Derechos culturales de la población negra en España (II)

En muchos países del mundo, durante las últimas décadas, el debate sobre la discriminación racial ha acabado convertido en un debate sobre la introducción o no de políticas de acción positiva. Si bien en España podría ser legítimo exigir una asignación de recursos diferenciada, la incapacidad tradicional de la sociedad civil negra y del Estado para coordinarse en esto provoca que las políticas de la diferencia se gestionen de forma elitista y antidemocrática.

Este segundo análisis sirvió para completar el informe en cuanto al estado del Decenio Afrodescendiente en España aportado a la reunión en Noviembre de 2017 de la Oficina del Alto Comisionado para los Derechos Humanos (OHCHR)

  Descargar informe principal para Naciones Unidas – Abril 2016

He colaborado con movimientos por la igualdad racial desde 2007 a partir de haberme involucrado profesionalmente en proyectos de Desarrollo Humano y TICs (Tecnologías de la Información y de la Comunicación) como Experto en Misión del Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo, con el proyecto de los Objetivos de Desarrollo del Milenio (ODMs). Los ODMs trataban de coordinar las políticas de cooperación internacional en todo el mundo con 8 grandes objetivos de desarrollo a alcanzar en el año 2015. Había objetivos y programas sobre pobreza, educación, igualdad de género, salud y medio ambiente, pero ni sobre racismo ni sobre discriminación étnica y sigue sin haberlos en su versión actualizada de los Objetivos de Desarrollo Sostenible a alcanzar en 2030. Con el empuje de los movimientos negros, los gobiernos latinoamericanos aprobaron leyes de igualdad racial con medidas de acción positiva a semejanza de Estados Unidos. Pero el modelo ha entrado recientemente en crisis por el efecto no esperado de reactivar los movimientos identitarios blancos y aumentar el racismo extremista.

Me interesé por estas problemáticas no atendidas por los ODMs desde un enfoque estratégico que plantea la desigualdad racial fundamentalmente como un problema cultural y de educación, por tanto pedí que se me asignase como colaborador en la estructura de la UNESCO en España. Así, desde el año 2009 colaboro como consultor en la Cátedra UNESCO de Estudios Afroiberoamericanos, que es una estructura de la UNESCO fundada en 1994 en España para la Educación y la Cultura en el área de Estudios Africanos. Mi misión en la Cátedra no es solamente contribuir a impulsar estos estudios, sino también analizar el avance en Europa, África y Américas de las actividades, organizaciones y movimientos sociales relacionados con los afrodescendientes, y contribuir al cumplimiento de los compromisos internacionales en materia de diversidad cultural y en la erradicación de prejuicios raciales y estereotipos. En este periodo también he ganado experiencia como consultor de estrategia, que después he aplicado en industrias culturales de raíz africana. Esto ha ayudado en el análisis de situación sobre los retos de África, ya que plantear este tipo de proyectos exige un amplio análisis de macroentorno.

Al intentar entender la desigualdad racial y el desarrollo comunitario de la población negra en España, lo que primero se impone es atender a los aspectos históricos y culturales. Con motivo del informe sobre racismo del año pasado para el CERD, hicimos una retrospectiva sobre el atropello de los derechos culturales de la población negra en un análisis anterior. Vamos a examinar ahora cómo la dinámica puesta en marcha entre el Estado y el colectivo afrodescendiente está resultando improductiva y va en contra contra de los intereses generales de la sociedad civil negra, porque crea nuevas desigualdades a través de una cortoplacista e ineficiente cultura del empoderamiento que funciona apenas a través de la comunicación y las relaciones públicas. Pretendo aquí hacer una descripción, hasta el momento actual, del proceso por el que esto se ha producido desde el comienzo de la democracia y de cómo se ha ido intensificando. Los términos población negra y afrodescendiente se utilizan indistintamente.

EL DECENIO INTERNACIONAL AFRODESCENDIENTE: ¿ALGO QUE CELEBRAR?

Reconocimiento, Justicia y Desarrollo. Sobre estos tres principios descansan la armonía de derechos y deberes internacionales en las celebraciones en 2011 del Año Internacional de los Afrodescendientes de la UNESCO y del Decenio Internacional para los Afrodescendientes de 2015 a 2024. Desde Naciones Unidas se insta a los Estados a adoptar medidas en la erradicación del “racismo, la discriminación racial, la xenofobia y las formas conexas de intolerancia”. El fundamento de las políticas correctoras que se pusieron en marcha en Estados Unidos fueron los estudios estadísticos en censos de población con categorías de grupo racial. El PNUD adaptó estas políticas en América Latina para suplir esta carencia de los ODMs, constatando que los afrolatinos sufren un atraso estructural en materias como igualdad, educación, empleo, ingresos, salud, esperanza de vida o exposición a la violencia como también sufren los afroamericanos estadounidenses.

En España no han existido estudios estadísticos de población o sobre Desarrollo Humano desglosados por grupo racial, por lo que el Estado desconoce las necesidades de intervención social en cuanto a minorías raciales. Debido a esta ausencia de datos y a la gran fragmentación sociopolítica de la población afrodescendiente en el país, resulta muy complejo articular sus demandas. El estereotipo dominante hasta el momento en la sociedad ha sido que no se puede ser negro y español, y cuando se puede siempre es con algún “pero” (“pero de dónde vienes”, “pero cuál es tu origen”, etc.) que discrimina a los individuos simplemente por su raza, en contradicción con la letra y el espíritu de la Constitución Española de 1978. Como elemento coadyuvante, este discurso ha sido interiorizado por muchos migrantes que educan a sus hijos nacidos en España para crecer en su propio país considerándose extranjeros. Todo esto ha contribuído a aumentar la brecha de derechos y aquí es donde cobran importancia las reivindicaciones de los afrodescendientes españoles, que lentamente empiezan a proyectarse públicamente.

