Derechos culturales de la población negra en España (II)

En muchos países del mundo, durante las últimas décadas, el debate sobre la discriminación racial ha acabado convertido en un debate sobre la introducción o no de políticas de discriminación positiva. Si bien en España podría ser legítimo exigir una asignación de recursos diferenciada, la incapacidad tradicional de la sociedad civil negra y del Estado para coordinarse en esto provoca que las políticas de la diferencia se gestionen de forma elitista y antidemocrática.

Este segundo análisis sirvió para completar el informe en cuanto al estado del Decenio Afrodescendiente en España aportado a la reunión en Noviembre de 2017 del Alto Comisionado de Naciones Unidas los Derechos Humanos (OHCHR)
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Colaboro con movimientos por la igualdad racial desde 2007 a raíz de haberme involucrado profesionalmente en proyectos de Desarrollo Humano y TICs (Tecnologías de la Información y de la Comunicación) como Experto en Misión del Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo, con el proyecto de los Objetivos de Desarrollo del Milenio (ODMs). Los ODMs trataban de coordinar las políticas de cooperación internacional en todo el mundo con 8 grandes objetivos de desarrollo a alcanzar en el año 2015. Había objetivos y programas sobre pobreza, educación, igualdad de género, salud y medio ambiente, pero ni sobre racismo ni sobre discriminación étnica y sigue sin haberlos en su versión actualizada de los Objetivos de Desarrollo Sostenible a alcanzar en 2030. Con el empuje de los movimientos negros, los gobiernos latinoamericanos aprobaron leyes de igualdad racial con medidas de acción positiva a semejanza de Estados Unidos. Pero el modelo ha entrado recientemente en crisis por el efecto no esperado de reactivar los movimientos identitarios blancos y aumentar el racismo extremista.

Me interesé por estas problemáticas no atendidas por los ODMs desde un enfoque estratégico que plantea la desigualdad racial fundamentalmente como un problema cultural y de educación, por tanto pedí que se me asignase como colaborador en la estructura de la UNESCO en España. Así, desde el año 2009 colaboro como consultor en la Cátedra UNESCO de Estudios Afroiberoamericanos, que es una estructura de la UNESCO fundada en 1994 en España para la Educación y la Cultura en el área de Estudios Africanos. Mi misión en la Cátedra no es solamente contribuir a impulsar estos estudios, sino también analizar el avance en Europa, África y Américas de las actividades, organizaciones y movimientos sociales relacionados con los afrodescendientes, y contribuir al cumplimiento de los compromisos internacionales en materia de diversidad cultural y en la erradicación de prejuicios raciales y estereotipos. En este periodo también he ganado experiencia como consultor de estrategia, que después he aplicado en industrias culturales de raíz africana. Esto ha ayudado en el análisis de situación sobre los retos de África, ya que plantear este tipo de proyectos exige un amplio análisis de macroentorno.

Al intentar entender la desigualdad racial y el desarrollo comunitario de la población negra en España, lo que primero se impone es atender a los aspectos históricos y culturales. Con motivo del informe sobre racismo del año pasado para el CERD, hicimos una retrospectiva sobre el atropello de los derechos culturales de la población negra en un análisis anterior. Vamos a examinar ahora cómo la dinámica puesta en marcha entre el Estado y el colectivo afrodescendiente está resultando improductiva y va en contra contra de los intereses generales de la sociedad civil negra, porque crea nuevas desigualdades a través de una cortoplacista e ineficiente cultura del empoderamiento que funciona apenas a través de la comunicación y las relaciones públicas. Pretendo aquí hacer una descripción, a título personal, del proceso por el que esto se ha producido desde el comienzo de la democracia y de cómo se ha ido intensificando. Los términos población negra y afrodescendientes se utilizan indistintamente.

EL DECENIO INTERNACIONAL AFRODESCENDIENTE: ¿ALGO QUE CELEBRAR?

Reconocimiento, Justicia y Desarrollo. Sobre estos tres principios descansan la armonía de derechos y deberes internacionales en las celebraciones en 2011 del Año Internacional de los Afrodescendientes de la UNESCO y del Decenio Internacional para los Afrodescendientes de 2015 a 2024. Desde Naciones Unidas se insta a los Estados a adoptar medidas en la erradicación del “racismo, la discriminación racial, la xenofobia y las formas conexas de intolerancia”. El fundamento de las políticas correctoras que se pusieron en marcha en Estados Unidos fueron los estudios estadísticos en censos de población con categorías de grupo racial. El PNUD adaptó estas políticas en América Latina para suplir esta carencia de los ODMs, constatando que los afrolatinos sufren un atraso estructural en materias como igualdad, educación, empleo, ingresos, salud, esperanza de vida o exposición a la violencia como también sufren los afroamericanos estadounidenses.

En España no han existido estudios estadísticos de población o sobre Desarrollo Humano desglosados por grupo racial, por lo que el Estado desconoce las necesidades de intervención social en cuanto a minorías raciales. Debido a esta ausencia de datos y a la gran fragmentación sociopolítica de la población afrodescendiente en el país, resulta muy complejo articular sus demandas. El estereotipo dominante hasta el momento en la sociedad ha sido que no se puede ser negro y español, y cuando se puede siempre es con algún “pero” (“pero de dónde vienes”, “pero cuál es tú origen”, etc.) que discrimina a los individuos simplemente por su raza, en contradicción con la letra y el espíritu de la Constitución Española de 1978. Como elemento coadyuvante, este discurso ha sido interiorizado por muchos migrantes que educan a sus hijos nacidos en España para crecer en su propio país considerándose extranjeros. Todo esto ha contribuído a aumentar la brecha de derechos y aquí es donde cobran importancia las reivindicaciones de los afrodescendientes españoles o afroespañoles, que lentamente empiezan a proyectarse públicamente.

Falta un Reconocimiento de la población negra por parte de la sociedad y del Estado. Cuando se intenta caracterizar esta población, se hace a través de la autodenominada comunidad afroespañola, que es un eufemismo para describir una profusión de grupos de la diáspora africana presentes en la esfera pública del país por medio de algún proyecto o actividad. Las dificultades de esta representación estriban en que existen profundas divergencias sobre la identidad cultural y sobre cómo aplicar conceptos básicos relacionados con la cuestión racial dentro del propio colectivo, además de una casi total falta de acuerdo sobre qué estrategias y acciones concretas seguir contra el racismo. Casi invariablemente, estos grupos toman direcciones muy rígidas a favor de una determinada visión ideológica de la política y de la sociedad (típicamente la neoliberal, la neocomunista, la panafricanista o combinaciones entre estas) que no son acordadas ni compartidas con el resto de la población negra o con la sociedad española en general. Esta comunidad en realidad es una comunidad de intereses que supone solamente una fracción minúscula de la población afrodescendiente total en España, estimada en el entorno de 1.200.000 personas, pero que no es posible contabilizar oficialmente por falta de un censo en el que anónima y voluntariamente pudiesen autodesignarse.

Falta Justicia, con un proceso de participación más inclusivo y equilibrado. El sistema de empoderamiento puesto en práctica en otros lugares es muy difícil de aplicar porque el contexto español no se presta a ello; las mayorías son importantes y los afrodescendientes con plenos derechos de ciudadanía son un grupo demasiado reducido de población como para visibilizar sus demandas por canales convencionales. Como consecuencia de la escasez de convocatorias públicas para proyectos o de la dificultad para superarlas, los grupos organizados no tienen otra opción que conectarse a redes de influencia para superar estas carencias si pretenden recibir apoyos oficiales, lo cual genera clientelismo por parte de los que asignan los recursos. No se ponen en marcha proyectos nacionales, en parte por falta de políticas y en parte por falta de capacidad, y a los grupos del asociacionismo, la política, etc. les resulta mejor no buscar alianzas entre sí, ya que en realidad están compitiendo por los apoyos externos y por llevarse el mérito de determinados logros, con lo que se generan parálisis a la hora de avanzar colectivamente y endogamia generalizadas. Toda la causa social por la igualdad pierde su sentido por el uso personalista que se hace de los recursos disponibles y porque no se cumple con una igualdad de oportunidades para todos los aspirantes.

Falta también Desarrollo por no obtenerse una distribución justa de los beneficios de las políticas. Para cumplir con sus obligaciones internacionales, el Estado debería establecer una asignación de recursos diferenciada para el desarrollo de la población negra durante el Decenio. Progresar en ello requeriría trabajar por objetivos, pero las organizaciones involucradas en afrodescendencia son poco o nada transparentes al respecto porque generalmente no saben utilizar marcos de estrategia ni indicadores de impacto social, ni pueden medir sus resultados. Y esto empeora porque, como muchos de los grupos involucrados en la erradicación del racismo han aprendido a trabajar con un enfoque de comunicación (de sus propias actividades) y no de políticas públicas, no se tiene ningún impacto efectivo en la base social. El énfasis excesivo en la función de comunicación ha ido creando así un sector protegido de eventos y relaciones públicas abigarrados alrededor de las instituciones, que finalmente niega la financiación y los recursos públicos existentes a los enfoques correctos. Todo esto opera como un espejismo en contra de que, desde el Estado, se invierta seriamente en iniciativas para mejorar la calidad de vida del conjunto de la población negra.

Según las recomendaciones de Naciones Unidas y nuestro propio criterio, el Estado debe enfocar los apoyos a buscar impactos positivos medibles sobre el conjunto de la población negra y la sociedad en general. El problema es que los censos eran la base de la metodología del PNUD para el desarrollo de políticas de igualdad racial, pero se plantearon en realidades históricas muy diferentes a la de España y falta aún un análisis específico suficientemente en profundidad. Primero habría que tomar la propia historia de la población negra en el territorio como punto de partida, como examinamos con las estrategias comunitarias de construcción de identidad. Este enfoque nos explica porqué la mera comunicación no puede atender a los problemas si no hay previamente un diseño y aplicación de políticas públicas. Pero pese a que la historia y el rescate de la tradición local son la fuerza principal detrás del desarrollo comunitario en todo el mundo, apenas existen menciones a la raíz africana de la cultura española entre las iniciativas que se están impulsando. El legado cultural africano en nuestro país en el intercambio con África debería ser el mayor activo a cuidar, puesto que el territorio español tiene una de las historias de la diáspora más interesantes del mundo.

Son necesarios más apoyos y fondos, pero sería más importante aún colocarse en una dirección correcta, reconociendo la diversidad racial del país en la cultura y la historia como primer paso. Para ello, España debería hacer mayores esfuerzos por reconocer su propia diversidad, reconociendo a los afroespañoles como a otras minorías estructurales que nuestra democracia reconoce (la comunidad gitana, la comunidad judía, la comunidad musulmana, los vascos, los catalanes, etc.) y asignando recursos para su desarrollo cultural. Pero las desigualdades de raza siguen sin solucionarse y a la vez se ha creado un nuevo eje de desigualdad entre afrodescendientes subvencionados a dedo (en una carrera por visibilizarse) y no subvencionados. Por tanto, la dinámica actual resulta antidemocrática por definición y además perjudica los intereses colectivos porque crea nuevas desigualdades. Si las soluciones demagógicas continúan proliferando, desaparecerá cualquier atisbo de posibilidad de avanzar durante el Decenio en la igualdad de oportunidades efectiva con el resto de la sociedad y también entre afrodescendientes.

DIFICULTADES PARA LA PLANIFICACIÓN DE POLÍTICAS PÚBLICAS

Hasta ahora no está en la agenda del Estado atender a la desigualdad racial como sí lo ha estado atender a las desigualdades de género, orientación sexual y discapacidad. Formar ciudadanos que sepan enfrentar de manera eficiente y democrática los retos de un mundo global implica saber manejar una creciente diversidad, pero los prejuicios y estereotipos siguen siendo una forma rápida y cómoda para el ser humano de economizar esfuerzos. En lugar de entender esta diversidad y tratarla como una riqueza en la cultura del país, los medios de comunicación y la producción cultural en los 40 años de democracia española han preferido retratar a los ciudadanos no blancos como extranjeros y de una manera estereotipada. Desde el propio Estado se ha difundido la idea de que la diversidad racial es ajena a la nación por naturaleza, cuando en realidad se trata del desconocimiento de la propia historia y de la larga tradición de falta de respeto a las minorías raciales por parte de las instituciones. El término afroespañolidad es una etiqueta para denominar el ser de la sociedad civil negra en España, que ha reaccionado ante estas situaciones de agravio comparativo con un proceso de reconstrucción de su identidad en unos nuevos términos.

Los problemas de racismo son de interés general y su erradicación una labor de toda la sociedad, pero hasta ahora en España no se han creado políticas públicas efectivas para combatir las desigualdades a las que se enfrentan las minorías raciales. Un censo por grupos raciales será muy difícil de aplicar porque el contexto no se presta a ello; por la forma de vida de los españoles, el pequeño tamaño de la población afroespañola y la tradición legislativa, el país probablemente se resistirá a aplicar una versión de los censos como se han aplicado en las Américas, pero también por sus cuestionables resultados que recientemente han hecho entrar ese modelo en crisis. En Europa no se debate sobre raza como en las Américas porque aún resuenan los efectos de las guerras del nacionalismo étnico y está por resolver el rompecabezas racial y religioso que ha dejado la entrada en crisis también del modelo de asimilación francés y del modelo multicultural holandés. Junto a esto, un segmento de la población en España acusa a las personas no blancas de ser una amenaza para la identidad y el bienestar nacionales; acusaciones que son frecuentemente disfrazadas de bromas racistas, que hacen reír a mucha gente pero que tienen un efecto muy dañino en la vida cotidiana de las personas, sobre todo de niños y jóvenes.

El lenguaje que se utiliza influye mucho en la forma que se percibe el mundo y manejarlo bien es sin duda parte de las soluciones en la erradicación del racismo. Sin embargo, aquellos grupos con mayor visibilidad social entre la minoría negra, en las pocas oportunidades reales que tienen de dirigirse a la opinión pública del país, no presentan un discurso que pueda conectar con un público más allá de su entorno y los ya convencidos. Sus mensajes son más bien concebidos para consumo interno en una multitud de eventos como charlas inspiracionales, conferencias, ceremonias, premios, homenajes, encuentros con personajes célebres, manifestaciones, etc. en los que el público suele dejarse llevar por la excitación que provoca la denuncia del racismo, la exaltación de la negritud o el sentimiento de pertenencia al grupo. Con los escasos apoyos oficiales que se conceden, que suelen ser gestionados por personas o entidades no afrodescendientes dentro del establishment institucional, se diseñan proyectos según la particular manera que tengan estas personas de entender las necesidades vitales de la población negra.

La mayoría de iniciativas afrodescendientes necesitan encajarse en variopintas agendas institucionales con prioridades distintas a las del programa del Decenio, generalmente las de organizaciones sociales o culturales, lo cual crea descoordinación y falta de alineamiento. De ahí la necesidad de espacios que intenten dirigir la atención sobre las cuestiones que afectan a la población negra. En lo personal, agradezco que me hayan llamado a algunos de estos foros en España y en el extranjero. Entre algunos asistentes nos hemos escuchado con atención conversando sobre determinadas cuestiones, y ha existido un intercambio de contactos que podría haber producido colaboraciones profesionales interesantes en otro contexto, pero desaparece la posibilidad de trabajar por objetivos estratégicos al soslayarse la reivindicación de ámbito general en favor de enfoques personalistas. No es mi intención descalificar a las personas que gestionan tales proyectos (yo mismo me incluyo en estas críticas) sino analizar el comportamiento de este sistema, describir cómo excluye a otros enfoques más efectivos y denunciar la ausencia de mecanismos más democráticos con la anti-política puesta en marcha en esta materia, que merece ser conocida por el conjunto de la sociedad porque es objeto de mucha controversia dentro de la propia sociedad civil negra.

