriminación, primacía…). Priman el bienestar de sus compatriotas por encima del de las personas en general; se prima, por tanto, el chovinismo del bienestar (J. Habermas). Si para tener mejores empleos y bienestar para los compatriotas (nacionales) han de obviarse (y a futuro cambiarse) los consensos implícitos y legales de respeto e igualdad entre hombres y mujeres, así como de diálogo cultural y racial, se obvian. Eso no es problema. Total, la deslocalización de empresas viene haciéndolo desde hace tiempo con esas mismas personas que hoy –pensarán– asaltan Occidente. Si no les respetamos, si les negamos su humanidad allí en sus propios países y a través de la explotación, ¿qué nos lleva a respetarles cuando están aquí en el nuestro? La lógica es incuestionable.

…si cualquiera de estos líderes, tras ganar las elecciones, empezara a echar personas indocumentadas, musulmanes o cualquier representante de algún tipo de diversidad no estaría incumpliendo su programa, sino más bien lo contrario

Frente a las llamadas de atención ante la renqueante transición a la democracia liberal en algunos países (como Turquía o Rusia) o el retroceso producido por intervenciones de un sector social (como el ejército en Egipto), mi tesis es que, en los casos a los que aludo, no se podría hablar tanto de un viraje por parte de las élites hacia formas de gobierno menos democráticas, sino de algo cualitativamente distinto: sino una reafirmación de una minoría electoral movilizada que ya pensaba así y que ahora se atreve a manifestarlo. Quienes hemos vivido los micro-racismos, por ejemplo, sabemos cuál es la respuesta que debemos darle a quienes afirman aquello de “aquí no hay racismo”: “eso es falso”. Hoy la deriva global nos da la razón. ¿O es que España es excepcional en esto? Lo dudo. Hoy esto está más claro que nunca: por primera vez desde los consensos alcanzados el siglo pasado, los valores a primar por parte de los representantes electos y en cumplimiento de sus programas, no son los contenidos en las cartas y textos de derechos universales sino otros bien distintos que tienen que ver con la particularidad nacional, con concepciones de ciudadanía que considerábamos caducas y, en definitiva, con formas de entender ‘el mejor sistema de gobierno’ sustancialmente diferentes a la liberal-democrática. En definitiva, la diferencia sustancial es que si cualquiera de estos líderes, tras ganar las elecciones, empezara a echar personas indocumentadas, musulmanes o cualquier representante de algún tipo de diversidad no estaría incumpliendo su programa, sino más bien lo contrario. Y en este contexto, nuestra tarea de ciudadanía deberá ser de pedagogía y lucha argumentativa frente a un sector amplio pero silencioso que cree que la intolerancia debe imponerse como la norma. Por favor, no dejemos que se repitan las derivas del pasado; lo estábamos haciendo relativamente bien.

Inmigrantes: los estados europeos no
los quieren, pero su sociedad los necesita

Publicado originalmente por Fernando Ntutumu-Sanchis en su blog personal Humanitatis Locus

Son muchos los mitos en torno a la inmigración pese a la ingente cantidad de argumentos a favor de una mayor apertura de fronteras: ya sea por cuestiones de necesidad demográfica, para cubrir el déficit del mercado laboral y las necesidades de crecimiento, ya sea por tradición o por el imprescindible intercambio cultural para el progreso de una región en múltiples dimensiones. Aquí comento algunas de las aportaciones del experto en migraciones y presidente de la Global Migration Policy Associates Patrick Taran (ver documento en unesco.org).

Según Taran, la aparente crisis de refugiados no es tal puesto que «la llegada de refugiados y migrantes es una característica permanente de la historia europea». Además, a diferencia de lo que determinados sectores de las sociedades europeas (todavía no hay una única sociedad europea) pretenden hacer creer, la llegada de estos no solo no resulta perjudicial para Europa sino que es imprescindible para el sostenimiento social y económico del continente. «La inmigración –dice Taran– tiende a expandir el empleo y crear puestos de trabajo, reducir los índices de criminalidad, revitalizar los barrios y expandir la producción nacional y el crecimiento». En las próximas líneas trataré de comentar algunas de sus críticas y recomendaciones como experto.

Europa debería estar acostumbrada. Aunque sea cierto que los prolongados conflictos de Siria, Irak o Afganistán entre otros han provocado un incremento en los desplazamientos de personas hacia Europa, este experto considera que hay que poner estas cifras en contexto y tener en cuenta que éste no es un fenómeno nuevo. De hecho, según él las llegadas a países europeos han estado por encima de los 3 millones durante la última década, de los cuales dos tercios procedían de países extracomunitarios frente a un tercio de desplazamientos en el interior de la Unión.