Falta un Reconocimiento de la población negra por parte de la sociedad y del Estado. Cuando se intenta caracterizar esta población, se hace a través de la autodenominada comunidad afroespañola, que es un eufemismo para describir una profusión de grupos de la diáspora africana presentes en la esfera pública del país por medio de algún proyecto o actividad. Las dificultades de esta representación estriban en que existen profundas divergencias sobre la identidad cultural y sobre cómo aplicar conceptos básicos relacionados con la cuestión racial dentro del propio colectivo, además de una casi total falta de acuerdo sobre qué estrategias y acciones concretas seguir contra el racismo. Casi invariablemente, estos grupos toman direcciones muy rígidas a favor de una determinada visión ideológica de la política y de la sociedad (típicamente la neoliberal, la neocomunista, la panafricanista o combinaciones entre estas) que no son acordadas ni compartidas con el resto de la población negra o con la sociedad española en general. Esta comunidad en realidad es una comunidad de intereses que supone solamente una fracción minúscula de la población afrodescendiente total en España, estimada en el entorno de 1.200.000 personas, pero que no es posible contabilizar oficialmente por falta de un censo en el que anónima y voluntariamente pudiesen autodesignarse.

Falta Justicia, con un proceso de participación más inclusivo y equilibrado. El sistema de empoderamiento puesto en práctica en otros lugares es muy difícil de aplicar porque el contexto español no se presta a ello; las mayorías son importantes y los afrodescendientes con plenos derechos de ciudadanía son un grupo demasiado reducido de población como para visibilizar sus demandas por canales convencionales. Como consecuencia de la escasez de convocatorias públicas para proyectos o de la dificultad para superarlas, los grupos organizados no tienen otra opción que conectarse a redes de influencia para superar estas carencias si pretenden recibir apoyos oficiales, lo cual genera clientelismo por parte de los que asignan los recursos. No se ponen en marcha proyectos nacionales, en parte por falta de políticas y en parte por falta de capacidad, y a los grupos del asociacionismo, la política, etc. les resulta mejor no buscar alianzas entre sí, ya que en realidad están compitiendo por los apoyos externos y por llevarse el mérito de determinados logros, con lo que se generan parálisis a la hora de avanzar colectivamente y endogamia generalizadas. Toda la causa social por la igualdad pierde su sentido por el uso personalista que se hace de los recursos disponibles y porque no se cumple con una igualdad de oportunidades para todos los aspirantes.

Falta también Desarrollo por no obtenerse una distribución justa de los beneficios de las políticas. Para cumplir con sus obligaciones internacionales, el Estado debería establecer una asignación de recursos diferenciada para el desarrollo de la población negra durante el Decenio. Progresar en ello requeriría trabajar por objetivos, pero las organizaciones involucradas en afrodescendencia son poco o nada transparentes al respecto porque generalmente no saben utilizar marcos de estrategia ni indicadores de impacto social, ni pueden medir sus resultados. Y esto empeora porque, como muchos de los grupos involucrados en la erradicación del racismo han aprendido a trabajar con un enfoque de comunicación (de sus propias actividades) y no de políticas públicas, no se tiene ningún impacto efectivo en la base social. El énfasis excesivo en la función de comunicación ha ido creando así un sector protegido de eventos y relaciones públicas abigarrados alrededor de las instituciones, que finalmente niega la financiación y los recursos públicos existentes a enfoques más correctos. Todo esto opera como un espejismo en contra de que, desde el Estado, se invierta seriamente en iniciativas para mejorar la calidad de vida del conjunto de la población negra.

Según las recomendaciones de Naciones Unidas y nuestro propio criterio, el Estado debe enfocar los apoyos a buscar impactos positivos medibles sobre el conjunto de la población negra y la sociedad en general. El problema es que los censos eran la base de la metodología del PNUD para el desarrollo de políticas de igualdad racial, pero se plantearon en realidades históricas muy diferentes a la de España y falta aún un análisis específico suficientemente en profundidad. Primero habría que tomar la propia historia de la población negra en el territorio como punto de partida, como examinamos con las estrategias comunitarias de construcción de identidad. Este enfoque nos explica por qué la mera comunicación no puede atender a los problemas si no hay previamente un diseño y aplicación de políticas públicas. Pero pese a que la historia y el rescate de la tradición local son la fuerza principal detrás del desarrollo comunitario en todo el mundo, apenas existen menciones a la raíz africana de la cultura española entre las iniciativas que se están impulsando. El legado cultural africano en nuestro país en el intercambio con África debería ser el mayor activo a cuidar, puesto que el territorio español tiene una de las historias de la diáspora más interesantes del mundo.