El desarrollo de proyectos sin encaje en planes estratégicos de las Administraciones provoca que el reparto de recursos públicos y oportunidades de representación vayan solamente a unos pocos grupos escogidos arbitrariamente, que deciden actividades en áreas profesionales en las que pueden desenvolverse; de manera que casi todos los proyectos se encuadran así en el área de relaciones públicas y organización de eventos (que cuánto más lúdicos o folclóricos sean, más apoyos reciben). Así, se suelen dedicar los esfuerzos en afrodescendencia a contentar a una minoría con una serie de actividades de propaganda y eventos, con ningún resultado real en términos de los objetivos de erradicación del racismo. Funciona como propaganda porque no existe correspondencia entre gran parte de lo que se pretende comunicar y la realidad; como no se miden ni controlan índices socioeconómicos de la población negra y se desconoce el impacto social de los proyectos de empoderamiento sobre el conjunto de la misma, es posible justificar el apoyo de acciones que son irrelevantes al amparo de la arbitrariedad o de la disparidad de criterios sobre las que se sustentan. La situación hasta hoy contribuye de una manera ineficiente e ineficaz, en todos los niveles.

La ineficiencia de la dinámica general está en que los grandes problemas siguen sin solución pero, al mismo tiempo, la aplicación al desarrollo comunitario de esquemas de trabajo ideados para publicistas ha generado una carrera por la visibilización con un nuevo eje de desigualdad en función de si se obtienen apoyos públicos o no en tal carrera. Se ha perdido totalmente de vista la reivindicación de fondo y una falsa prioridad de visibilizarse más se coloca continuamente como excusa para buscar notoriedad y por delante de las demás consideraciones, centrando la acción social en organizar encuentros sin ningún trabajo comunitario real ni objetivo en común por detrás. Se acaban convirtiendo en una especie de concurso de belleza continuo entre proyectos particulares o personas, en detrimento del análisis en profundidad de los problemas sociales y las propuestas de solución; esto tiene un coste de oportunidad al no dedicarse el tiempo y los recursos a trabajar sobre soluciones reales. Es a la población blanca a la que también hay que interpelar, pero no hay un diseño de políticas en materia de igualdad racial que alcancen a toda la ciudadanía por parte del Estado ni se articulan propuestas desde la sociedad civil.

La ineficacia reside en que esta dinámica no ofrece respuestas sobre qué beneficios generales tiene sobre la población negra en el país o cómo ayuda a mejorar su calidad de vida. Se entiende muy bien que muchos de los involucrados digan esperar la emergencia de un gran líder, porque en general no perciben que el problema no es el carisma personal o los conocimientos sino la propia lógica de funcionamiento de la propia comunidad en la que se encuentran, cuya apuesta por el momento es continuar haciendo eventos, manifestaciones y campañas sin trascendencia social más allá de su propio ecosistema de grupos y algún público ocasional. Estos espacios no son un escenario adecuado para la reflexión y la planificación ni para debates sobre problemáticas complejas que afectan a las leyes, la acción social, la economía y muchas otras áreas de política pública. Quienes esperen ver avances sociales a raíz de este tipo de acciones se verán frustrados; por su lado, quienes acuden principalmente buscando beneficios psicológicos de pertenencia a un grupo se ven recompensados y esto actúa realimentando la situación.

PROBLEMAS DE IDENTIDAD, GUERRA CULTURAL Y EFECTOS NO DESEADOS

Con todo, una incipiente industria de eventos se ha abierto camino entre la falta de igualdad de oportunidades y una fiera competencia a lo largo de los años por dirigir la visibilización del colectivo y monopolizar los apoyos; esto se ha unido a la tradicional tendencia en España entre grupos de activistas afrodescendientes de importar diferentes corrientes del panafricanismo o el identitarismo de las Américas. El enfoque de gestión cultural dominante de este activismo es el de comunicación pública a través de retóricas identitarias, atrayendo para ello a un sector minoritario, hipersensible y exageradamente ideologizado, que se presenta como pueblo oprimido y en ocasiones agita a la derecha social, sobre todo a la ultraderecha. Su discurso pretende comunicar a la sociedad conceptos que son ya hegemónicos dentro de una élite cultural, pero esto se transforma muchas veces en el discurso de los fácilmente ofendidos, disfrazados de luchadores por los derechos pero que suelen utilizar al resto de la población negra de forma instrumental para favorecer su visión particular o progresar personalmente. Los movimientos etnocentristas identitarios tienen también el problema de lo facilmente que derivan hacia el extremismo, de hecho el primer movimiento identitario que surgió en los Estados Unidos fue el Ku Klux Klan.

Estos movimientos se enfrentan entre sí con una dinámica de acción-reacción y más acción. Los eventos y manifestaciones están actuando en esta situación sobre el fuerte sentimiento de pertenencia a un grupo que tienen algunas personas por las de su misma raza a la hora de confraternizar, pero en un sentido tal que presiona para que confíen en hacer más de esos encuentros como manera de ir encontrando soluciones a sus problemas. En cuanto a los contenidos, en España gran parte de lo que se escucha sobre la lucha contra el racismo en este ambiente se queda en una pose porque no hay una metodología ni una continuidad en el trabajo colectivo por detrás del discurso. Racionalmente no se sostiene ninguna de las explicaciones sobre cómo este enfoque de comunicación empodera a otros afrodescendientes que no lo practiquen también. Además, al intentar copiar el modelo americano, no se entiende cómo aplicarlo en una realidad histórica y sociológica totalmente diferente; para empeorar la situación, el identitarismo ha tenido un efecto muy contraproducente en los conflictos raciales por el aumento del supremacismo blanco y la xenofobia, según se desprende de los estudios sociológicos sobre el resultado electoral del Brexit en Reino Unido y de la victoria de Donald Trump en Estados Unidos. Las políticas de discriminación positiva junto con el identitarismo han acabado favoreciendo electoralmente a la ultraderecha y a la nueva derecha (la que recientemente ha surgido como reacción en las redes sociales y en sitios web como Breitbart News de Steve Bannon, ex-jefe de estrategia de Trump).

Una mayoría de personas, negras o de otras razas, que se aproxima al entorno del activismo negro no entiende ni comparte la ideología identitaria, que se pretende difundir en un contexto muy inadecuado como el español, por lo que acaban por no volver y se va produciendo más endogamia o efecto secta dentro de un núcleo que, para mantenerse como tal, necesita una frenética actividad de publicidad sobre sí mismo. Como esto se pone además al servicio de un planteamiento ideológico determinado, suele haber un sector que considera su deber lanzar constantes debates morales (ya sea por ser más activo o más extremista) no sólo contra los racistas sino también en contra de los indiferentes o los ignorantes, a los que desprecia, y de los disidentes, a los que acusa de complicidad con la sociedad racista. Esta dinámica sólo consigue infantilizar aún más la imagen pública de los afrodescendientes en España. Como el país no tiene barrios negros en las ciudades ni una clase empresarial negra, la representación a través de líderes de la comunidad no despega porque no funciona bien en la estructura de esta base social. En tal contexto se produce además una llamada a la guerra cultural, sobre todo en forma de cruzada mediática en Internet.

Como el lenguaje resulta demasiado ideológico y contraintuitivo para el resto de los españoles e incluso para los africanos (bastante gente percibe a algunos líderes o caras visibles del activismo como racistas negros por su retórica identitaria) necesita de un flujo continuo de campañas de explicaciones con debates y esta lógica acaba derivando en sectarismo en muchas ocasiones. Pero el riesgo de lanzar guerras culturales sin tener en cuenta el contexto (con el surgimiento actualmente de la nueva derecha o del hombre blanco enfadado que ha ganado en el Brexit y después con Trump) es que pueden perderse simplemente con que el adversario, que es mucho más numeroso, difunda otro relato contrario; esto el activismo negro se lo está dejando muy fácil a la extrema derecha, a los racistas y a los que critican todo aquello que pueda parecerles discriminación positiva. Según expertos consultados, es urgente salir del amateurismo y el cortoplacismo para adquirir experiencia en el mundo de la organización moderna y la gestión de proyectos, pero la mayoría de las iniciativas se gestan en entornos demasiado cerrados y poco profesionalizados, sin control ni coordinación con las metodologías para la ejecución del programa del Decenio.

Todo esto parece funcionar más como un gran ritual para conjurar miedos compartidos que como parte de un programa de intervención social. Para combatir el racismo mediante la defensa de sus derechos culturales, los afrodescendientes españoles deberían establecer un grupo de interés eficaz para conseguir apoyos públicos y poder financiar una organización cultural propia y el desarrollo de acciones. No debería ocurrir que, cada vez que un colectivo pretenda defender sus derechos, sea imperativo que organice más asociaciones y grupos de interés privados porque no existen unas vías convencionales para conseguirlo; lo prioritario deberían ser los compromisos reales en las políticas del Estado a largo plazo por parte de responsables de las Administraciones y sociedad civil. España tiene una larga tradición de racismo institucional y fue el imperio que inició la trata de esclavos junto con Portugal, por lo que sería deseable que fuese un país que desarrollase mejores políticas públicas para combatir el racismo. Pero mientras el Estado no actúe y una comunidad que se considera clave en tal proceso siga discutiendo en círculos sobre una multitud de asuntos sin priorizar o celebrando debates identitarios, la problemática de discriminación no se solucionará y muy posiblemente empeorará debido a tendencias como el cambio climático, las migraciones de refugiados y el ascenso internacional de la extrema derecha racista.

La nación española ha sido hostil con las minorías raciales y étnicas durante buena parte de su historia, pero también aparece consistentemente en las estadísticas de Eurostat como el país menos racista de Europa en la actualidad. Esto no quiere decir que no haya que trabajar en los graves problemas de racismo, pero tampoco tiene sentido definir a los españoles de hoy como un pueblo opresor. En cualquier caso y por los diferentes contextos históricos, no parece que el modelo de las Américas sea un modelo a importar y sería necesario un esfuerzo de estrategia totalmente renovado. En palabras de un histórico activista afroespañol: “primero habría que desmantelarlo todo, para empezarlo otra vez desde cero de una manera democrática”. Mientras tanto, los tímidos avances en materia de igualdad racial en España, los que afectan en general a la población, se producen principalmente por la fuerza de los cambios demográficos, como cabía esperar. Por ejemplo, las empresas españolas comienzan a incorporar mayor diversidad racial en su publicidad porque hijos de los migrantes llegados en los 90 de todas las razas llegan a la edad adulta, pasando a formar parte de la clase consumidora. Pero el motor de este cambio no ha sido concienciar con presentaciones a todas esas empresas (lo cual puede ayudar puntualmente) sino los cambios en la base social, y es ahí donde reside también toda posibilidad de aplicar políticas públicas de diversidad.

EL DESPLOME DE LA PRODUCTIVIDAD

La principal prioridad de la mayoría de proyectos afrodescendientes hasta ahora ha sido poder justificar su acción y los apoyos que puedan recibir por medio de un flujo de comunicaciones públicas. Sin embargo, estudios estadísticos globales muestran que el impacto social efectivo de este enfoque suele resultar nulo o incluso negativo para el desarrollo del conjunto de la población. Publicar en las redes sociales lo que ha sucedido o sucederá en un evento de relaciones públicas no va a aumentar los niveles generales de bienestar de la población negra no asistente al mismo. Pero la única actividad real de la mayoría de las iniciativas afrodescendientes de empoderamiento que se están promoviendo es una sucesión de anuncios, premios, presentaciones, manifestaciones y charlas inspiracionales. Como he conversado con personas que gestionan estas iniciativas conozco su versión, según la cual no ven ningún problema en trabajar con estos enfoques de comunicación y de líderes, que es el caso más extremo.

La realidad, el hecho estadístico en todo el mundo, es que invertir el grueso de los esfuerzos en esto resulta totalmente ineficaz si tiene como contraprestación el olvido del diseño y puesta en funcionamiento de políticas públicas. En el caso que nos ocupa, hace que no se trabaje colectivamente por unas verdaderas políticas correctoras de la desigualdad racial, e incluso si no se maneja bien, acaba por conseguir todo lo contrario al aumentar de forma irresponsable conflictos raciales que pueden estar latentes en la sociedad y no son abordados correctamente. Una gestión más inclusiva y estratégica trabajando por metas concretas sería necesaria, evitando perderse en interminables discusiones identitarias o semánticas que sólo producen división en la sociedad y que en algunos casos agitan los extremismos. Pero las críticas a este enfoque son generalmente ignoradas porque es muy difícil que aquellos que lo practican no insistan en el mismo, especialmente cuando buscan convertirlo en un medio de vida (como conferenciante profesional o algo relacionado) y/o privilegios personales.

¿Es esta renuncia a la formulación de políticas culturales y educativas la consecuencia del fracaso de las políticas de la identidad en otros lugares de Europa y en las Américas? ¿Existe una intención deliberada de las autoridades para infantilizar a las minorías raciales confinándolas en determinados foros como cobayas? ¿Por qué las personas al frente de los proyectos la mayoría de las veces no son afrodescendientes? ¿Por qué se apoyan iniciativas organizadas sobre la marcha por personas sin experiencia o dudosa profesionalidad, mientras que no existen suficientes apoyos para formar equipos solventes mediante convocatorias abiertas? ¿Es legítimo dedicar recursos públicos a dar soporte a determinadas agendas ideológicas, con escaso o ningún respaldo científico? El primer error es la falta de alineación de los afrodescendientes para dialogar con las administraciones públicas. Esto exige una toma de decisiones sobre los asuntos de interés para la comunidad que nunca se ha producido debido a continuas batallas de egos entre y dentro de los grupos activistas, y además porque reúnen a una minoría exígua que no puede (ni debe) tomar decisiones por el resto. Sería recomendable utilizar herramientas digitales de discusión y votación para formular ciertos consensos amplios desde la base social, lo cual está siendo clave en la modernización de la participación social en todo el mundo. Invertir esfuerzos en crear de forma redundante nuevas estructuras de representación es el segundo error, y el tercero es no coordinar eficazmente los diferentes proyectos que son creados para ponerlos en la dirección de objetivos comunes.

Todo esto desvirtúa el sentido original de las políticas de diversidad, inclusión o desarrollo, y no responde con claridad sobre lo equivocado de una pseudo-estrategia que es dominante dentro del activismo y el asociacionismo desde hace mucho tiempo (con el movimiento neoliberal copiando al neocomunista que copia al panafricanista) pero que prácticamente no ha ofrecido ningún beneficio para el conjunto de los afrodescendientes; sin embargo, nadie quiere parar la música en medio del baile. En realidad, no existen políticas para la igualdad racial, sino que funciona una selección elitista y antidemocrática por un lado, y por otro una ejecución ineficiente que depende de prejuicios ideológicos o agendas particulares. Por tanto, el tipo de proyectos está mal escogido y las personas involucradas no pueden hacer frente a una problemática tan compleja como la del racismo. Además el sector general de la organización de eventos sufre en España enormes presiones para reformarse en los últimos años, sobre todo a raíz de la crisis, por lo que se está exigiendo cada vez más que incorpore determinados valores éticos y de sostenibilidad.