Es un fenómeno nada extraordinario, aunque nadie pueda negar su impacto. Taran reconoce el enorme desafío que ha supuesto este elevado número de llegadas producido en los últimos años, pero señala que la carga ha sido soportada principalmente por las ciudades. En este sentido, cabe señalar lo paradójico que resulta que las ciudades, las más “perjudicadas” por el actual incremento, hayan sido, junto con las regiones, las que mayor insistencia han tenido a la hora de demandar el aumento de los cupos de acogida (éstas han secundado ampliamente la ya superada fase de Welcome Refugees, como señalé en un artículo publicado en Infolibre). Además, el presidente de la asociación critica el poco apoyo que generalmente han recibido por parte de sus respectivos estados ya que han sido estos los que mayores reticencias han mostrado frente a la llegada de personas procedentes del exterior de la Fortaleza Europea.

El auge de los movimientos políticos y sociales de carácter xenófobo, así como de los populismos, son algunos de los desafíos que las ciudades europeas afrontan en el contexto de recorte (austeridad) de los presupuestos públicos. Sin embargo, Taran hace un llamamiento a una mirada más positiva: como buenos desafíos, estos se pueden transformar en oportunidades para convertir las ciudades europeas en ciudades vibrantes. Son, según este, un gran terreno para la experimentación. «Cuando triunfen, el resultado puede ser una economía fuerte y vibrantes “cosmópolis”, cuando fracasen, el resultado puede ser la pobreza, la segregación y la tensión social». En mi opinión, son más los ejemplos de fracaso como París y sus banlieu que de triunfo. ¿Será Londres y su nuevo alcalde Sadik Khan un caso de triunfo? Habrá que esperar, pues el caso de París –uno de claro fracaso de gestión de la multiculturalidad– también cuenta con una alcaldesa que no destaca por ser de sangre francesa.

Según una encuesta de la Coalición de Ciudades Europeas contra el Racismo (ECCAR por sus siglas en inglés), la mayoría de las ciudades informaron de entre un 16 y un 40% de extranjeros residentes en ellas, llegando incluso al 50% (Viena, Rotterdam) o el 55% (Luxemburgo). El extranjero, el Otro, no está por llegar, sino que ya está aquí. La solución no será –considero– cerrar fronteras, sino abrirlas, flexibilizar mentalidades y profundizar en el estudio de gestión de la multiculturalidad. No habrá un modelo de gestión perfecto, pero en la lucha contra el terrorismo, el progreso social, político, económico y cultural de Europa o la paz social, será fundamental que los europeos y europeas aprendan a convivir consigo mismos y con el resto. Europa no está sola en la Tierra, ni lo estará. Con la creación de la UE, Europa pareció aprender a convivir en sus fronteras; ahora ha de demostrar que sabe tratar con dignidad al resto y, para ello, las ciudades –no lo Estados– y la sociedad civil serán fundamentales (como demuestran las conclusiones de Taran). ¿No es acaso llamativo que sea la sociedad civil mediante los movimientos de voluntarios/as y las ciudades a través de mecanismos de gestión de la solidaridad sean los que mayores y más genuinos esfuerzos estén haciendo por amortiguar el dolor en la frontera este de Europa?

Las llegadas de personas no nacidas en un territorio, puesto que han sido culturizadas en un ambiente –en ocasiones– radicalmente diferente, suponen un desafío para la gestión de “la normalidad” social. Todo contacto entre elementos diferentes lo supone. Además, la gestión urbanística –según Taran– o de servicios, aunque sea sencillamente por los necesarios tiempos de reacción, suponen retos importantes. Retos no solamente para la gestión de las ciudades, sino para el propio respeto de la dignidad de las personas. Los territorios de acogida deben propiciar las condiciones necesarias para el pleno desarrollo de las personas migrantes. «Como plenos ciudadanos» – señala. Combatir las discriminaciones, evitar la marginación social, el relegamiento a guetos y, entre otras dolencias sociales, la doble discriminación ejercida sobre la mujer (como migrante y como mujer).

Por último pero no menos importante, el informe afirma que «la inmigración será crucial para el sostenimiento del mundo del trabajo durante el siglo 21». Los trabajadores extranjeros comprenden en torno al 10-15% de la fuerza de trabajo en los países europeos, siendo esta proporción mucho mayor en algunas ciudades donde el efecto provocado ha sido el de rejuvenecimiento de la fuerza laboral. En este sentido –informa el artículo–, la fuerza laboral está en grave declive en la la mayoría de países (incluidos los europeos), ya que ningún país es capaz de formar en la gran variedad de habilidades y técnicas para las complejas tareas de la industria contemporánea. La llegada de extranjeros, complementos para “nuestros” mercados laborales, es necesaria. Y tanto es así que, según el McKinsey Global Institute, el déficit de trabajadores formados será de 85 millones en 2020, y los empleadores ya se quejan actualmente de que uno de cada tres vacantes no puede ser cubierta por falta de las habilidades necesarias en la fuerza laboral existente. Por tanto, si Europa sufre un déficit demográfico, sumado a un déficit del mercado laboral, ¿cuál es la respuesta lógica, el cierre de fronteras o la apertura y apuesta por la formación? La respuesta es clara.

Al fin y al cabo, ¿qué estadounidense o terráqueo despreciaría lo que un descendiente de inmigrantes como Steve Jobs hizo por la humanidad…?