Son necesarios más apoyos y fondos, pero sería más importante aún colocarse en una dirección correcta, reconociendo la diversidad racial del país en la cultura y la historia como primer paso. Para ello, España debería hacer mayores esfuerzos por reconocer su propia diversidad, reconociendo a los españoles negros como a otras minorías estructurales que nuestra democracia reconoce (la comunidad gitana, la comunidad judía, la comunidad musulmana, los vascos, los catalanes, etc.) y asignando recursos para su desarrollo cultural. Pero las desigualdades de raza siguen sin solucionarse y a la vez se ha creado un nuevo eje de desigualdad entre afrodescendientes subvencionados a dedo (en una carrera por visibilizarse) y no subvencionados. Por tanto, la dinámica actual resulta antidemocrática por definición y además perjudica los intereses colectivos porque crea nuevas desigualdades. Si las soluciones demagógicas continúan proliferando, desaparecerá cualquier atisbo de posibilidad de avanzar durante el Decenio en la igualdad de oportunidades efectiva con el resto de la sociedad y también entre afrodescendientes.

DIFICULTADES PARA LA PLANIFICACIÓN DE POLÍTICAS PÚBLICAS

Hasta ahora no está en la agenda del Estado atender a la desigualdad racial como sí lo ha estado atender a las desigualdades de género, orientación sexual y discapacidad. Formar ciudadanos que sepan enfrentar de manera eficiente y democrática los retos de un mundo global implica saber manejar una creciente diversidad, pero los prejuicios y estereotipos siguen siendo una forma rápida y cómoda para el ser humano de economizar esfuerzos. En lugar de entender esta diversidad y tratarla como una riqueza en la cultura del país, los medios de comunicación y la producción cultural en los 40 años de democracia española han preferido retratar a los ciudadanos no blancos como extranjeros y de una manera estereotipada. Desde el propio Estado se ha difundido la idea de que la diversidad racial es ajena a la nación por naturaleza, cuando en realidad se trata del desconocimiento de la propia historia y de la larga tradición de falta de respeto a las minorías raciales por parte de las instituciones. El término afroespañolidad es una etiqueta para denominar el ser de la sociedad civil negra en España, que ha reaccionado ante estas situaciones de agravio comparativo con un proceso de reconstrucción de su identidad en unos nuevos términos.

Los problemas de racismo son de interés general y su erradicación una labor de toda la sociedad, pero hasta ahora en España no se han creado políticas públicas efectivas para combatir las desigualdades a las que se enfrentan las minorías raciales. Un censo por grupos raciales será muy difícil de aplicar porque el contexto no se presta a ello; por la forma de vida de los españoles, el pequeño tamaño de la población negra española y la tradición legislativa, el país probablemente se resistirá a aplicar una versión de los censos como se han aplicado en las Américas, pero también por los cuestionables resultados que recientemente han hecho entrar el modelo en crisis. En Europa no se debate sobre raza como en las Américas porque aún resuenan los efectos de las guerras del nacionalismo étnico y está por resolver el rompecabezas racial y religioso que ha dejado la entrada en crisis también del modelo de asimilación francés y del modelo multicultural holandés. Junto a esto, un segmento de la población en España acusa a las personas no blancas de ser una amenaza para la identidad y el bienestar nacionales; acusaciones que son frecuentemente disfrazadas de bromas racistas, que hacen reír a mucha gente pero que tienen un efecto muy dañino en la vida cotidiana de las personas, sobre todo de niños y jóvenes.

El lenguaje que se utiliza influye mucho en la forma que se percibe el mundo y manejarlo bien es sin duda parte de las soluciones en la erradicación del racismo. Sin embargo, aquellos grupos con mayor visibilidad social entre la minoría negra, en las pocas oportunidades reales que tienen de dirigirse a la opinión pública del país, no presentan un discurso que pueda conectar con un público más allá de su entorno y los ya convencidos. Sus mensajes son más bien concebidos para consumo interno en una multitud de eventos como charlas inspiracionales, conferencias, ceremonias, premios, homenajes, encuentros con personajes célebres, manifestaciones, etc. en los que el público suele dejarse llevar por la excitación que provoca la denuncia del racismo, la exaltación de la negritud o el sentimiento de pertenencia al grupo. Con los escasos apoyos oficiales que se conceden, que suelen ser gestionados por personas o entidades no afrodescendientes dentro del establishment institucional, se diseñan proyectos según la particular manera que tengan estas personas de entender las necesidades vitales de la población negra.

La mayoría de iniciativas afrodescendientes necesitan encajarse en variopintas agendas institucionales con prioridades distintas a las del programa del Decenio, generalmente las de organizaciones sociales o culturales, lo cual crea descoordinación y falta de alineamiento. De ahí la necesidad de espacios que intenten dirigir la atención sobre las cuestiones que afectan a la población negra. En lo personal, agradezco que me hayan llamado a algunos de estos foros en España y en el extranjero. Entre algunos asistentes nos hemos escuchado con atención conversando sobre determinadas cuestiones, y ha existido un intercambio de contactos que podría haber producido colaboraciones profesionales interesantes en otro contexto, pero desaparece la posibilidad de trabajar por objetivos estratégicos al soslayarse la reivindicación de ámbito general en favor de enfoques personalistas. No es mi intención descalificar a las personas que gestionan tales proyectos (yo mismo me incluyo en estas críticas) sino analizar el comportamiento de este sistema, describir cómo excluye a otros enfoques más efectivos y denunciar la ausencia de mecanismos más democráticos con la anti-política puesta en marcha en esta materia, que merece ser conocida por el conjunto de la sociedad porque es objeto de mucha controversia dentro de la propia sociedad civil negra.