Lo más importante que se pide hoy a las organizaciones modernas es que reuniones, incentivos, espectáculos, congresos, festivales, convenciones y ferias, junto con la identidad de la organización, la publicidad, las relaciones públicas, las relaciones con los medios de comunicación, el patrocinio y el merchandising, comuniquen fielmente la estrategia que hay por detrás. Como no existen estrategias comunes de los afroespañoles, porque no se sabe cómo avanzar más allá del análisis de la situación debido a la gran heterogeneidad de los grupos e individuos, estos eventos sólo pueden sobrevivir en el actual escenario hipercompetitivo y de saturación de informaciones mediante el abaratamiento de costes y las ayudas públicas, típicamente mediante su inclusión en el portafolio lúdico-cultural de los ayuntamientos. No sería fácil financiar estos proyectos de otra forma, porque se necesita llegar con una alta cualificación profesional que es exigida en el mercado de los foros académicos o de emprendedores.

Muchos grupos confunden los sentimientos de sus miembros con la realidad y la esfera privada con la pública. Como todo en este ámbito se ve excesivamente condicionado por afinidades personales e ideológicas, podría darse que una minoría privilegiada progrese al tiempo que la situación general de la población negra claramente podría empeorar por el efecto combinado de la inacción en las políticas que serían necesarias y la reacción de la sociedad blanca ante el agit-prop victimista/aleccionador de un sector minoritario en busca de notoriedad. La consecuencia práctica del nepotismo y los guetos primero es fomentar una élite de iluminados, que cree estar destinada a convertirse en caras visibles de la población negra o parte de las clases dirigentes, por ejemplo como campeones por África, de la justicia contra el racismo o por la reparación de los crímenes de la esclavitud trasatlántica, y segundo, no calcular los riesgos ni prevenir las consecuencias que puede llegar a tener la guerra cultural, en la que se ha introducido una exagerada obsesión con el racismo de los españoles tras el desembarco del discurso identitario importado por los jóvenes negros desde las universidades estadounidenses. Los debates aleccionadores, percibidos como victimismo versus extremismo, sólo están consiguiendo dividir a la sociedad y aumentar el odio racial.

El problema del enfoque de comunicación y relaciones públicas no sólo es que nunca produzca los impactos que promete, sino que además fomenta que aquellos que consigan mayor notoriedad sean los que antes se coloquen en el centro del ecosistema, entonces otros sigan su estela y se acabe dedicando todo el proceso de empoderamiento a la especialidad de todas esas personas: la comunicación y las relaciones públicas para visibilizarse como eufemismo en muchos casos de lo que es simplemente propaganda sobre sí mismos y de unos acerca de otros. Por tanto, la cercanía a posiciones de poder en lo cultural, mediático o político se convierte en el factor principal que se está así exigiendo para ser tenido en cuenta y la habilidad suprema es hacer presentaciones multimedia en público. Se produce una gran endogamia en la organización de proyectos cuando una minoría no representativa entiende arbitrariamente la participación como algo a hacerse a través de encuentros que puedan dirigir principalmente desde su entorno particular u ocasionalmente invitando a celebridades de tal entorno, fomentando el intercambio de experiencias o favores entre los asistentes como única estrategia comunitaria del conjunto. Todo esto acaba desplomando la productividad en cuanto a la consecución de un impacto social más amplio durante el Decenio y supone una renuncia a objetivos estratégicos que se ajusten a lo específico de la realidad española.

CONCLUSIONES

Bajo un mal liderazgo político en la lucha contra el racismo durante 40 años de democracia, no ha sido posible emprender proyectos sociales o culturales con una mínima envergadura para tener impactos medibles en la corrección de la desigualdad racial. Aunque resulte una contradicción en los términos, el resultado es que la única política de igualdad racial para los afrodescendientes en España es un desigual reparto de las ocasiones de darse a conocer en público. Primero la comunidad afro debería debatir con los españoles sobre las legítimas preocupaciones sobre raza o migración que existen y sus soluciones. Pero para esto las personas adultas no necesitan más tutelas ni más liderazgos sino contar con unos responsables públicos y un funcionariado bien formados que entiendan cómo operan las políticas disponibles para aplicar en las instancias correspondientes. Junto a esto, se necesitan un activismo y un tercer sector que estén dispuestos a formarse también para poder colaborar mejor con el Estado en la erradicación del racismo. Si en España hay que crear un modelo fundamentado en censos raciales o no, es algo que debería decidirse tras resolver el actual laberinto conceptual alrededor de la cultura y la raza.

La denuncia de los problemas es importante, pero los poderes públicos deben ponerse prioritariamente al servicio de las soluciones. Ante los importantes retos que tiene nuestro país en materia de igualdad racial y los riesgos que se plantean en el horizonte, es urgente y necesaria la participación ciudadana en una estrategia nacional que hasta hoy no existe para los derechos culturales de la población negra, junto a los de otras minorías raciales en España. Para poner en marcha iniciativas, los afrodescendientes necesitan unos cauces de participación más democráticos y no elitistas ni hipercompetitivos; en una construcción democrática de la identidad afroespañola se necesita un debate público con una participación amplia, dejando de discutir en círculos cerrados y debatiendo también en otros foros donde se discute la política nacional. Solo así pueden generarse los consensos necesarios para decidir qué es lo que el Estado debe hacer y qué no para rehabilitar los derechos culturales de estas minorías, porque debe hacerse de una manera democrática o probablemente resultará mejor no intentar hacer cambios.

Mi propio análisis es que un programa nacional para combatir la desigualdad racial en España, y los proyectos bajo el mismo, deberían incluir sin falta al menos estos cinco objetivos desde el punto de vista de las demandas afrodescendientes: 1) una reforma educativa que utilice criterios de diversidad étnica con campañas públicas contra el racismo institucional y un programa cultural sobre las contribuciones de África a España a lo largo de la historia del territorio, 2) unos medios de comunicación públicos y unas ayudas a la producción cultural más inclusivos que transmitan una imagen digna de los diferentes grupos raciales, 3) acabar con el racismo migratorio hacia el continente vecino atendiendo a los africanos en sus proyectos mediante una coordinación de las políticas migratorias con las áreas de comercio, turismo y cooperación, 4) perseguir los delitos de odio racial efectivamente con medios preparados especialmente para ello y 5) solucionar la discriminación en la sanidad por la falta de atención en dolencias que afectan más a las personas negras y en los problemas propios de la piel oscura.

Sería necesaria finalmente una gestión estratégica por parte del Estado de los proyectos afrodescendientes bajo el Decenio para optimizar las sinergias entre los mismos, la participación y el uso de recursos públicos. Pero todo esto es sólo una aportación y debería ser integrada con otras propuestas en un proceso amplio de consulta a los afrodescendientes, con un debate abierto a la ciudadanía y no sólo con un asociacionismo frecuentemente anquilosado. Desde los poderes públicos, conseguir reunir a una pequeña élite de activistas, emprendedores o artistas para intentar simplemente continuar visibilizando más a la población negra no justifica ni compensa el olvido de las metodologías para la transferencia de conocimientos y las políticas públicas que deben activarse en la erradicación del racismo. Las instituciones españolas deben corregir el sentido de los programas de igualdad a los que tienen derecho las minorías raciales atendiendo a sus especificidades y desde la base social, sin excluir a nadie ni privilegios. Estas transformaciones pueden conseguirse mediante el voto popular y los derechos de ciudadanía, por tanto, para hacer una contribución significativa en la celebración del Decenio, resulta más importante que nunca interpelar a una mayoría social.

Imagen de cabecera: La cena de Emaús / La mulata (1618-1622) por Diego Velázquez


GUEST POST: Líderes intolerantes como reflejo de nuestra parte oculta

Publicado originalmente por Fernando Ntutumu-Sanchis en su blog personal Humanitatis Locus

…hoy la intolerancia reina en casa y nadie nos la impone; es reflejo electoral de lo que ya había y nadie quería ver.

Que Donald J. Trump es representativo de un creciente grupo de líderes y ciudadanos que apuestan por romper el sistema tal y como lo conocemos es algo fácilmente constatable. De hecho, reconocidos líderes xenófobos como Marine Le Pen (Francia), Nigel Farage (Reino Unido), Viktor Orbán (Hungría), Geert Wilders (Holanda) y, desgraciadamente, muchos otros se han congratulado por la victoria del magnate. Concretamente, quienes más abiertamente lo han hecho han sido los representantes de la extrema derecha. Y esto no nos debería extrañar puesto que todos ellos son resultado de una misma dinámica de destape de sentimientos antiliberales que debería preocupar más allá incluso de que estén, o no, haciéndose con el poder. Los signos son estructurales; no hay nada de temporal en esto (quizá sí de generacional si seguimos dando acceso a educación superior a las nuevas generaciones de ciudadanos). Estábamos acostumbrados a que los dictadores contrarios a nuestros consensos morales de respeto de los Derechos Humanos sólo camparan a sus anchas por los pobres, subdesarrollados y bárbaros continentes africano, asiático, oceánico o subcontinente lationamericano. Por el contrario, hoy la intolerancia reina en casa y nadie nos la impone; es reflejo electoral de lo que ya había y nadie quería ver.

Todo esto me deja la amarga sensación de que, mientras algunos países no acaban de sumarse del todo a la ola de democratización tras las guerras mundiales, la caída del Muro de Berlín o la descolonización en África, otros estados parecen moverse voluntariamente desde valores de democracia liberal hacia lo que Rodríguez-Aguilera denominó recientemente, en relación con la Rusia de Putin, democracias nacionalistas no liberales. En este mismo sentido, el prestigioso profesor de Harvard Stephen M. Walt diagnosticó hace pocos meses, en Foreign Policy, lo que él ha denominado ‘El colapso del orden mundial liberal’. Al lector le parecerá un tanto exagerado, pero la realidad es que los síntomas no son nada despreciables y cada vez resulta más claro que el Brexit, la apatía de la UE ante actitudes fascistoides en Hungría, por ejemplo, o la victoria de Trump podrían haber acabado por fulminar la ‘espiral del silencio’ (Noelle-Neumann) que acallaba a los antiliberales, suponiendo, así, un trampolín para los que sueñan con democracias intolerantes con la diferencia. Hoy, amplias capas de la población han dejado de temer mostrar su preferencia por un modelo basado en la “sociedad del menosprecio” (Axel Honneth). Sólo hay que leer las informaciones referentes a los picos de odio tras el Brexit o tras la victoria de Trump. Los titulares son idénticos porque el fenómeno social responde a una misma raíz: el fin del silencio; la noche de los silencios rotos. Había más intolerancia tapada de la que nos atrevíamos a admitir. ¡Son sólo unos pocos!– decían. Hoy decantan elecciones y la deriva de Occidente.

Si no les respetamos, si les negamos su humanidad allí en sus propios países y a través de la explotación, ¿qué nos lleva a respetarles cuando están aquí en el nuestro?

Si este grupo de líderes gana adeptos, no parece deberse sólo a un momento de descontento, sino más bien a propuestas diferentes hasta ahora impopulares, acomodadas a demandas diferentes que se mantenían en silencio. No proclaman ‘democracia real ya’, mayor representatividad, voz en las instituciones, etc. (como sí hace la izquierda tachada de populista) y las propuestas no son proactivas, sino reactivas (muros, expulsiones, restricción de acceso, discriminación, primacía…). Priman el bienestar de sus compatriotas por encima del de las personas en general; se prima, por tanto, el chovinismo del bienestar (J. Habermas). Si para tener mejores empleos y bienestar para los compatriotas (nacionales) han de obviarse (y a futuro cambiarse) los consensos implícitos y legales de respeto e igualdad entre hombres y mujeres, así como de diálogo cultural y racial, se obvian. Eso no es problema. Total, la deslocalización de empresas viene haciéndolo desde hace tiempo con esas mismas personas que hoy –pensarán– asaltan Occidente. Si no les respetamos, si les negamos su humanidad allí en sus propios países y a través de la explotación, ¿qué nos lleva a respetarles cuando están aquí en el nuestro? La lógica es incuestionable.

…si cualquiera de estos líderes, tras ganar las elecciones, empezara a echar personas indocumentadas, musulmanes o cualquier representante de algún tipo de diversidad no estaría incumpliendo su programa, sino más bien lo contrario

Frente a las llamadas de atención ante la renqueante transición a la democracia liberal en algunos países (como Turquía o Rusia) o el retroceso producido por intervenciones de un sector social (como el ejército en Egipto), mi tesis es que, en los casos a los que aludo, no se podría hablar tanto de un viraje por parte de las élites hacia formas de gobierno menos democráticas, sino de algo cualitativamente distinto: sino una reafirmación de una minoría electoral movilizada que ya pensaba así y que ahora se atreve a manifestarlo. Quienes hemos vivido los micro-racismos, por ejemplo, sabemos cuál es la respuesta que debemos darle a quienes afirman aquello de “aquí no hay racismo”: “eso es falso”. Hoy la deriva global nos da la razón. ¿O es que España es excepcional en esto? Lo dudo. Hoy esto está más claro que nunca: por primera vez desde los consensos alcanzados el siglo pasado, los valores a primar por parte de los representantes electos y en cumplimiento de sus programas, no son los contenidos en las cartas y textos de derechos universales sino otros bien distintos que tienen que ver con la particularidad nacional, con concepciones de ciudadanía que considerábamos caducas y, en definitiva, con formas de entender ‘el mejor sistema de gobierno’ sustancialmente diferentes a la liberal-democrática. En definitiva, la diferencia sustancial es que si cualquiera de estos líderes, tras ganar las elecciones, empezara a echar personas indocumentadas, musulmanes o cualquier representante de algún tipo de diversidad no estaría incumpliendo su programa, sino más bien lo contrario. Y en este contexto, nuestra tarea de ciudadanía deberá ser de pedagogía y lucha argumentativa frente a un sector amplio pero silencioso que cree que la intolerancia debe imponerse como la norma. Por favor, no dejemos que se repitan las derivas del pasado; lo estábamos haciendo relativamente bien.

Inmigrantes: los estados europeos no
los quieren, pero su sociedad los necesita

Publicado originalmente por Fernando Ntutumu-Sanchis en su blog personal Humanitatis Locus

Son muchos los mitos en torno a la inmigración pese a la ingente cantidad de argumentos a favor de una mayor apertura de fronteras: ya sea por cuestiones de necesidad demográfica, para cubrir el déficit del mercado laboral y las necesidades de crecimiento, ya sea por tradición o por el imprescindible intercambio cultural para el progreso de una región en múltiples dimensiones. Aquí comento algunas de las aportaciones del experto en migraciones y presidente de la Global Migration Policy Associates Patrick Taran (ver documento en unesco.org).

Según Taran, la aparente crisis de refugiados no es tal puesto que «la llegada de refugiados y migrantes es una característica permanente de la historia europea». Además, a diferencia de lo que determinados sectores de las sociedades europeas (todavía no hay una única sociedad europea) pretenden hacer creer, la llegada de estos no solo no resulta perjudicial para Europa sino que es imprescindible para el sostenimiento social y económico del continente. «La inmigración –dice Taran– tiende a expandir el empleo y crear puestos de trabajo, reducir los índices de criminalidad, revitalizar los barrios y expandir la producción nacional y el crecimiento». En las próximas líneas trataré de comentar algunas de sus críticas y recomendaciones como experto.

Europa debería estar acostumbrada. Aunque sea cierto que los prolongados conflictos de Siria, Irak o Afganistán entre otros han provocado un incremento en los desplazamientos de personas hacia Europa, este experto considera que hay que poner estas cifras en contexto y tener en cuenta que éste no es un fenómeno nuevo. De hecho, según él las llegadas a países europeos han estado por encima de los 3 millones durante la última década, de los cuales dos tercios procedían de países extracomunitarios frente a un tercio de desplazamientos en el interior de la Unión.

Es un fenómeno nada extraordinario, aunque nadie pueda negar su impacto. Taran reconoce el enorme desafío que ha supuesto este elevado número de llegadas producido en los últimos años, pero señala que la carga ha sido soportada principalmente por las ciudades. En este sentido, cabe señalar lo paradójico que resulta que las ciudades, las más “perjudicadas” por el actual incremento, hayan sido, junto con las regiones, las que mayor insistencia han tenido a la hora de demandar el aumento de los cupos de acogida (éstas han secundado ampliamente la ya superada fase de Welcome Refugees, como señalé en un artículo publicado en Infolibre). Además, el presidente de la asociación critica el poco apoyo que generalmente han recibido por parte de sus respectivos estados ya que han sido estos los que mayores reticencias han mostrado frente a la llegada de personas procedentes del exterior de la Fortaleza Europea.

El auge de los movimientos políticos y sociales de carácter xenófobo, así como de los populismos, son algunos de los desafíos que las ciudades europeas afrontan en el contexto de recorte (austeridad) de los presupuestos públicos. Sin embargo, Taran hace un llamamiento a una mirada más positiva: como buenos desafíos, estos se pueden transformar en oportunidades para convertir las ciudades europeas en ciudades vibrantes. Son, según este, un gran terreno para la experimentación. «Cuando triunfen, el resultado puede ser una economía fuerte y vibrantes “cosmópolis”, cuando fracasen, el resultado puede ser la pobreza, la segregación y la tensión social». En mi opinión, son más los ejemplos de fracaso como París y sus banlieu que de triunfo. ¿Será Londres y su nuevo alcalde Sadik Khan un caso de triunfo? Habrá que esperar, pues el caso de París –uno de claro fracaso de gestión de la multiculturalidad– también cuenta con una alcaldesa que no destaca por ser de sangre francesa.

Según una encuesta de la Coalición de Ciudades Europeas contra el Racismo (ECCAR por sus siglas en inglés), la mayoría de las ciudades informaron de entre un 16 y un 40% de extranjeros residentes en ellas, llegando incluso al 50% (Viena, Rotterdam) o el 55% (Luxemburgo). El extranjero, el Otro, no está por llegar, sino que ya está aquí. La solución no será –considero– cerrar fronteras, sino abrirlas, flexibilizar mentalidades y profundizar en el estudio de gestión de la multiculturalidad. No habrá un modelo de gestión perfecto, pero en la lucha contra el terrorismo, el progreso social, político, económico y cultural de Europa o la paz social, será fundamental que los europeos y europeas aprendan a convivir consigo mismos y con el resto. Europa no está sola en la Tierra, ni lo estará. Con la creación de la UE, Europa pareció aprender a convivir en sus fronteras; ahora ha de demostrar que sabe tratar con dignidad al resto y, para ello, las ciudades –no lo Estados– y la sociedad civil serán fundamentales (como demuestran las conclusiones de Taran). ¿No es acaso llamativo que sea la sociedad civil mediante los movimientos de voluntarios/as y las ciudades a través de mecanismos de gestión de la solidaridad sean los que mayores y más genuinos esfuerzos estén haciendo por amortiguar el dolor en la frontera este de Europa?

Las llegadas de personas no nacidas en un territorio, puesto que han sido culturizadas en un ambiente –en ocasiones– radicalmente diferente, suponen un desafío para la gestión de “la normalidad” social. Todo contacto entre elementos diferentes lo supone. Además, la gestión urbanística –según Taran– o de servicios, aunque sea sencillamente por los necesarios tiempos de reacción, suponen retos importantes. Retos no solamente para la gestión de las ciudades, sino para el propio respeto de la dignidad de las personas. Los territorios de acogida deben propiciar las condiciones necesarias para el pleno desarrollo de las personas migrantes. «Como plenos ciudadanos» – señala. Combatir las discriminaciones, evitar la marginación social, el relegamiento a guetos y, entre otras dolencias sociales, la doble discriminación ejercida sobre la mujer (como migrante y como mujer).

Por último pero no menos importante, el informe afirma que «la inmigración será crucial para el sostenimiento del mundo del trabajo durante el siglo 21». Los trabajadores extranjeros comprenden en torno al 10-15% de la fuerza de trabajo en los países europeos, siendo esta proporción mucho mayor en algunas ciudades donde el efecto provocado ha sido el de rejuvenecimiento de la fuerza laboral. En este sentido –informa el artículo–, la fuerza laboral está en grave declive en la la mayoría de países (incluidos los europeos), ya que ningún país es capaz de formar en la gran variedad de habilidades y técnicas para las complejas tareas de la industria contemporánea. La llegada de extranjeros, complementos para “nuestros” mercados laborales, es necesaria. Y tanto es así que, según el McKinsey Global Institute, el déficit de trabajadores formados será de 85 millones en 2020, y los empleadores ya se quejan actualmente de que uno de cada tres vacantes no puede ser cubierta por falta de las habilidades necesarias en la fuerza laboral existente. Por tanto, si Europa sufre un déficit demográfico, sumado a un déficit del mercado laboral, ¿cuál es la respuesta lógica, el cierre de fronteras o la apertura y apuesta por la formación? La respuesta es clara.

Al fin y al cabo, ¿qué estadounidense o terráqueo despreciaría lo que un descendiente de inmigrantes como Steve Jobs hizo por la humanidad…?

GUEST POST: A mismas obligaciones, mismos derechos

Publicado originalmente en Levante El Mercantil Valenciano

¿Crees en la democracia para todos? En España los inmigrantes no viven en democracia puesto que, cumpliendo con las mismas obligaciones ante las instituciones, gozan de menos derechos. Exijo el derecho a voto.

«La democracia es el gobierno del pueblo, por el pueblo, para el pueblo», dejó dicho Abraham Lincoln. La capacidad por parte de un pueblo sometido a una autoridad de influir en ésta o, como mínimo, en su elección mediante el voto, es un rasgo imprescindible de los sistemas democráticos; aunque, en mi opinión, el voto sea una parte mínima de lo que este sistema debe suponer. No obstante, este requisito no se respeta cuando se trata de aplicarlo al inmigrante aunque sea «de lo básico, lo más básico» para considerar un sistema como democrático (e incluso entre los inmigrantes existen discriminaciones a causa de los diferentes convenios de reciprocidad que conceden derechos a unos extranjeros sobre otros). En España, los componentes del colectivo inmigrante no tienen derecho a influir en la elección de las instituciones que van a dictar en qué condiciones y bajo qué normas desarrollarán sus vidas. Como si de un menor, un delincuente o una mujer en los sistemas abiertamente patriarcales se tratase, el extranjero solo tiene derecho a guardar silencio, ya que es un excluido político.

Deberíamos salir a la calle a reclamar. No hay derechos sin deberes; el inmigrante cumple los mismos deberes que un español, pero no goza de los mismos derechos (no los tenía políticos y se están restringiendo los sociales). Ante los posibles escépticos, recuerdo que éste cumple sus deberes cuando paga el IRPF que se aplica a la renta de cualquier persona física en España por el dinero obtenido de su trabajo; y también cumple sus deberes cuando paga el impuesto gravado a cualquier persona que realiza una compra (IVA). El deber se encuentra en cumplir con la legalidad como cualquier otro individuo, en respetar su parte del contrato social. ¿Qué hay de la parte del Estado? Éste no la respeta. «¡Oiga, que yo pago mis impuestos! ¡Soy ciudadano español!». Queremos votar; queremos decidir.

Es complicado establecer el criterio por el cual se debería ampliar el derecho a voto, ahora restringido a las elecciones locales, a otros procesos electorales como los autonómicos y el estatal. El criterio que proponemos es que, a mismas obligaciones, mismos derechos. No obstante, se ha de abrir urgentemente un debate y trabajaré para que así sea. Pero ¿y tú, crees en una democracia para todos?

Derechos culturales de la población negra en España

Las situaciones de discriminación que la población negra sufre en España son estructurales y tienen causas que forman parte de un problema muy antiguo. Es su estudio y no su negación lo que conducirá a un mejor aprovechamiento del capital sociocultural en el país. Esto exige abrir espacios de diálogo entre movimientos sociales negros y poderes públicos, junto con otras minorías étnicas, para la puesta en marcha de políticas de igualdad racial y diversidad cultural.

Este análisis sirvió como material de apoyo al informe sobre racismo en España aportado al
Comité de Naciones Unidas para la Eliminación de la Discriminación Racial (CERD) – Abril 2016

  Descargar informe

ACTUALIZACIÓN: conclusiones y recomendaciones del CERD sobre el racismo en España – Mayo 2016
  Descargar conclusiones

Muchos fueron los que aplaudieron la salida de prisión de Nelson Mandela en febrero de 1990, y el mundo entero lloró su muerte en diciembre de 2013. Se había transformado en el vencedor moral de un largo conflicto en Sudáfrica como icono de la resistencia contra una de las formas más deshumanizadas de explotación de un grupo social sobre otro, contribuyendo a una reconciliación racial inimaginable años atrás y destruyendo de forma pacífica el sostén de un elaborado sistema de racismo institucionalizado, el apartheid. Su labor como Presidente marcó la lucha anti-racista en diferentes partes del mundo, promoviendo el Estado multiétnico y democracias que aseguren la igualdad de derechos a una variedad de culturas.

Al funeral de Mandela asistió una representación de las autoridades españolas, encabezada por el entonces Príncipe de Asturias Felipe de Borbón, y el Presidente del Gobierno Mariano Rajoy. El Presidente Rajoy destacó el legado de concordia del expresidente sudafricano, expresando su deseo de que los ciudadanos estén unidos en temas esenciales (aplicándolo a España) como la unidad territorial del “país más viejo de Europa”, y prosiguió afirmando que nadie más tiene en el mundo una unidad nacional como la que ha conseguido España porque es la más antigua. Estos argumentos han sido utilizados por el Presidente en diferentes contextos. Preguntado en el funeral sobre las lesiones producidas por las concertinas (alambradas con cuchillas) de la valla en los límites de la ciudad española de Melilla con Marruecos, en suelo africano, respondió que no se trata de poner fronteras sino de que la gente entre legalmente como inmigrantes en los países.

A pesar de no haber puesto en marcha en tiempos recientes un régimen de segregación explícita como el apartheid, en el Estado español se practica un racismo institucional que le hace todavía estar lejos de proporcionar derechos iguales a todos los ciudadanos. No se respetan los derechos humanos de muchas personas migrantes y no se permite que opten por vías de entrada legal en el país. Además se exige a los migrantes que hagan esfuerzos por integrarse socialmente, al tiempo que permanentemente se les excluye de la cultura nacional dentro de determinados grupos étnicos o raciales (considerados ajenos a la nación) mediante un sistema de estereotipos y mecanismos de discriminación, con la colaboración de los principales medios de comunicación y sin la puesta en marcha de las necesarias políticas de diversidad en el ámbito de la educación.

EL EUROCENTRISMO

El pensamiento y los sistemas educativos europeos en los últimos dos siglos se han visto enormemente influenciados por la obra del alemán Georg Wilhelm Friedrich Hegel (1770-1831) sobre filosofía de la historia y su promoción de la superioridad europea, concretamente la de los pueblos nórdicos, sobre las demás culturas del mundo. Para Hegel, no existe historia de la humanidad antes de que nazca en Asia y culmine en Europa con la Reforma Protestante en Alemania, la Revolución Francesa y la Ilustración en Francia e Inglaterra (que en realidad tienen un origen germánico según este autor), y finalmente con la misión que se autoasignan los pueblos germánicos de civilizar al resto del planeta según sus propios intereses.

Escribe Hegel que, por ser el pueblo dominante portador del espíritu global del desarrollo, los germanos poseen un derecho justificado de extenderse sobre los otros pueblos del planeta que “son inferiores”. La periferia de Europa es un “espacio libre” que permite a los europeos del norte más pobres, expulsados por las desigualdades del capitalismo, volverse gobernantes y propietarios en las colonias o acceder a nuevas oportunidades de trabajo. Así según la visión eurocéntrica y imperialista Hegel, gradualmente se ha transformado un mundo de territorios “inútilmente desocupados” en nuevas versiones útiles de la sociedad norteuropea porque el espíritu de los pueblos colonizados “no tiene derechos”. Asia, África y las Américas son regiones “inmaduras” con un interés menor y los seres humanos negros están más cerca de las bestias.

Casi al mismo tiempo el racismo era formalizado como ideología por el francés Joseph-Arthur de Gobineau (1816-1882), que basaba su doctrina en tres pilares principales: la existencia de varias razas humanas, la comprensión de las diferencias entre razas como factores explicativos del proceso histórico-social, y la existencia de unas razas superiores a otras. Éste es el punto de partida del mito de la superioridad de la raza aria, construido por el británico Houston Stewart Chamberlain (1825-1927). Con la fuerza moral de un completo sistema científico y filosófico a su servicio, una élite europea de iluminados describe, justifica y legitima el dominio de sus gobernantes y sus descendientes sobre los recursos de otros territorios. Esto da inicio a una tradición de pensamiento eurocéntrica que se extenderá culturalmente y acabará convirtiéndose en hegemónica en todo el mundo.

A partir del siglo XIX, el imperialismo irá produciendo una multiplicación de “pequeñas europas” en África, las Américas y Asia, que son diferentes pero generalmente tienen un patrón común: subordinar o directamente eliminar toda cultura que se oponga a su manera particular de ver el mundo y la búsqueda del progreso. En el proceso, que continúa hasta hoy, se provocarán una multitud de conflictos violentos, incluyendo guerras de invasión y dos guerras mundiales por el dominio sobre ese imperialismo de recursos y la competencia global. Después de la Primera Guerra Mundial, el alemán Alfred Rosenberg (1893-1946) reinterpretó las anteriores teorías y elaboró la doctrina de la superioridad germánica para la ideología del nacional-socialismo o nazismo, en un intento de justificar con un barniz científico las ideas racistas de Adolf Hitler, con las consecuencias que todos conocemos. Esto provocó la persecución de grupos considerados inferiores como judíos, negros, gitanos, eslavos y homosexuales. El origen del “modelo ario” se encuentra relacionado con el mito fundacional de la civilización occidental, el llamado milagro griego o milagro ateniense.

Karl Raimund Popper (1902-1994) es el autor de una de las críticas al pensamiento de Hegel más notables y es considerado por muchos el filósofo más influyente en la evolución del pensamiento político en el siglo XX. Publicó su teoría de la Sociedad Abierta en 1945, al final de la Segunda Guerra Mundial. Es una obra maestra como tratado de filosofía política para entender nuestro actual concepto de democracia. Era un judío austriaco y la escribe durante su exilio como respuesta al ascenso de los totalitarismos para buscar las fuentes del pensamiento político democrático y estudiar su evolución. Reelabora el mito ateniense explicando que la primitiva sociedad griega dio el primer paso del tribalismo al humanitarismo y a la civilización. Los griegos se asemejaban en muchos aspectos al pueblo maorí: pequeñas hordas de guerreros luchando entre sí, para los que la magia y la superstición dominaban rígidamente todos los aspectos de la vida. Esta sociedad cerrada constituye una unidad semiorgánica cuyos miembros se hallan ligados por vínculos de parentesco, convivencia y de participación en las tareas comunes, con instituciones sociales que son sacrosantas, incluyendo las castas.