El desarrollo de proyectos sin encaje en planes estratégicos de las Administraciones provoca que el reparto de recursos públicos y oportunidades de representación vayan solamente a unos pocos grupos escogidos arbitrariamente, que deciden actividades en áreas profesionales en las que pueden desenvolverse; de manera que casi todos los proyectos se encuadran así en el área de relaciones públicas y organización de eventos (que cuánto más lúdicos o folclóricos sean, más apoyos reciben). Así, se suelen dedicar los esfuerzos en afrodescendencia a contentar a una minoría con una serie de actividades de propaganda y eventos, con ningún resultado real en términos de los objetivos de erradicación del racismo. Funciona como propaganda porque no existe correspondencia entre gran parte de lo que se pretende comunicar y la realidad; como no se miden ni controlan índices socioeconómicos de la población negra y se desconoce el impacto social de los proyectos de empoderamiento sobre el conjunto de la misma, es posible justificar el apoyo de acciones que son irrelevantes al amparo de la arbitrariedad o de la disparidad de criterios sobre las que se sustentan. La situación hasta hoy contribuye de una manera ineficiente e ineficaz, en todos los niveles.

La ineficiencia de la dinámica general está en que los grandes problemas siguen sin solución pero, al mismo tiempo, la aplicación al desarrollo comunitario de esquemas de trabajo ideados para publicistas ha generado una carrera por la visibilización con un nuevo eje de desigualdad en función de si se obtienen apoyos públicos o no en tal carrera. Se ha perdido totalmente de vista la reivindicación de fondo y una falsa prioridad de visibilizarse más se coloca continuamente como excusa para buscar notoriedad y por delante de las demás consideraciones, centrando la acción social en organizar encuentros sin ningún trabajo comunitario real ni objetivo en común por detrás. Se acaban convirtiendo en una especie de concurso de belleza continuo entre proyectos particulares o personas, en detrimento del análisis en profundidad de los problemas sociales y las propuestas de solución; esto tiene un coste de oportunidad al no dedicarse el tiempo y los recursos a trabajar sobre soluciones reales. Es a la población blanca a la que también hay que interpelar, pero no hay un diseño de políticas en materia de igualdad racial que alcancen a toda la ciudadanía por parte del Estado ni se articulan propuestas desde la sociedad civil.

La ineficacia reside en que esta dinámica no ofrece respuestas sobre qué beneficios generales tiene sobre la población negra en el país o cómo ayuda a mejorar su calidad de vida. Se entiende muy bien que muchos de los involucrados digan esperar la emergencia de un gran líder, porque en general no perciben que el problema no es el carisma personal o los conocimientos sino la propia lógica de funcionamiento de la propia comunidad en la que se encuentran, cuya apuesta por el momento es continuar haciendo eventos, manifestaciones y campañas sin trascendencia social más allá de su propio ecosistema de grupos y algún público ocasional. Estos espacios no son un escenario adecuado para la reflexión y la planificación ni para debates sobre problemáticas complejas que afectan a las leyes, la acción social, la economía y muchas otras áreas de política pública. Quienes esperen ver avances sociales a raíz de este tipo de acciones se verán frustrados; por su lado, quienes acuden principalmente buscando beneficios psicológicos de pertenencia a un grupo se ven recompensados y esto actúa realimentando la situación.

PROBLEMAS DE IDENTIDAD, GUERRA CULTURAL Y EFECTOS NO DESEADOS

Con todo, una incipiente industria de eventos se ha abierto camino entre la falta de igualdad de oportunidades y una fiera competencia a lo largo de los años por dirigir la visibilización del colectivo y monopolizar los apoyos; esto se ha unido a la tradicional tendencia en España entre grupos de activistas afrodescendientes de importar diferentes corrientes del panafricanismo o el identitarismo de las Américas. El enfoque de gestión cultural dominante de este activismo es el de comunicación pública a través de retóricas identitarias, atrayendo para ello a un sector minoritario, hipersensible y exageradamente ideologizado, que se presenta como pueblo oprimido y en ocasiones agita a la derecha social, sobre todo a la ultraderecha. Su discurso pretende comunicar a la sociedad conceptos que son ya hegemónicos dentro de una élite cultural, pero esto se transforma muchas veces en el discurso de los fácilmente ofendidos, disfrazados de luchadores por los derechos pero que suelen utilizar al resto de la población negra de forma instrumental para favorecer su visión particular o progresar personalmente. Los movimientos etnocentristas identitarios tienen también el problema de lo facilmente que derivan hacia el extremismo, de hecho el primer movimiento identitario que surgió en los Estados Unidos fue el Ku Klux Klan.

Estos movimientos se enfrentan entre sí con una dinámica de acción-reacción y más acción. Los eventos y manifestaciones están actuando en esta situación sobre el fuerte sentimiento de pertenencia a un grupo que tienen algunas personas por las de su misma raza a la hora de confraternizar, pero en un sentido tal que presiona para que confíen en hacer más de esos encuentros como manera de ir encontrando soluciones a sus problemas. En cuanto a los contenidos, en España gran parte de lo que se escucha sobre la lucha contra el racismo en este ambiente se queda en una pose porque no hay una metodología ni una continuidad en el trabajo colectivo por detrás del discurso. Racionalmente no se sostiene ninguna de las explicaciones sobre cómo este enfoque de comunicación empodera a otros afrodescendientes que no lo practiquen también. Además, al intentar copiar el modelo americano, no se entiende cómo aplicarlo en una realidad histórica y sociológica totalmente diferente; para empeorar la situación, el identitarismo ha tenido un efecto muy contraproducente en los conflictos raciales por el aumento del supremacismo blanco y la xenofobia, según se desprende de los estudios sociológicos sobre el resultado electoral del Brexit en Reino Unido y de la victoria de Donald Trump en Estados Unidos. Cuando las políticas de acción positiva se han mezclado con el identitarismo, han acabado favoreciendo electoralmente a la ultraderecha y a la nueva derecha (la que recientemente ha surgido como reacción en las redes sociales y en sitios web como Breitbart News de Steve Bannon, ex-jefe de estrategia de Trump).