Popper atribuye la disolución parcial de esta forma de vida al surgimiento de nuevos contactos culturales en el Mediterráneo y al comercio, que se realizaban en gran medida con el Imperio egipcio que durante varios milenios había sido la potencia dominante en la región. Hacia el siglo IV a.c. el comercio de papiros escritos trajo como consecuencia la aparición en Grecia de la discusión crítica y, en consecuencia, del pensamiento libre de obsesiones mágico-religiosas. Surge la posibilidad de reflexión racional sobre los tabúes y las leyes políticas, y la toma de decisiones basadas en la estimación de las posibles consecuencias y en la preferencia consciente entre diferentes opciones. Nace aquí lo que este autor llama la “tensión de la civilización”, junto con la responsabilidad personal racional y la Sociedad Abierta: aquella en la que los individuos deben adoptar sus decisiones personalmente.

La participación fundamental de los pueblos negros en todo el origen y desarrollo de la civilización occidental ha sido tan ignorada, mal conocida e incluso escondida, que debe ser subrayada. El mito del milagro ateniense que describe Popper no puede sostenerse al ser contrastado con el conocimiento desarrollado en la segunda mitad del siglo XX acerca de la historia de la región y especialmente de la relación de Grecia con el Egipto de los faraones. Miles de años antes de producirse el milagro griego, el Imperio Egipto había sido fundado por pueblos que eran sin ninguna duda negros y culturalmente africanos. Los filósofos griegos reconocían a los egipcios como sus maestros y a la civilización egipcia como la más avanzada, al tiempo que les describían como negros. Esta concepción es apoyada por investigaciones científicas basadas en textos de la época y otras evidencias. Por otra parte, resulta complicado creer que no hubiese egipcios que tomasen decisiones racionales en una civilización tan adelantada con respecto a la griega durante tantos siglos. Hoy sabemos que los antiguos egipcios hacían avanzados cálculos matemáticos, de ingeniería y de astronomía, o descubrimientos médicos como la circulación sanguínea (que Europa no conseguiría hacer hasta el siglo XVI). Sin embargo, el mito del milagro griego persiste y se mantiene la imagen de un Egipto blanco en el imaginario popular, gracias al compromiso que hasta la actualidad mantienen los sistemas educativos y las industrias culturales con el etnocentrismo europeo del que son herederos y rehenes.

LA FALACIA DEL CONCEPTO DE RAZA

En casi todas las características humanas estudiadas por la ciencias actuales, se observa que las diferencias entre individuos son más relevantes que las diferencias entre grupos de población. Y esto incluye las diferencias genéticas, que pueden ser mayores entre personas de un mismo grupo étnico-racial que entre personas de grupos diferentes. Por ejemplo, investigadores brasileños han encontrado que en la ciudad de São Paulo, hay personas con fenotipo negro sin marcadores genéticos típicamente africanos, y blancos que sin embargo sí tienen esos marcadores. O un centro de investigación genética suizo en Zurich, que ha concluido en un estudio que altos porcentajes de población en Europa occidental comparten un antecesor común del Cáucaso hace 9.500 años con el faraón egipcio Tutankamón (1336-1327 a.c.), que hoy en día incluyen un 70% de los varones españoles y británicos, frente a un 1% de los egipcios actuales. Es tanta la distancia entre el fenotipo de los individuos y la percepción social asociada con sus “orígenes”, que aquellos que realizan una prueba de ADN para conocer los áreas geográficos donde vivían sus ancestros, frecuentemente quedan sorprendidas por lo inesperado de los resultados, que señalan lugares en el globo que nunca en la vida hubieran imaginado por sí mismos.

Como toda discusión sobre diferencias “raciales” dentro de la especie humana se circunscribe como máximo al 0,001% del genoma, la ciencia moderna considera que la “raza” no existe, desde un punto de vista biológico del término. Las ciencias sociales, por diferentes métodos y perspectivas, llegaron a las mismas conclusiones que la ciencia genética sobre la no existencia del concepto de “raza” que ha sido difundido en los cinco siglos anteriores y aún se maneja hoy en día. Se ha demostrado que los discursos raciales discriminatorios han manipulado ideológicamente las diferencias fenotípicas entre grupos humanos para legitimar la esclavitud, la explotación y la dominación de “razas” supuestamente superiores sobre otras consideradas inferiores.

Aunque el estatus científico-teórico de “raza” haya sido refutado y desmontado en la segunda mitad del siglo XX, esto aún no se ha traducido en un cambio sustancial de la construcción social o la categoría analítica. El concepto permanece y continúa siendo usado para agregar individuos y colectividades que comparten aspectos físicos observables, como color de piel, textura capilar o complexión corporal, pero más como concepto político que como concepto de la biología o la antropología. El problema de interpretación del término en la sociedad española hoy en día, con un sistema educativo obsoleto en muchos aspectos, es que la consecuente concepción sobre las diferencias de fenotipo se encuentra más cerca de la concepción del nacional-catolicismo español o del esencialismo alemán que de la concepción de las ciencias sociales modernas.

Ya no existe la antigua justificación de la esclavitud, pero pensar que hay diferentes “razas” es una de las formas de las que se vale el racismo actual para justificarse. Otra de las formas es considerar que el comportamiento de una persona o grupo viene determinado por su fenotipo por encima de otros factores. A este respecto, el analfabetismo científico sobre la propia naturaleza del ser humano sólo es superado por el analfabetismo histórico sobre las migraciones humanas desde la prehistoria. Todo ello influye en la cultura y en las relaciones sociales, principalmente a través de la inacción sobre el sistema educativo para corregir estos déficits de conocimiento, la consecuente reproducción de determinados estereotipos y la posterior amplificación del esquema en el mundo de la cultura y de los medios de comunicación.

La aplicación actual del concepto de “raza” en los estudios y en los procesos relacionados con la identidad étnica, conquista de derechos y justicia social de grupos diferentes fenotípicamente, es no obstante una necesidad práctica y teórica. Es necesario mantener el término de raza y conceptos relacionados como fenotipo o color de piel para manejar categorías de análisis sociopolítico o en la recopilación de datos estadísticos, al menos mientras persistan las situaciones de desigualdad y exista necesidad de hacer estudios para poder diseñar políticas públicas con efectos correctores. Por tanto, la erradicación del racismo y la lucha contra los estereotipos como un criterio de segregación social limitador de las oportunidades requieren que el término sea mantenido para ciertos usos. Ese es el sentido que las Naciones Unidas dan a la utilización de raza en sus metodologías y que usaremos de aquí en adelante en nuestro trabajo. Sin embargo, las Naciones Unidas no reconocen ningún sistema de clasificación racial, por tanto la clasificación escogida a efectos de análisis es una convención particular para el caso de cada país. En el caso de España, hasta el momento no existe sistema de clasificación ni estadísticas ni estudios oficiales, aunque no parece que separar grupos raciales en diferentes categorías legales sea un modelo válido para afrontar los actuales problemas particulares de la población negra en el país.

EL RACISMO HISPANO CONTRA LOS NEGROS

Desde hace cinco siglos el racismo moderno ha construído una estructura de dominación basada en el presupuesto ideológico, completamente arbitrario, de la existencia de una jerarquía entre poblaciones humanas clasificadas y separadas según determinados rasgos fenotípicos. Sabemos que existe racismo en Europa desde la Antigüedad y que la esclavitud, practicada de forma extensiva en la civilización grecorromana, tuvo mucho que ver. Los griegos se consideraban racialmente superiores a sus esclavos (el término proviene de eslavo en latín), y superiores a los bárbaros extranjeros en general (pero no era una cuestión racial sino cultural). Con el paso al feudalismo medieval, la esclavitud se mantuvo como un fenómeno marginal y en cuanto a racismo los cristianos perseguían a los judíos por su religión, pero no particularmente por su condición étnica o racial. Durante la Edad Media, el mundo islámico fue la potencia dominante de la civilización occidental y los musulmanes de diferentes razas comerciaban con esclavos tanto europeos blancos como africanos negros.

Se puede considerar Al-Andalus como uno de los desarrollos más exitosos de la diáspora africana en la historia. Durante muchos siglos la actual España estuvo conectada con Senegal y Malí en una gran región de intercambios poblacionales, culturales y comerciales que servía de puente entre África (el continente rico, que proveía de oro y otras materias primas) y Europa (el continente siempre en guerra que perfeccionaría la metalurgia y las armas de fuego). Europa en el siglo VII era un continente de analfabetos que llevaban siglos de atraso cultural con respecto al mundo islámico, salvo en ciudades ricas como Florencia. Castilla era una región de pastores, así que los musulmanes conquistaron fácilmente la península desde el sur extendiendo su civilización hasta Zaragoza y permaneciendo casi mil años. En la composición racial de los musulmanes españoles o moros, pese a la creencia o confusión popular, los árabes eran una minoría, sólo una pequeña élite venida desde la lejana península arábiga hasta el norte de África. No habitaban árabes en el Magreb antes de las invasiones del siglo VII, por lo que el grueso de la población musulmana que conquistó la península ibérica eran negroafricanos y bereberes (que hablaban y escribían en lengua árabe).

Y aquí llegamos a un punto de inflexión por el cual ideas de “raza” y de jerarquía racial iban a seguir mucho tiempo después atravesando las relaciones sociales en el mundo, siendo vigentes hasta hoy después de que hayan terminado las administraciones coloniales. Si bien era frecuente que desde tiempos muy remotos unos pueblos manifestaran rechazo por otros, el racismo como tal es un concepto relativamente reciente que tiene sus primeras manifestaciones en Europa durante la Edad Moderna. Hasta ese momento, numerosos santos eran negros y las personas negras habían estado asociadas a la riqueza del mundo islámico. Desde la prehistoria, diferentes pueblos negroafricanos habían habitado la península ibérica (como el capsiense o los primeros íberos). El concepto moderno que hoy manejamos de “raza” surge y se desarrolla en España en el siglo XV con el proceso de conquista cristiana del sur de la península ibérica y de las colonias españolas en América. Los cristianos detuvieron finalmente en el sur de Francia el avance del Islam en Europa, comenzando un proceso inverso de expansión cristiana hacia el sur de la península. A partir de ahí, sería cada vez más fácil encontrar cada vez más apellidos españoles con origen franco-germánico y no árabe. Tampoco es extraño entonces que la nueva nación de España fuese a estar gobernada en los siglos siguientes por dos casas reales extranjeras (los Austrias alemanes y los Borbones franceses).

Había esclavitud en diferentes reinos de la península ibérica, pero su utilización masiva se renueva en el siglo XV. Junto con Portugal, España empieza a secuestrar negros africanos y los introduce en territorio nacional para su explotación como esclavos. El mayor propietario era la Corona, que los utilizaba para sus minas y galeras. Pero el gran impulso se produce cuando Castilla se propone dominar y cristianizar el mundo comenzando un comercio de esclavos a gran escala, secuestrando personas en el Golfo de Guinea y llevándolas a las Américas como mano de obra gratuita para la colonización. Como consecuencia, otras potencias europeas siguen el mismo modelo de comercio trasatlántico y así se comete el llamado mayor crimen de la humanidad. El capitalismo moderno se levanta sobre esto, y las economías occidentales modernas son construídas durante varios siglos a costa del trabajo y los recursos de los africanos. A partir de entonces, el desarrollo económico de las metrópolis ha estado en estrecha dependencia con el proceso de subdesarrollo de las periferias y de África en particular. De modo que este aspecto de la globalización ha funcionado realmente de la forma contraria a como es concebido de forma habitual: es el crecimiento de la riqueza de las élites colonizadoras lo que se ha mantenido dependiente de la explotación de los colonizados y sus recursos.

Paralelamente a este proceso, existía una numerosa población morisca (descendientes de los moros) que habitaba la península ibérica y fue convertida al catolicismo en el recién creado Reino de España, pero iría paulatinamente sufriendo una notable pérdida de derechos políticos y territoriales, con un hito importante en la expulsión de los moriscos a principios del siglo XVII. Desterrada la identidad musulmana, fueron instaurados mecanismos sociales y legislativos para someter a la población no blanca. La exclusión a la que han sido sometidos los españoles negros y otras minorías fue por tanto primero una consecuencia de la construcción ideológica del racismo que se hizo para expropiar a los musulmanes conversos, pero es la intensificación del comercio trasatlántico de esclavos lo que incidió notablemente en la aversión hacia las personas negras. A partir de finales del siglo XVII, esto vuelve a tomar la forma de racismo religioso difundiendo una interpretación de la Biblia según la cual los pueblos negros deben servir a todos los demás, para justificar la esclavización de negros españoles, africanos y americanos.

El imperialismo español fue también pionero en mecanismos de discriminación legal: los mismos estatutos de limpieza de sangre que se utilizaron en un sentido étnico-religioso contra las minorías judía y musulmana convertidas al catolicismo en la península, se utilizan posteriormente en las Américas de manera más biologista creando escalas de capacidades humanas y roles sociales. Cuando se promulgó la Constitución de Cádiz de 1812, se condicionaron específicamente los plenos derechos como ciudadanos de los españoles negros. Sin embargo, en Sudáfrica el apartheid no tomaría forma jurídica hasta 1948, ya que las actitudes racistas no habían sido apoyadas por normas legales por Gran Bretaña desde la instauración de la Colonia del Cabo en 1814. Los esfuerzos de los abolicionistas en Europa y en las Américas durante el siglo XIX serían presentados por la prensa nacional española como intentos de destruir el Imperio hispánico, y los negros descritos como aliados de la Pérfida Albión (Gran Bretaña). España además fue la última potencia occidental en abolir la esclavitud, lo cual alimentó la persistencia en el tiempo del racismo anti-negro.

Mientras que en los Estados Unidos y las colonias británicas el racismo se basaba en la ascendencia, era la herencia genética la que había definido la identificación racial en el Imperio español, lo que llevaba a una clasificación bipolar entre “razas” negra y blanca. A este respecto, en las colonias hispanolusas, el racismo se establecía según características fenotípicas como color de piel y textura del cabello. Era una especie de racismo de aspecto, no de origen. En las Américas, este racismo establecía la existencia de tres “razas” puras (blanca, negra e indígena) y elaboraba un sistema de clasificación racial con una complicada serie de cruces. En función de eso, el racismo hispano se manifiesta en una gradación, alcanzando en mayor medida a personas con fenotipo más próximo del negroafricano y matizando la discriminación según se aproxime al fenotipo blanco. Era una evolución de la doctrina de limpieza de sangre del siglo XV, usada en la península ibérica para segregar a la población convertida al cristianismo.

La clasificación de las personas según su pertenencia racial conformó un sistema jerárquico de estratos sociales en el que el hombre blanco estaba en la cima y la mujer negra en la base, según la pureza o impureza de su sangre que se establecía según su raza o mestizaje. La gradación venía determinada por factores sociopolíticos coloniales, el principal de ellos la cantidad de colonos blancos procreando con mujeres indígenas y negras, pero con un menor número de mujeres blancas. Esto favoreció la multiculturalidad y sociedades más o menos multirraciales según el país, lo que explica la atenuación de una cultura del odio racial explícito en Iberoamérica. Aun así, algunos países desde el final del siglo XIX ponen en marcha políticas de “blanqueamiento” o de inmigración restrictiva en lo que se refiere a la entrada de africanos negros, como una clara señal del color de piel que se pretendía para “mejorar la sangre” o “mejorar la raza” de la población local. Cuando el Imperio español ya había perdido sus principales territorios en ultramar, se empiezan a suavizar las relaciones cotidianas por influencia de la creencia en un pasado colonial paternalista con relaciones benignas, pero persisten el racismo y la discriminación.