Una mayoría de personas, negras o de otras razas, que se aproxima al entorno del activismo negro no entiende ni comparte la ideología identitaria, que se pretende difundir en un contexto muy inadecuado como el español, por lo que acaban por no volver y se va produciendo más endogamia o efecto secta dentro de un núcleo que, para mantenerse como tal, necesita una frenética actividad de publicidad sobre sí mismo. Como esto se pone además al servicio de un planteamiento ideológico determinado, suele haber un sector que considera su deber lanzar constantes debates morales (ya sea por ser más activo o más extremista) no sólo contra los racistas sino también en contra de los indiferentes o los ignorantes, a los que desprecia, y de los disidentes, a los que acusa de complicidad con la sociedad racista. Esta dinámica sólo consigue infantilizar aún más la imagen pública de los afrodescendientes en España. Como el país no tiene barrios negros en las ciudades ni una clase empresarial negra, la representación a través de líderes de la comunidad no despega porque no funciona bien en la estructura de esta base social. En tal contexto se produce además una llamada a la guerra cultural, sobre todo en forma de cruzada mediática en Internet.

Como el lenguaje resulta demasiado ideológico y contraintuitivo para el resto de los españoles e incluso para los africanos (bastante gente percibe a algunos líderes o caras visibles del activismo como racistas negros por su retórica identitaria) necesita de un flujo continuo de campañas de explicaciones con debates y esta lógica acaba derivando en sectarismo en muchas ocasiones. Según los expertos consultados, es urgente salir del amateurismo y el cortoplacismo para adquirir experiencia en el mundo de la organización moderna y la gestión de proyectos, pero la mayoría de las iniciativas se gestan en entornos demasiado cerrados y poco profesionalizados, sin control ni coordinación con las metodologías para la ejecución de un programa serio para la erradicación del racismo. Y el riesgo de lanzar guerras culturales sin tener en cuenta el contexto (con el surgimiento actualmente de la nueva derecha o del hombre blanco enfadado que ha ganado en el Brexit y después con Trump) es que pueden perderse simplemente con que el adversario, que es mucho más numeroso, difunda otro relato contrario; esto el activismo negro se lo está dejando muy fácil a la extrema derecha, a los racistas y a los que critican todo aquello que pueda parecerles discriminación positiva.

Todo esto parece funcionar más como un gran ritual para conjurar miedos compartidos que como parte de un programa de intervención social. Para combatir el racismo mediante la defensa de sus derechos culturales, los afrodescendientes españoles deberían establecer un grupo de interés eficaz para conseguir apoyos públicos y poder financiar una organización cultural propia y el desarrollo de acciones. No debería ocurrir que, cada vez que un colectivo pretenda defender sus derechos, sea imperativo que organice más asociaciones y grupos de interés privados porque no existen unas vías convencionales para conseguirlo; lo prioritario deberían ser los compromisos reales en las políticas del Estado a largo plazo por parte de responsables de las Administraciones y sociedad civil. España tiene una larga tradición de racismo institucional y fue el imperio que inició la trata de esclavos junto con Portugal, por lo que sería deseable que fuese un país que desarrollase mejores políticas públicas para combatir el racismo. Pero mientras el Estado no actúe y una comunidad que se considera clave en tal proceso siga discutiendo en círculos sobre una multitud de asuntos sin priorizar o celebrando debates identitarios, la problemática de discriminación no se solucionará y muy posiblemente empeorará debido a tendencias como el cambio climático, las migraciones de refugiados y el ascenso internacional de la extrema derecha racista.

La nación española ha sido hostil con sus minorías raciales y étnicas durante buena parte de su historia, pero también aparece consistentemente en las estadísticas de Eurostat como el país menos racista de Europa en la actualidad. Esto no quiere decir que no haya que trabajar en los graves problemas de racismo, pero tampoco tiene sentido definir a los españoles de hoy como un pueblo opresor. En cualquier caso y por los diferentes contextos históricos, no parece que el modelo de las Américas sea un modelo a importar y sería necesario un esfuerzo de estrategia totalmente renovado. En palabras de un histórico activista negro: “primero habría que desmantelarlo todo, para empezarlo otra vez desde cero de una manera democrática”. Mientras tanto, los tímidos avances en materia de igualdad racial en España, los que afectan en general a la población, se producen principalmente por la fuerza de los cambios demográficos, como cabía esperar. Por ejemplo, las empresas españolas comienzan a incorporar mayor diversidad racial en su publicidad porque hijos de los migrantes llegados en los 90 de todas las razas llegan a la edad adulta, pasando a formar parte de la clase consumidora. Pero el motor de este cambio no ha sido concienciar con presentaciones a todas esas empresas (lo cual puede ayudar puntualmente) sino los cambios en la base social, y es ahí donde reside también toda posibilidad de aplicar políticas públicas de diversidad.