El racismo español de ideología nacional-católica seguirá las líneas generales del pensamiento racista que se encuentran presentes en la filosofía nacionalista de la historia y las pseudociencias europeas de los siglos XVIII, XIX y primera mitad del siglo XX, que habían justificado la esclavitud y el dominio colonial. Pero tiene ciertos rasgos particulares. Al llegar al siglo XX las personas negras ya no son vistas como un peligro por los españoles. Su imagen durante el régimen franquista (1939-1975) casi siempre se ve asociada a estereotipos ridiculizantes que continúan hasta hoy en formas variadas. El general Francisco Franco utilizó muchos símbolos medievales para dotar de consistencia histórica a su ideología: se identificó con Fernán González, con el Cid, con las Cruzadas (junto con los obispos, para otorgarse una misión espiritual en la Guerra Civil) e incluso hablaba de su Cruzada y de su Reconquista considerando que fue él quien completó la obra de los Reyes Católicos. Lo cierto es que sí hubo recuperación de territorios en la Edad Media por parte de los cristianos, pero no se manejaba en aquella época una idea de nación asociada. Éste último es un concepto nacionalista legitimador moderno utilizado para describir la ideología de los cristianos al oponerse a unos musulmanes que, en realidad, tenían el mismo derecho a habitar la península ibérica que los cristianos. Por tanto es un concepto parcial, porque sólo tiene en cuenta el punto de vista de una de las partes en un conflicto. El mito fundacional de la nación española es la Reconquista pero resulta más correcto hablar de una conquista.

La idea de Reconquista de los reinos cristianos no surgió durante la Edad Media ni en la conquista cristiana, ni tan siquiera en la Edad Moderna. Nunca se habló de Reconquista en aquella época, ni se conocía la palabra (que se empezó a usar a principios del siglo XIX). Durante el ascenso de los nacionalismos europeos, los románticos y liberales españoles dotan de contenido al término Reconquista para poco a poco identificarlo con la noción de recuperación de la unidad nacional, la idea de nación y la idea de patria, que resultan centrales en el nuevo modelo de Estado que se pretende crear en el siglo XIX. Como el Estado-nación es un concepto relativamente nuevo entonces, se intenta retrotraerlo a la Edad Media. De manera que la Reconquista se proyecta hacia atrás para recoger todo el sentido que no tenía anteriormente, y se la considera vigente desde la Edad Media para argumentar la idea de nación y de Estado español. Pero no existía entonces la noción de España como unidad política, y menos aún como la que existiría a partir del siglo XIX.

El nacional-catolicismo ha tenido un carácter muy excluyente en España y conectó bien con la tradición hegeliana en la concepción racista de la nación durante el ascenso de los fascismos previo a la Segunda Guerra Mundial. La ideología autoritaria del régimen franquista pretendía configurar todas las facetas del comportamiento de la ciudadanía, incluyendo el comportamiento sexual. El Estado definía la patria en términos de raza hispana: el día de fiesta nacional se llama el Día de la Raza, la película de propaganda sobre la Guerra Civil guionizada por el propio Francisco Franco se llamó “El Espíritu de una Raza” (y después simplemente “Raza”). Hoy se llama el Día de la Hispanidad, pero durante el franquismo el 12 de octubre se celebraba el Día de la Raza debido a la superioridad conferida al haber conquistado militarmente y sometido a las otras “razas” en América Latina a partir de dicha fecha en 1492. El nacional-catolicismo se consideraba heredero del legado de los Reyes Católicos, que habían expulsado a judíos y musulmanes, establecido la Inquisición para que se preservara la ortodoxia católica de los esclavos además de reprimir a los herejes, y conquistado América.

España a lo largo de su trayectoria histórica no ha gestionado bien su diversidad y los derechos culturales en diferentes territorios del Estado, ni ha articulado este democráticamente de manera que se garantice la continuidad de su unidad territorial en el futuro. Así, otra de las características de la ideología nacional-católica que continúa creando tensiones hoy es el énfasis en negar la existencia de otras nacionalidades dentro del territorio español (como la catalana, la vasca y la gallega), imponiendo una visión centralista y uniformizadora de las diferencias étnicas y culturales. La falta de diversidad en el país, por tanto, tiene una dimensión étnico-racial y otra político-cultural.

LA OMISIÓN DEL LEGADO AFRICANO EN ESPAÑA Y SUS CONSECUENCIAS

La evolución de las leyes y políticas en el Reino de España desde sus comienzos en el siglo XV han conducido a que la población negra (en adelante utilizaremos los términos “negra” o “africana y afrodescendiente” indistintamente) en la actualidad sufra lo que las ciencias sociales llaman hoy una invisibilización en la esfera pública. Esto se refleja en aspectos como la ausencia de negros o personas de ascendencia mixta en las producciones culturales, en los medios de comunicación o en cargos de responsabilidad en las organizaciones, y en el uso de estereotipos sobre su rol social. Varios siglos de explotación y discriminaciones todavía no completamente superados han colocado a esta parte de la población en una situación de desigualdad que influye en variados ámbitos de la vida pública y privada. El trabajo forzado de los africanos en el pasado enriqueció la economía española, pero supuso además una aportación cultural y humana sobre la que existe una doble omisión: una es científica por no estudiarse bien dicha aportación, y la otra es moral por no reconocerse lo suficiente. Esta doble omisión vuelve más grave la deuda histórica existente y supone un desaprovechamiento del potencial sociocultural dentro del país.

No existen estudios al respecto en el mundo académico, ya que las universidades españolas generalmente mantienen un enfoque neocolonialista o asistencialista sobre lo africano, y las autoridades han mostrado una gran desconfianza hacia las entidades gestionadas por africanos y/o afrodescendientes. La principal cátedra universitaria de estudios africanos creada en 1994 ha funcionado prácticamente sin medios ni financiación, incluso habiendo sido la única de las cátedras UNESCO que es resultado de un mandato de la Asamblea General de las Naciones Unidas. No se atiende la demanda de la población afroespañola de un mayor reconocimiento en la educación del legado de raíz africana en la cultura hispana, que encontraría reciprocidad en África y las Américas. Los países con mayor desarrollo socioeconómico son también aquellos que se esfuerzan primero en gestionar su diversidad interna, de manera que en relación con el continente vecino esta omisión representa oportunidades perdidas para todos en las esferas cultural, comercial y diplomática.

Hacia 1980 la población negra española estaba compuesta principalmente por familias vinculadas a Guinea Ecuatorial residentes en la península, las Islas Baleares o las Islas Canarias. La colonia en África Central había sido durante dos siglos un territorio español y las dos regiones administrativas en el Golfo de Guinea adquirieron estatus de provincias españolas en 1959 hasta la independencia en 1968. En Guinea Ecuatorial las autoridades coloniales habían mantenido una política de segregación racial sistemática, fundamentada en la idea de que la población negra era inferior, sólo apta para el trabajo manual y para servir a la sociedad blanca. Pese a esto, existía una élite negra adinerada debido a un decreto que dividía entre ecuatoguineanos no emancipados y emancipados (o plenos). Casi no se permitía a la población negra viajar a la península, pero sí a los miembros de esta élite y a algunos de ellos se les hizo diputados en las Cortes franquistas. Además había familias con personas venidas de las ex-colonias americanas (de Estados Unidos y principalmente Cuba, donde los afrocubanos también habían sufrido una gran segregación). Pero había también comunidades descendientes de antiguas poblaciones negras de la península (moros, moriscos, morenos y negros africanos) que habían sido tradicionalmente discriminadas hasta la miseria y subsistían aún en algunos pueblos de Andalucía, habiendo sido la mayoría asimilados dentro de la población blanca o bien mestizados con los gitanos. Por otro lado, desde que llegaron a España en el siglo XV, en contra de los gitanos figuraron leyes de persecución específicas que les excluyeron y les criminalizaron hasta el fin de la dictadura en 1978, por lo que la marginalidad y el rechazo social no fueron las causas sino las consecuencias de una situación de racismo anti-gitano y anti-negro.

Tras la llegada de la democracia, la negrofobia en España resurge con el crecimiento de la inmigración que se empieza a producir en la década de los 90. Ninguna de las minorías raciales había sido muy numerosa debido a las causas históricas ya examinadas, por lo que la mayor parte de la población negra es bastante reciente en comparación con la de otras ex-metrópolis coloniales. Como reacción a las tesis del nazismo, en todo el mundo los negros y mestizos ya no son vistos como seres inferiores o biológicamente degenerados, de forma que su situación no viene determinada por la genética, sino más bien por factores sociales y económicos. De este modo, el presupuesto de superioridad blanca ha sido sutilmente preservado debido a una supuesta superioridad cultural. En España no ha existido una extrema derecha con representación electoral significativa pero sí existe una extrema derecha social que vincula su negrofobia a la desconfianza por parte de las clases trabajadoras hacia los colectivos de migrantes considerados más pobres, vistos como competidores en un contexto de alta tasa de paro.

Por otro lado, la población negra en España ha sufrido ataques por parte de grupos violentos de ultraderecha asociados al fascismo y al nazismo, nostálgicos de las doctrinas oficiales de pureza de raza, sin que las autoridades pusieran en marcha medidas efectivas para frenar este fenómeno. El racismo es la primera causa en España de los delitos de odio, que es un categoría criminal con tendencia ascendente en los últimos años e incluye los discursos de odio, que han encontrado en Internet un terreno fértil para su difusión a través de las redes sociales, y que son formas de expresión que propagan, incitan, promueven o justifican el odio racial fundado en la intolerancia, incluida la que se expresa en forma de etnocentrismo agresivo y hostilidad contra las minorías. Estos casos afectan también a ciudadanos negros con nacionalidad española, sin embargo han sido tratados por las autoridades encargadas de políticas de inmigración. Al mismo tiempo, se ha convertido la persecución racial en el espacio público en algo habitual para controlar la identidad de los ciudadanos (migrantes o nacionales) por el mero hecho de ser negros, incluyendo las redadas en las calles y la retención en Centros de Internamiento de Extranjeros (CIE).

Debido al creciente racismo en la sociedad, en la década de los 90 comenzaron a establecerse fuertes lazos de solidaridad entre afrodescendientes nacidos en España que buscaban reafirmar su identidad y personas migrantes negras. Pese a su heterogeneidad, se enfrentaban a similares problemáticas y compartían comparten una cultura y conciencia de identidad comunes ligadas a la música, los deportes y la historia de la diáspora con sus mestizajes. La identidad y aportación social afroespañolas se intentaban folclorizar retirándoles toda su carga política, pero su unidad sociocultural en contra el racismo daría lugar a una serie de diferentes movimientos sociales negros. El activismo negro aún no ha conseguido convertirse en un movimiento de base amplia en España, ya que ha congregado a pocos activistas y no pocas veces ha estado adscrito a determinadas ideologías o formas de organización que han funcionado como barreras para involucrar a más participantes. No obstante, una mayor unidad de acción ha sido posible en ocasiones como la de colaborar en la preparación de la Proposición no de Ley sobre “Memoria de la esclavitud, reconocimiento y apoyo a la comunidad negra, africana y de afrodescendientes en España”, aprobada en 2010 por unanimidad en el Congreso de los Diputados. En los últimos años, se observa además una mayor feminización del movimiento reivindicativo negro que tiene presencia en Internet y especialmente en las redes sociales, acompañando el aumento de la participación de las minorías étnicas negra, árabe y gitana en el movimiento feminista. Todo esto contribuye a la construcción de un nuevo pensamiento social que reabre el debate sobre la discriminación y el racismo.

Un papel central en la evolución de los derechos de la población negra lo ha jugado la discriminación institucional que sufren las personas migrantes africanas desde la entrada de España en la Unión Europea en 1986 en cuanto a la concesión de visados. Son los años en los que se culmina la “desafricanización” o borrado y negación del legado africano en España, desde un punto de vista político, mediático y cultural. Desde la firma del acuerdo europeo de política migratoria común de Schengen en 1995, el discurso de las autoridades y los medios de comunicación se pone al servicio de una política de control de fronteras instrumental que favorece la libre circulación de los comunitarios debido al Tratado de Maastricht pero sólo acepta extra comunitarios cuando se les necesita. Como referencia de lo que supone el fenómeno de la inmigración se comienza a proyectar la imagen de una supuesta avalancha de africanos que llegan en pateras, preparando el escenario para la política de repatriación. Todo esto amplía la brecha de derechos entre extranjeros residentes de países más ricos e inmigrantes a los que se presupone socioeconómicamente inferiores. Diferentes leyes de extranjería consolidan esta división, con el agravante telón de fondo de una larga tradición en el Estado de crear instrumentos legales restrictivos con los derechos de minorías étnico-raciales.

La lucha de los “sin papeles” hizo en aquellos años que la identidad política común de las personas migrantes se volviese más sólida que la identidad política étnico-cultural de la población negra en general, que llevaba ya siglos siendo silenciada y asimilada. El Tribunal Constitucional, de mayoría conservadora, determinó además en 2001 que los rasgos fenotípicos constituyen “indicadores razonables de origen no nacional” en el caso del control de identidad y por tanto una “mayor probabilidad” de no ser español por razón exclusiva de que una persona sea negra. Tras un largo proceso, el Comité de Derechos Humanos de las Naciones Unidas sentenció en 2009 que el Estado español tenía obligación de pedir disculpas e indemnizar por la vulneración de los derechos humanos provocada por aquella decisión. España ha sido ya condenada más de veinte veces por vulnerar los derechos humanos, incluyendo ésta ocasión, pero el dictamen suele ser ignorado. De esta manera, se certifica la consideración social de las personas negras como inmigrantes y de los inmigrantes como personas permanentemente susceptibles de estar bajo sospecha o no ser merecedoras del mismo trato por parte de la policía y los jueces.

La posición de los dos partidos políticos que han ocupado el Gobierno de la nación ha sido ambigua con respecto a las demandas de la comunidad negra. Cuando han gobernado, tanto Partido Socialista como Partido Popular han seguido una línea dura de cumplimiento de la política migratoria suscrita en la Unión Europea con el resultado de que el control de fronteras y los CIE han operado frecuentemente en vulneración de los derechos de las personas migrantes. En cuanto a políticas internas, desde la comunidad negra se ha acusado a ambos partidos de apoyar algunas reivindicaciones según el contexto político y los intereses de cada momento aunque sin tomar medidas de peso, de instalarse en el privilegio blanco (conjunto de ventajas explícitas e implícitas no disfrutadas en occidente por las personas no blancas) y de no involucrarse suficientemente en la erradicación del racismo. Mientras que han sido los partidos de izquierda los que han liderado las políticas de igualdad racial en todo el mundo, en el caso de España el activismo negro ha denunciado que la izquierda en general muchas veces no ha apoyado o directamente ha bloqueado las propuestas del asociacionismo negro, negando las razones de fondo de cada reivindicación. La consecuencia práctica en España del discurso progresista del tipo “yo creo en una sola raza” o “para mí no hay colores” es que no se atiende a la diferencia ni se aplica un enfoque de raza aunque sí se hayan incorporado el de clase, género, orientación sexual o discapacidad para corregir situaciones de desigualdad en una variedad de ámbitos y organizaciones. El racismo migratorio y la negación del enfoque de raza impiden la emergencia de una solidaridad con la particular situación de la población negra española, como sí ha existido en otros países.