EL DESPLOME DE LA PRODUCTIVIDAD

La prioridad en la mayoría de proyectos afrodescendientes hasta hoy es conseguir justificar su acción y los apoyos que reciben mediante un continuo flujo de comunicaciones públicas. Sin embargo, existen estudios de ámbito global que demuestran que el impacto social efectivo de este tipo de prácticas resulta casi nulo o incluso negativo. Publicar en las redes sociales lo que ha sucedido o sucederá en un evento de relaciones públicas no va a aumentar los niveles generales de bienestar de la población negra no asistente al mismo. Pero la actividad principal de estas iniciativas afrodescendientes de empoderamiento que se están promoviendo es una sucesión de anuncios, premios, presentaciones, manifestaciones y charlas inspiracionales que visibilicen a personas negras como ponentes y entre el público. Como he conversado con personas que gestionan estas iniciativas conozco su versión, según la cual no ven ningún problema en trabajar con este improductivo enfoque de comunicación. O con el de líderes, que es su caso extremo.

El sector general de la comunicación mediante eventos sufre en España enormes presiones para reformarse en los últimos años, sobre todo a raíz de la crisis, por lo que se está exigiendo cada vez más que incorpore determinados valores éticos y de sostenibilidad. Lo más importante que se pide hoy a las organizaciones modernas es que reuniones, incentivos, espectáculos, congresos, festivales, convenciones y ferias (junto con la identidad de la organización, la publicidad, las relaciones públicas, las relaciones con los medios de comunicación, el patrocinio y el merchandising) comuniquen fielmente qué estrategia hay por detrás. Como no existen estrategias comunes de los grupos llamados afroespañoles, porque no se sabe cómo avanzar más allá del análisis de la situación debido a la gran heterogeneidad de grupos e individuos, la sucesión de eventos y publicaciones de visibilización en la que centran sus esfuerzos sólo pueden sobrevivir en el actual escenario hipercompetitivo y de saturación informacional mediante el abaratamiento de costes y las ayudas públicas, típicamente mediante su inclusión en el portafolio lúdico-cultural de los ayuntamientos. No sería fácil financiar estos proyectos propagandísticos de otra forma, porque se necesita llegar con una cualificación profesional más alta que exige el mercado al resto de la sociedad en foros académicos o de emprendedores.

El hecho estadístico en todo el mundo, la situación real que se observa, es que invertir el grueso de los esfuerzos en comunicación y en elevar a unos pocos al rango de pseudo-líderes (que se prestan a esto, dentro de una búsqueda de portavoces a menudo desesperada, porque para ellos es una fuente de ventajas personales en forma de cargos, financiación, viajes, etc.) resulta totalmente ineficaz si tiene como contraprestación el olvido del diseño y puesta en funcionamiento de políticas públicas. En el caso que nos ocupa, colectivamente conduce a no trabajar por unas verdaderas políticas correctoras de la desigualdad racial e incluso, si no se maneja bien, acaba por conseguir todo lo contrario al aumentar de forma irresponsable conflictos raciales que pueden estar latentes en la sociedad y no son abordados correctamente. Una gestión más inclusiva y estratégica trabajando por metas concretas sería necesaria, evitando perderse en interminables discusiones identitarias o semánticas que sólo producen división en la sociedad y que en algunos casos agitan los extremismos.

El primer error es la falta de alineación de los afrodescendientes para dialogar con las administraciones públicas. Esto exige una toma de decisiones sobre los asuntos de interés para la comunidad que nunca se ha producido debido a continuas batallas de egos entre y dentro de los grupos activistas, y además porque reúnen a una minoría que no puede ni debe hablar ni tomar decisiones por el resto. Cada miembro de esta minoría además ha adaptado a su manera el desembarco de los discursos identitarios importados de las Américas. Sería recomendable utilizar herramientas digitales de discusión y votación para formular consensos amplios desde la base social, lo cual está siendo clave en la modernización de la participación social en todo el mundo, pero por alguna razón estos grupos no se muestran interesados en estos mecanismos. Invertir esfuerzos en crear de forma redundante nuevas estructuras de representación que atomizan el movimiento es el segundo error, y el tercero es no coordinar eficazmente los diferentes proyectos que son creados para ponerlos en la dirección de objetivos comunes.

Estas críticas al enfoque de comunicación son generalmente ignoradas porque es muy difícil que lo abandonen aquellos que lo practican, especialmente cuando buscan convertirlo en un medio de vida y/o privilegios particulares como conferenciante profesional, líder o algo relacionado con proyectar su carisma personal. ¿Es la renuncia a formular políticas educativo-culturales (centradas en la historia del territorio propio) una consecuencia del fracaso de las políticas de la identidad en otros lugares de Europa y en las Américas? ¿Existe una intención deliberada de las autoridades en el ámbito nacional e internacional para infantilizar a las minorías raciales confinándolas en determinados foros como cobayas? ¿Por qué las personas al frente de esos proyectos no son afrodescendientes en la inmensa mayoría de ocasiones? ¿Es legítimo asignar recursos públicos para impulsar determinadas agendas ideológicas, con escaso o ningún respaldo científico? ¿O para premiar la “experiencia como activista” de desempleados sin currículum? ¿Por qué se apoyan iniciativas organizadas sobre la marcha por gente sin experiencia o dudosa profesionalidad, mientras que no existen apoyos para formar equipos solventes mediante convocatorias abiertas?