Una particularidad del silenciamiento del racismo contra los negros en España, heredada del colonialismo, es que se disfraza como broma. Otra es el racismo institucional y no hay prácticamente ninguna gran organización pública o privada que presente personas no blancas entre sus caras visibles. Otra es que en el mundo del fútbol, el mayor espectáculo de masas, con frecuencia se producen manifestaciones de odio racial en los estadios con absoluta impunidad, ante la indolencia de las autoridades y de los clubes. Otra particularidad, compartida con otros países iberoamericanos, es que en las producciones culturales y en los medios de comunicación (especialmente en la televisión, que es el que construye el discurso dominante en el imaginario social) se produce una situación constante de invisibilización, uso de estereotipos, exotización y chanza, excepcionalidad de lo que debería ser visto como normalización, destaque del origen de determinados delincuentes, publicidad excluyente (o directamente racista) y doblajes ridiculizantes. La falta de representación en la cultura tiene un profundo efecto en la autoestima, ya que si una persona desde una edad temprana no ve ningún personaje que se le parezca o éste aparece estereotipado, su concepto de sí misma y autovaloración están cuestionados y esto condiciona su desarrollo. Hasta en los ambientes supuestamente más progresistas encontramos racismo, que busca excusas constantemente para existir de maneras disimuladas que no avergüencen al que lo profesa. Todo contribuye a naturalizar la discriminación, perpetuar las desigualdades, racializar la nacionalidad (en el imaginario social no es normal ser negro y español al mismo tiempo) y ejerce por hábito un efecto desmovilizador en la sociedad. Esto exige un trabajo intelectual de deconstrucción por parte de los movimientos negros y de los académicos socialmente comprometidos, independientemente de la orientación ideológica, por la defensa de los derechos humanos y de ciudadanía.

DERECHOS CULTURALES DE LA MINORÍA NEGRA HOY EN ESPAÑA

Los derechos culturales se definen como aquellos derechos humanos relacionados con la cultura en un sentido amplio, que garantizan que las diferentes personas y comunidades tengan acceso y puedan participar en aquella cultura que sea de su elección en condiciones de igualdad, dignidad y no discriminación. Son derechos relativos a cuestiones como la producción cultural y artística, la participación en la vida cultural, el patrimonio, las minorías, la lengua, los derechos de autor y el acceso a la cultura, entre otros, y están en relación con la capacidad de un grupo poblacional para preservar sus formas de vida y la seguridad de su base económica dentro de la nación en la que se encuentre. Por eso estos derechos atienden a la preservación cultural de minorías étnicas, religiosas o pueblos que estén en peligro de desaparecer; pero además se plantea el concepto de justicia cultural, que se centra menos en la preservación como un fin en sí mismo y más en las interacciones equitativas y en el potencial para los intercambios culturales. El reconocimiento de los derechos culturales tiene además un valor económico por las posibilidades comerciales y de turismo.

El estudio de sus diferentes culturas revelaría un mayor conocimiento sobre la historia del pueblo español y arrojaría más luz sobre su origen y desarrollo. Por tanto la educación, la investigación, las industrias creativas y el intercambio informacional o comercial en torno a aspectos culturales deben defender los derechos de las minorías dentro de políticas públicas de diversidad. Según los compromisos internacionales suscritos en esta materia: “Los Estados protegerán la existencia y la identidad nacional o étnica, cultural, religiosa y lingüística de las minorías dentro de sus territorios respectivos y fomentarán las condiciones para la promoción de esa identidad” […] “Las políticas y programas nacionales se planificarán y ejecutarán teniendo debidamente en cuenta los intereses legítimos de las personas pertenecientes a minorías” […] “Las personas pertenecientes a minorías tendrán derecho a disfrutar de su propia cultura” y a “participar efectivamente en la vida cultural, religiosa, social, económica y pública” […] “Las personas pertenecientes a minorías tendrán el derecho de participar efectivamente en las decisiones que se adopten a nivel nacional y, cuando proceda, a nivel regional respecto de la minoría a la que pertenezcan o de las regiones en que vivan, de toda manera que no sea incompatible con la legislación nacional” (Declaración sobre los derechos de las personas pertenecientes a minorías nacionales o étnicas, religiosas y lingüísticas, aprobada por la Asamblea General de las Naciones Unidas). En ese sentido, la Agenda 21 de las Naciones Unidas para la cultura apuesta por establecer un compromiso de las ciudades y los gobiernos locales para el desarrollo que incluya los derechos culturales como parte de sus principios centrales y establece que: “Los gobiernos locales reconocen que los derechos culturales son parte integrante de los derechos humanos, tomando como referencia la Declaración Universal de los Derechos Humanos (1948)”.

La aproximación a los problemas de racismo y discriminación contra las personas negras, africanas o afrodescendientes que hacen los partidos políticos, las organizaciones no gubernamentales y las instituciones oficiales en España suele dirigirse a los síntomas y no atiende a las causas estructurales, cuando no consiste directamente en la negación o minimización de tales problemas por parte de los responsables de buscar soluciones. Mientras que hasta ahora la izquierda española no ha atendido seriamente las reivindicaciones de la comunidad negra, en las últimas cuatro décadas las izquierdas europea, estadounidense y latinoamericana han elaborado perspectivas innovadoras respecto a cómo combatir el racismo, y el impacto de tal contribución en el plano político ha sido la inclusión de la cuestión racial en las políticas de los partidos de izquierda y centro-izquierda. En el ámbito académico ha surgido una nueva producción teórica en el extranjero sobre los efectos de la segregación, la esclavitud y el dominio colonial que, gracias a una recopilación de datos empíricos, rebate la naturalización de la discriminación, la subordinación política y especialmente el silenciamiento del racismo. Pero España una vez más ha vuelto a quedarse atrás y ni siquiera se ha planteado oficialmente la necesidad o no de estadísticas que cuantifiquen la población negra (aunque según algunas estimaciones está entre un millón y dos millones de habitantes) y caractericen su situación, lo cual ha resultado imprescindible para el diseño de políticas públicas en otros países en cuanto a derechos económicos, sociales y culturales.

En otros países los resultados de los estudios estadísticos sobre desigualdad con auto-clasificación de raza ayudaron a dar consistencia a las demandas de la comunidad negra, que habían surgido cuestionando la legitimidad de los comportamientos que crecen al abrigo de mitos. El mito local de que no hay racismo en España nos coloca en la perspectiva ya deslegitimada de la democracia racial o racismo a la brasileña: no hay un reconocimiento del problema para poder corregir la falta de igualdad de oportunidades y no se atiende a la diferencia ni a las desigualdades, negando la discriminación, por lo que con el tiempo dichas desigualdades persisten o empeoran. Resulta muy complicado proponer políticas correctoras para las situaciones de discriminación si no se pueden identificar y valorar las desigualdades. Así, la población negra en España ha venido sufriendo históricamente un racismo que es estructural e institucional con graves, amplias y persistentes consecuencias en forma de pobreza generalizada. Lo cual conduce a inferir que la actual situación de exclusión que gran parte de las personas negras tiene en diferentes ámbitos profesionales está provocada por una discriminación racial y una desigualdad que son sistémicas. A esto se une la dinámica de competencia en la base de la pirámide socioeconómica, entre la población trabajadora golpeada por el contexto de crisis desde 2008. Como desde la llegada de la democracia la situación no ha mejorado, significativamente por falta de apoyos por parte de la izquierda política, esto justifica la actual renovación de las reivindicaciones políticas por parte de los movimientos sociales negros. Las metodologías de trabajo del Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) en materia de igualdad racial y de la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO) en cuanto a diversidad cultural pueden apoyar este esfuerzo.

La forma en la que plantear políticas que atiendan las reivindicaciones en España no se ha decidido aún. Los críticos del método de políticas de igualdad racial de las Naciones Unidas defienden que la utilización del concepto de raza, aunque sea a efectos de análisis estadístico o de reparto de recursos, consolida el concepto de “razas” diferentes y hasta lo hace surgir entre aquellos que no creían en ellas. Tal procedimiento ha podido ir en contra de combatir la creencia en razas en sentido biológico y ha producido cierto conflicto social en algunos países, pero ha podido justificarse por: a) una correspondencia entre la población negra y los descendientes de personas que fueron esclavizadas y levantaron las economías de esos países, b) la preservación de culturas tradicionales dentro del territorio, y c) cierta uniformidad de las características socioeconómicas de ese grupo racial. Sin embargo estas circunstancias no se dan actualmente en una población negra española que tiene distintos orígenes, convive con el resto de la población hablando la misma lengua y comparte los mismos elementos culturales españoles de fondo. Pasar a considerarse una categoría social diferenciada a partir de la Proposición no de Ley de 2010 u otras iniciativas podría ser contraproducente si no se maneja con cuidado: introducir como presupuesto el concepto de raza en España puede tener el efecto de consolidar un país de “razas” y un pensamiento racializado en la esfera legal.

Lo que no se justifica es dejar que crezca el racismo, no atender a la diferencia o no respetar los compromisos internacionales, por tanto resulta necesaria una elaboración específica de políticas de diversidad adaptada a la realidad española. Las desventajas que sufre la población negra en diferentes ámbitos no se corregirán si no se coloca la lucha contra el racismo como una prioridad de la sociedad, de forma similar a la lucha contra la homofobia o la violencia de género. Las políticas de promoción de la igualdad racial sólo tendrán éxito a partir de la construcción de una amplia coalición de intereses que den solidez a una voluntad común, pero no ha existido un verdadero intercambio con África sino imposición y unidireccionalidad. Esto debería involucrar la aportación de raíz africana en la historia de España, pero no ha sido posible en gran medida por la falta de estudio y reconocimiento. Pero el principal problema a resolver es que la población negra actual no posee un capital cultural común y la ausencia de políticas públicas de diversidad cultural al respecto produce más desigualdades cuando se produce alguna asignación de recursos a pequeños proyectos, de tal manera que los intereses de la comunidad negra en su conjunto nunca son atendidos. Un marxista diría que esta desigualdad se produce en el nivel de superestructura (ámbitos artísticos, filosóficos, políticos y en general culturales) en función de intereses oligárquicos, sumándose a una desigualdad que había crecido durante siglos en el nivel de infraestructura (factores productivos y relaciones de producción). Partiendo de lo anterior hay tres consideraciones iniciales a la hora de plantear objetivos en cuanto a la reivindicación de derechos:

  • La primera consideración surge examinando qué otras dinámicas históricas se producen desde la configuración del Reino de España además del racismo. Resulta fundamental entender que una parte del país considera que éste lleva más de cuatro siglos gobernado por unas clases dirigentes que se han comportado de forma claramente contraria a los intereses de la mayor parte de la población: dos dinastías monárquicas que han puesto sus propios intereses por delante de los de la nación o han supeditado estos en ocasiones a los de un poder extranjero, junto a una clase terrateniente y un poder eclesiástico opuesto a la Reforma en el siglo XVI, que separaron al país de las corrientes de modernización en Europa y lo sumieron en un atraso científico-cultural que condiciona la sociedad hasta el presente. Estas élites (denominadas “extractivas” por no crear riqueza y detraer rentas del Estado en beneficio propio a costa del resto de la población) han evolucionado hasta el siglo XX como la parte central de la clase dirigente en España, y su ala más conservadora reprimió brutalmente los movimientos de oposición al orden social establecido mediante una guerra civil. De manera que en España existen otros grupos sociales que se sienten víctimas de pérdida de derechos además de la minoría negra, por lo que hay diferentes reivindicaciones de recuperación de memoria histórica que exigen un tratamiento específico. La cuestión negra no debería olvidarse en las iniciativas de memoria histórica y debería tener una asignación diferenciada de recursos públicos.
  • La segunda consideración es que el debate de la deuda histórica se complicará si se establece sobre la temática racial del reparacionismo de las Américas, pues existe una correspondencia sólo parcial y muy pequeña entre el grupo de población negra que vive actualmente en territorio español y los descendientes de la población negra española del siglo XVI. La razón de ser de las iniciativas de empoderamiento de la población negra que se han puesto en marcha en los últimos años en América Latina puede ser la misma, pero en España es más necesario prestar atención a qué tipo de propuestas se pueden presentar como distintivas y específicas del colectivo africano y afrodescendiente, y cuáles pueden ser coordinadas con otros grupos étnicos. Destacadamente, pero no únicamente, con minorías como la gitana o la árabe que enfrentan problemáticas similares. Por eso, no parece recomendable trasladar a España un enfoque de políticas públicas como las diseñadas en América Latina sin hacer un análisis específico sobre la historia y la realidad particulares del país. Sin embargo las reivindicaciones específicas de la comunidad negra podrían ser sencillamente diluidas en otras de carácter más general que tienen las minorías raciales, por lo que resulta importante seleccionar bien los objetivos a plantear en la agenda política. Nuestro enfoque se fundamenta en el estudio histórico de cuestiones estructurales como el efecto en la sociedad de los instrumentos legales de discriminación, el reconocimiento de la responsabilidad española en los crímenes asociados a la esclavitud trasatlántica y al colonialismo, la no introducción de contenidos educativos sobre el legado africano, o la observación de que la producción cultural y los medios sean más inclusivos y transmitan una imagen digna de los diferentes grupos raciales.
  • La tercera consideración es que resulta importante erradicar los prejuicios raciales todavía existentes pero no es suficiente tratar la desigualdad racial si no se aborda también la desigualdad de las culturas. Se ha impuesto como “superior” la cultura de raíz europea cuando las consecuencias de la vertiente científico-tecnológica de esta opción es la destrucción del medio ambiente hasta el punto de que a largo plazo se pone en riesgo nuestra supervivencia. Aceptar esto no ha sido resultado de una decisión libre para los africanos sino más bien de la ausencia de elección tras alterarse otros modos de vida. Es indispensable disipar esa idea de superioridad para permitir una visión correcta del intercambio cultural: el progreso social siempre ha sido producto de la diversidad y la cooperación entre varias culturas, pero trae consigo al mismo tiempo la desaparición de rasgos diferenciales cuya originalidad hay que preservar. La erradicación del racismo debería basarse en el estudio de la verdad sobre nuestras raíces culturales para poner a la sociedad en paz con la historia (como ocurrió en el proceso de reconciliación en Sudáfrica), y no únicamente en el estudio o en la denuncia de sus efectos pese a que éstas sean labores imprescindibles. Conocer mejor la historia y la cultura propias produce un aumento de la autoestima, de tal manera que se produce un cambio de mentalidad positivo y la sociedad sale reforzada, alcanzándose mayores niveles de integración.
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    CONCLUSIÓN

    Las industrias culturales son posiblemente el único campo en el que conjuntamente España, junto con el resto de Iberoamérica, es una potencia mundial. No hay la suficiente conciencia sobre ello, ni tampoco sobre la capacidad para enriquecer el capital humano y cultural en común haciendo un mayor esfuerzo por estudiar y fomentar el estudio de la aportación de raíz africana en el mundo hispano. Como resultado de las dinámicas históricas y en el contexto de una Europa construida durante los últimos cinco siglos sobre la hipótesis de superioridad de la “raza” blanca sobre el resto, se produce una discriminación de determinadas minorías que se traduce en falta de reconocimiento en la cultura y la educación, y con frecuencia en desigualdad laboral al limitar las posibilidades de la persona o destinarla a trabajos menos cualificados por la reputación negativa resultante. Esto se suma a que España en los siglos anteriores no participó de la Reforma ni de la Ilustración europeas, lo hizo escasamente de la Revolución Industrial y reprimió el ideal republicano mediante una guerra civil así como los nacionalismos periféricos. De manera que no ha existido nunca una real igualdad de oportunidades para todos con derecho al pleno ejercicio de las identidades y los derechos culturales: el Estado se construyó para otros. Y teniendo en cuenta que el racismo institucional es tan antiguo como el Estado, todo esto ha condicionado y sigue condicionando alcanzar el pleno potencial sociocultural del país.