Cuando alguien se arma de una ideología de raza que le permite culpar a otros de sus propios problemas particulares, consigue resolver en su cabeza muchas frustraciones: puede difundir teorías sobre que si uno no prospera, no puede hacer ciertas cosas que le gustarían o no puede acceder a ciertos trabajos, es indudablemente por culpa de una sociedad injusta que le oprime por su raza siempre, vaya donde vaya y haga lo que haga. Esto proporciona a estos grupos la excusa perfecta para vender su causa en audiencias internas o externas, de manera que algunos escogidos progresen personalmente como líderes mientras que los demás se consuelan con la idea de que impulsando a unos pocos se consigue en parte hacer justicia histórica. Aspirar a beneficios personales únicamente sobre la base de una determinada pigmentación de la piel, en lugar de combatir realmente las situaciones de desigualdad y discriminación en nuestra sociedad, abre la puerta a nuevas desigualdades.

Encarar la problemática del racismo en España a partir de ideas importadas del extranjero, que no vienen al caso y suelen derivar en interminables debates desde los cuales no se pueden después abordar las soluciones adecuadas, no solamente falsea el análisis; tampoco ayuda en nada a las personas con verdaderos problemas de racismo o discriminación, además de agitar reacciones contra el conjunto de la población negra injustamente. Cuando los miembros de un movimiento político-cultural confunden sus sentimientos con la realidad y la esfera privada con la pública de una forma fanática y obsesiva, señalando a otro grupo social como enemigo (a menudo por nimiedades) no existen razonamientos que impidan considerar a cualquiera un aliado del fantasma contra el que han elegido luchar. Tal ideología de raza, supuestamente orientada por una causa emancipadora, en realidad es una forma más de separar a las personas que segrega sectores de la sociedad que podrían y deberían funcionar juntos, para poner en primer lugar una suma de intereses y agendas individuales.

Fomentar una élite de iluminados, espejo tardío del etnocentrismo blanco, que crea estar destinada a convertirse en cara visible de la población negra y en cierto sentido parte de la clase dirigente del país (como líderes de opinión, campeones por África, de la justicia contra el racismo o por la reparación de los crímenes de la esclavitud trasatlántica) genera guetos y nepotismo como primera consecuencia práctica. La segunda consecuencia se produce al no calcular los riesgos ni prevenir los efectos inesperados que pueden llegar a producirse por lanzar guerras culturales, que no pueden ganarse partiendo de la obsesión por exagerar el racismo de los españoles o de recordar del sufrimiento de la población negra en siglos recientes. Los más radicales van más allá y hablan de la necesidad de una comunidad negra separada socialmente y diferenciada legalmente del resto de la población, que afecte incluso a familias que son racialmente mixtas en una tentativa de ingeniería social.

El tono de los debates aleccionadores en las redes sociales, percibidos como victimismo versus extremismo, sólo consigue dividir a la sociedad y aumentar el enfrentamiento racial. Como este antirracismo militante además se ve condicionado por afinidades personales e ideológicas, podría darse que una minoría progrese erigiéndose como salvadores de la causa al tiempo que la situación podría estar empeorando para el conjunto de la población negra: por un efecto combinado de la inacción en las políticas que serían necesarias y de la reacción en una parte de la sociedad blanca ante el agit-prop victimista/aleccionador de un sector minoritario de población negra que busca notoriedad. Con tal mezcla de impulsos primarios (gregarios por un lado y egoístas por otro) y sin ninguna consideración estratégica a más largo plazo, se prioriza lo que rinda mayor satisfacción particular en cada momento. Todo esto convierte la causa por la igualdad apenas en un relato accesorio.

El problema de este enfoque de comunicación no sólo es que la propaganda, por su naturaleza, siempre necesite estar renovándose. Es además que nunca produce el impacto que promete y fomenta una hipercompetitividad en la que los que consiguen más notoriedad mediante tal propaganda se colocan antes en el centro de ese ecosistema, entonces otros siguen su estela y se acaba dedicando todo el proceso de supuesto empoderamiento a la especialidad de esas personas: la comunicación y las relaciones públicas sin ningún objetivo concreto ni medible. La excusa es visibilizarse, eufemismo que en realidad quiere decir hablar continuamente sobre sí mismos. Por tanto, la cercanía a posiciones de poder en las esferas cultural, mediática o política se convierte en el principal factor que así se está exigiendo para participar del ecosistema; su única habilidad colectiva parece ser la organización de charlas o presentaciones para un público escaso y poco interesado. Se produce de este modo una endogamia en la organización de proyectos, con una minoría no representativa que entiende la participación pública como demagogia que debe ser dirigida desde su entorno particular y/o por medio de celebridades en foros y encuentros, que fomentan el intercambio de favores para aprovechar arbitrariamente el clientelismo como única estrategia de conjunto.

En realidad, en España no existen políticas ni iniciativas comunitarias para la igualdad racial, sino que se impulsa una selección elitista y antidemocrática de pseudo-líderes o supuestas figuras públicas de referencia por un lado, y por otro una ejecución ineficiente de proyectos que suelen depender de prejuicios ideológicos o agendas particulares de pequeños subgrupos. Como el tipo de proyectos resulta mal escogido y las personas involucradas no pueden hacer frente a una problemática tan compleja como la del racismo, todo esto acaba desplomando la productividad en cuanto a la consecución de un impacto social más amplio y supone una renuncia a objetivos estratégicos que se ajusten a lo específico de la realidad española. De esta forma se desvirtúa el sentido original de las políticas de igualdad, diversidad, inclusión y desarrollo. Son pocos quienes responden con claridad sobre si están equivocados o no estos ingenuos esfuerzos, que son dominantes dentro del activismo y el asociacionismo negro desde hace muchos años y no producen en la práctica impactos positivos para el conjunto de la población negra del país. Sin embargo, nadie quiere parar la música en medio del baile y probablemente seguiremos viendo en el futuro iniciativas de este tipo compitiendo entre sí, con unos subgrupos que intentan deshacer el trabajo de otros para imponer sus particulares puntos de vista y parasitar el presupuesto público u ocupar cargos sin tener que superar unas oposiciones previamente.

CONCLUSIONES

Bajo un mal liderazgo político en la lucha contra el racismo durante 40 años de democracia, no ha sido posible emprender proyectos sociales o culturales con una mínima envergadura para tener impactos medibles en la corrección de la desigualdad racial. El negacionismo de la sociedad española sobre la necesidad de políticas de igualdad racial ha ido produciendo como reacción un movimiento activista, atomizado en grupúsculos, que luchan por llamar la atención y conseguir prebendas por parte de los poderes del Estado. Aunque resulte una contradicción en los términos, el resultado es que la única política de igualdad racial en España para la población negra es un desigual reparto de ocasiones para darse a conocer entre sí y poner en común sus quejas. Los esfuerzos deberían enfocarse a poder debatir con el resto de los españoles acerca de las legítimas preocupaciones sobre raza o migración que existen y sus soluciones. Pero para esto las personas adultas no necesitan más tutelas ni más liderazgos, sino contar con unos responsables políticos y un funcionariado bien formados al respecto y que entiendan cómo aplicar medidas efectivas en las instancias correspondientes. La carencia de los mismos hace que los actores involucrados opten como solución por organizar un continuo espectáculo de propaganda que conjure el miedo a los resultados de un debate abierto.

La denuncia de los problemas es importante, pero los poderes públicos deben ponerse prioritariamente al servicio de las soluciones. Ante los importantes retos que tiene nuestro país en materia de igualdad racial y los riesgos que se plantean en el horizonte, es urgente y necesaria la participación ciudadana en una estrategia nacional que hasta hoy no existe para los derechos culturales de la población negra, junto a los de otras minorías raciales en España. Para poner en marcha iniciativas, los afrodescendientes necesitan unos cauces de participación más democráticos y no elitistas ni hipercompetitivos. En la construcción de una identidad multirracial se necesita un debate público con una participación amplia, dejando de discutir en círculos cerrados y debatiendo también en otros foros donde se discute la política nacional. Solo así pueden generarse los consensos necesarios para decidir qué es lo que el Estado debe hacer y qué no para rehabilitar los derechos culturales de las minorías, porque debe hacerse de una manera democrática o probablemente resultará mejor no intentar hacer cambios. Si en España hay que crear un modelo fundamentado en censos raciales o no, es algo que debería decidirse tras resolver el actual laberinto conceptual alrededor de la cultura y la raza.

La conclusión es que un programa nacional para combatir la desigualdad racial en España, y los proyectos bajo el mismo, deberían incluir al menos estos cinco objetivos: 1) una reforma educativa que utilice criterios de diversidad étnica con campañas públicas contra el racismo institucional y un programa cultural sobre las contribuciones de África a España a lo largo de la historia del territorio, 2) unos medios de comunicación públicos y unas ayudas a la producción cultural más inclusivos que transmitan una imagen digna de los diferentes grupos raciales, 3) acabar con el racismo migratorio hacia el continente vecino atendiendo a los africanos en sus proyectos mediante una coordinación de las políticas migratorias con las áreas de comercio, turismo y cooperación, 4) perseguir los delitos de odio racial efectivamente con medios preparados especialmente para ello y 5) solucionar la discriminación en la sanidad por la falta de atención en dolencias que afectan más a las personas negras, y especialmente en los problemas propios de la piel oscura. Para su consecución, sería necesaria una gestión estratégica por parte del Estado con la puesta en marcha de un programa que optimice las sinergias entre proyectos y el uso de recursos públicos. Junto a ello, se requiere un activismo y un tercer sector no doctrinarios que estén dispuestos a coordinarse con el Estado para la erradicación del racismo en torno a dicho programa sin renunciar a sus propias reivindicaciones.

Pero todo esto es sólo una aportación y debería ser integrada con otras propuestas en un proceso amplio de consulta y participación para los afrodescendientes, con un debate democrático abierto y no sólo con un asociacionismo anquilosado. La cercanía geográfica, la historia de su territorio y la cultura de España en relación con África posicionan para que su diáspora destaque con luz propia y sin tomar otros lugares del mundo como referencia absoluta. Pero si, desde los poderes públicos, se sigue considerando que conseguir reunir a una pequeña élite de activistas, emprendedores o artistas para intentar simplemente continuar visibilizando a la población negra actual no justifica ni compensa el olvido de la transferencia de conocimiento y las políticas educativas que deben activarse en la erradicación de un racismo fraguado durante siglos. Las instituciones deben corregir la dirección de los programas de igualdad a los que tienen derecho las minorías raciales, construyendo consensos desde la base social, sin excluir a nadie y sin privilegios. Con participación todas esas minorías, atendiendo a las especificidades de las nuevas generaciones en el contexto de una nueva España multirracial. Estas transformaciones podrían conseguirse mediante los derechos de la ciudadanía, por lo que resulta importante interpelar a una mayoría social para formular verdaderas iniciativas de diversidad e inclusión. Seguimos esperando alguna evolución en este sentido.

Imagen de cabecera: La cena de Emaús / La mulata (1618-1622) por Diego Velázquez