    La persistencia de actitudes o estereotipos racistas nos conduce a la conclusión de que existe un etnocentrismo dominante naturalizado por hábito que continúa provocando que negros, árabes o gitanos no sean considerados por todos como parte del mismo espacio institucional común. Lo que provoca esta falta de empatía en la cultura nacional hacia estas diferentes realidades es que se mantenga de facto dominante la antigua jerarquía racial y patriarcal institucionalizada por los anteriores regímenes políticos del Estado. El hecho de que gran parte de la población no perciba este racismo estructural, por no sufrir sus efectos o por no comprender que se manifiesta de formas variadas y no siempre explícitas, obviamente no significa que no exista o no impacte en las vidas de otras personas. No obstante, son todos los ciudadanos quienes financian con sus impuestos la educación pública, los medios de comunicación públicos y en gran medida la producción cultural. La identidad y la tradición de cada persona deben poder desarrollarse con plenos derechos de ciudadanía en un clima de respeto mutuo, sin que el colonialismo y la globalización eurocéntricos sigan condicionando las políticas educativas, culturales y de información del conjunto de la población continuando una tradición de homogeneización y doctrina de superioridad cultural. Los niños y jóvenes afrodescendientes deben poder crecer con dignidad disfrutando plenamente de sus derechos civiles, socioeconómicos y culturales; sin embargo las actuales políticas o la ausencia de políticas sólidas de diversidad tienen un efecto limitador sobre su formación y sus capacidades al omitir el papel de los pueblos africanos en el origen de la civilización ibérica en los planes de estudio y en la cultura, lo que invisibiliza a las minorías negra y árabe exacervando los estereotipos.

    La actual situación y su mantenimiento resultan antidemocráticos por definición: la política migratoria común europea determina que la población negra será siempre o durante mucho tiempo una minoría estructural dentro de España y por tanto nunca podrá llegar a ser mayoría para tomar decisiones sobre lo que le afecta. De ahí se concluye que, como otras minorías estructurales que reconoce la democracia (la comunidad gitana, la comunidad judía, la comunidad musulmana, los vascos, los catalanes, etc.), debería al menos tener una asignación de recursos diferenciada para su desarrollo cultural comunitario. Por tanto, la falta de suficiente apoyo social a sus demandas y la consecuente negativa de los partidos políticos funcionan como una tiranía de la mayoría. No se puede emprender bajo un mal liderazgo político y para resolver esta cuestión el diálogo de la comunidad negra con el Estado ha sido siempre un espacio importante para la lucha por los derechos en muchos países, por lo que es necesario incluir este diálogo en la agenda de los partidos españoles. Corresponde a la convergencia de movimientos sociales negros constituir una estrategia articulada capaz de promover una legislación correctora. La integración de sus propuestas específicas en las políticas públicas se justifica por estar destinadas a la plena inclusión de todos los ciudadanos en la sociedad, como se hace con género y otros enfoques sobre desigualdades estructurales. Esto potenciará el capital cultural común del país y lo preparará para afrontar mejor los retos de la economía global, formando ciudadanos de lo universal, ya que los países que mejor gestionan la diversidad son también los más prósperos. Según los mandatos de la UNESCO conseguir una igualdad efectiva exige combatir el racismo y prestar una atención especial a los derechos de las minorías étnico-raciales por lo que, para cumplir con los compromisos internacionales suscritos por España, el respeto a la diversidad debe colocarse en el centro de las estrategias de desarrollo social. Las autoridades deben aplicar principios de pluralismo en las políticas públicas para impulsar una nación moderna que respete y reconozca a sus minorías, con derechos culturales para todos los ciudadanos que favorezcan el avance cultural y científico, de forma que el conjunto de españoles disfrute de una verdadera igualdad de oportunidades.

    Examinaremos la dinámica puesta en marcha entre el Estado y el colectivo afrodescendiente en la segunda parte del análisis.

    Imagen de cabecera: El Triunfo de la Santa Cruz / Batalla de las Navas de Tolosa (1891-1895) por Marceliano Santa María

    GUEST POST: El Racismo estructural en una Sudáfrica sin Mandela

    Hay sociedades en el mundo que tienen “una estructura racista”, y Sudáfrica es una de ellas. Ya lo decía Franz Fanon cuando teorizaba en su libro “Piel negra, máscaras blancas” sobre la necesidad de reconocer que “todas las formas de explotación, de discriminación, se parecen, ya que todas ellas se aplican a un mismo objeto: el ser humano”.

    El caso de Sudáfrica es particularmente interesante a este respecto desde el punto de vista de los efectos que ha llegado a tener el colonialismo sobre la cultura política, no sólo en la etapa del apartheid, al que ahora haremos una breve referencia, sino también debido a otro tipo de fenómenos de corte racista que se han venido dando en este país, sobre todo, en las dos últimas décadas.

    EL APARTHEID O LA NEGROFOBIA A LA SUDAFRICANA

    Cuando digo que el país tiene una estructura racista, quizás no nos pille de sorpresa a muchos, pero me gustaría aclarar algunas cuestiones sobre la etapa del apartheid que no sólo tienen su origen en la estructura colonial establecida por los afrikaners, sino en una lógica de construcción social. En las elecciones generales blancas de 1948 (entendiendo ‘generales’ como aquellas en las que sólo la minoría blanca podía votar, mientras que la inmensa mayoría de la población: negros, mestizos e indios, quedaban excluidos) perdió el partido gobernante, United Party, cuyo líder era Jan Smuts, un general que había hecho participar a Sudáfrica del lado de los aliados durante la Segunda Guerra Mundial. El partido ganador sería el National Party que, liderado por Daniel Malan, negaría el apoyo a Gran Bretaña y haría públicas sus simpatías por el régimen nazi alemán.

    La declaración formal de los principios políticos que alentaban el partido de Malan era conocida como apartheid, palabra que aunque nueva resumía la vieja segregación cuyo significado era básicamente la codificación en un sistema opresivo de todas las leyes y normas que habían mantenido a los africanos en una posición de inferioridad respecto a los blancos durante siglos. De este modo, y a este punto queríamos llegar, según Nelson Mandela (2014:121) “lo que hasta entonces había sido una realidad más o menos de facto iba a convertirse de una manera inexorable en una realidad de jure”. Es decir, el apartheid fue la conformación en leyes de una rutina de actos racistas que había sido implantada a lo largo de los anteriores 300 años. Ya existía, por ende, una estructura racista.

    Estos principios políticos, ya convertidos en una forma de segregación de jure, partían de la premisa de que los blancos eran superiores a los africanos, indios y mestizos (aunque luego las escalas de discriminación dependían de cada una de estas clasificaciones) y su objetivo principal era implantar de manera definitiva la supremacía blanca. Así lo expresaba el National Party: “Die wit man moet altyd baas wees” (el hombre blanco debe ser siempre el amo –baasskap-). La Iglesia holandesa, una vez reformada, apoyaba esta política, aportando así el apuntalamiento religioso del apartheid y llegando incluso a sugerir que los afrikaners eran el pueblo escogido por Dios, mientras que los negros (kafir – término despectivo en afrikaner) eran una especie subordinada a ellos (Mandela, 2014:122). De modo que religión y apartheid marchaban codo con codo: la estructura racista de la sociedad se empieza a consolidar, se aprueban sucesivas leyes y posteriormente la política de los batustantes, que no tenían más objetivo que éste.

    La lucha de Nelson Mandela contra el régimen racista que acabamos de enunciar, tras un largo y duro periodo de lucha (no sólo por parte de la población negra, sino en conjunto con la mestiza e india) culminaría con la independencia y el fin del apartheid en el año 1994. Situación que acabará produciendo la transformación de Sudáfrica en un símbolo de la lucha anticolonial y del movimiento “no racista” a nivel mundial. Algo que se vio como la superación de una estructura que, habiendo sido socialmente construida, quedaba ahora relegada a la oscuridad.

    Sin embargo, el pasado año 2015 ciertos acontecimientos de corte racista acaecidos han dejado en evidencia que Sudáfrica, no solo conserva esa estructura, sino que además, esta última se expresa de diferentes maneras. Veamos por qué afirmamos esto.

    Desde finales de la década de los 90 a los años 2000 se produjeron importantes cambios geográficos a nivel mundial que van a transformar el continente africano en la región más poblada del planeta. Según un Informe de Desarrollo Humano (2009) elaborado por el Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) bajo el nombre de “Superando barreras: movilidad y desarrollo humanos”, de la abrumadora cantidad de unos mil millones de migrantes que existían hasta la fecha, casi la mitad de todos los denominados migrantes internacionales se desplazan al interior de su región de origen y un 40% lo hace hacia un país vecino.

    Esto último es lo que ha pasado en Sudáfrica, país que, además de ser la potencia regional -a la que ahora se le suma Nigeria- ha llegado a convertirse en uno de los principales destinos para los migrantes de países colindantes como República Democrática del Congo, Zimbabue o Malawi. Debido a estos desplazamientos, además de producirse enormes retos para los dirigentes africanos, sobre todo en lo que se refiere a la absorción de la migración, tuvo lugar el estallido de una ola de violencia y rechazo por parte de la sociedad civil sudafricana negra contra los primeros. Una de las afirmaciones más sonadas vino de la mano del rey de los zulúes, Gowill Zwelithini, que llegaría a pedir a los migrantes que se volvieran a sus países; declaración que, entre otras, dio lugar a un proceso de persecución y asesinatos contra migrantes. Algo que aquí vamos a denominar como ataques negrofóbicos.

    ¿QUÉ ES LA NEGROFOBIA?

    Negrofobia y filantropía son insultos en Sudáfrica: “no es exagerado decir que la mayoría de los sudafricanos experimentan una repugnancia casi física ante un indígena o una persona de color a su mismo nivel” afirmaba Fanon (2009:96), ya lo hemos visto antes; pero aquí nos referimos al término que el mismo autor usaría para definir el racismo de negros contra personas de su propio color. Es decir, es el conjunto de comportamientos por el que los negros, después de identificarse e interiorizar el racismo de los blancos, se vuelven contra los propios negros (Francoise Héirier: 2002). El esclavo (una vez liberado de las cadenas a las que había sido atado con la estructura racista construida durante siglos y después con el apartheid) busca parecerse al colono, necesita su reconocimiento, su odio, esa maldad, “no son más que una adoración de lo que pasó un tiempo atrás, el esclavo es un conservador nato” (Shiva Naiupaul: 2011).

    El mensaje que se enuncia no se desvía mucho de lo que en el norte se usa para justificar la repulsión frente a las “avalanchas de migrantes”, de hecho se justifica en estereotipos de los que alguna vez hemos escuchado hablar en Europa: “son más oscuros que nosotros, nos roban nuestros empleos, no nos respetan o son utilizados por los blancos que prefieren explotarles a ellos antes que a nosotros, evitando así los principios de discriminación positiva”, nos dice el historiador camerunés Achille Mbembe. Sin embargo, un análisis del Consorcio de Migraciones y Trabajo de Investigación, que examina el impacto de los movimientos migratorios en Sudáfrica, afirma que lo que se había dicho o reproducido hasta el momento estaba basado en mitos, cosas dichas de oído o anécdotas, ya que la población sudafricana no tenía la información suficiente para poder realizar esas afirmaciones. De hecho, a pesar del 24% de paro existente hasta el año pasado, según los datos registrados de la población activa residente en Sudáfrica en una franja de edad que va de entre 15 a 64 años, sólo un 4% son “inmigrantes de origen internacional”, entre ellos, un 79% son africanos, un 17% blancos y casi un 4% indios o asiáticos.

    La estructura racista a la que Fanon hace referencia por aquel entonces, discurso que seguiría manteniendo ante estos acontecimientos; unida al proceso de seguritación y militarización de la migración a nivel internacional que se produjo tras los ataques a las Torres Gemelas el 11-S; y a la conversión de los migrantes en chivos expiatorios de los sudafricanos negros, puede en cierta medida, explicar este tipo de acontecimientos de corte racista. Y esto sucede en la medida que los migrantes ya no son vistos sólo como una amenaza a la seguridad nacional, sino también de la personal (“el amo es mío” o “si alguien tiene que ser explotado por el amo, ese debo ser yo”, si se me permite la ironía).

    OCTUBRE ROJO O LAS MARCHAS CONTRA EL RACISMO HACIA LA MINORÍA BLANCA

    Por supuesto las movilizaciones ante estas circunstancias fueron masivas, no solo por parte de aquella parte de la sociedad negra sudafricana que condenaba los ataques o de dirigentes políticos -que llegaron a introducir una aplicación para móviles para la denuncia de actos racistas contra migrantes-; sino también por parte de la (ahora en minoría) población blanca sudafricana, que critica a sus antiguos kafires, no entendiendo como ese tipo de actos que hasta hace poco eran expresión de su presencia en Sudáfrica, pueden no ser llevados ahora solo por el hombre blanco, “habrá que volver a civilizarlos”.

    Los asesinatos de personas blancas durante los últimos dos años, algo grave frente a cualquier ser humano, o el reemplazo de la figura de Louis Botha (padre de la Unión de Sudáfrica) por una escultura de Nelson Mandela, han sido los motivos por los que se han llegado a desarrollar, en los últimos meses, marchas bajo el apelativo de “Octubre Rojo”. Estas manifestaciones declaradas en guerra contra el que ahora la minoría afrikaner denomina “apartheid negro”, se presentan como una denuncia por la opresión y violencia que, dicen ellos, se produce contra la población blanca sudafricana. ¡Qué bueno sería ver la cara de Mandela y los suyos ante esto!, “la Sudáfrica de hoy es el apartheid a la inversa”, algo que no es más que el resultado de la marginación a la que les ha arrastrado la política de discriminación positiva, llegan a afirmar algunos.

    Es cierto que la frase “la Sudáfrica de hoy es el apartheid a la inversa” es hoy una realidad en dicho país, pero no por lo mencionado en el párrafo anterior, sino por los ataques que se dieron contra población negra migrante bajo una fórmula racista tan solo renovada en quienes la ejercían. Afirmar esto por ver que pierdes tus privilegios parece una aberración. Es cierto que ha habido enfrentamientos entre estudiantes universitarios blancos y negros durante los últimos meses por ciertas reformas que se quieren llevar a cabo a nivel educativo; sin embargo, no lo es que los asesinatos de personas blancas sean masivos.

    Según el Instituto Sudafricano de Relaciones Raciales, representado por Georgina Alexander, afirma no solo que los blancos ganan más que los negros y tienen mucho menos paro, sino también que solo en un 2% de los asesinatos que se producen en Sudáfrica son ellos las víctimas (lo que no quita, insistimos en ello, que pueda y deba ser denunciado como cualquier otro tipo de asesinato). Es definitiva, que Sudáfrica tiene una estructura racista es cierto, que esto es producto de una conformación social, tal y como afirmarían los constructivistas (aquella escuela de las Relaciones Internacionales que entiende que la estructura social es una construcción basada en consensos intersubjetivos dominantes y que estas estructuras conformadas por valores e ideas influyen en el comportamiento de los sujetos) , lo es también; pero que este régimen no se puede cambiar, no lo es tanto (dirían los constructivistas), ya que existe una capacidad constante de mejora del ser humano. Ya algunos ciudadanos afirmaban recientemente: “si hemos superado el apartheid, superaremos el racismo”; esperemos que así sea.

    GUEST POST: El joven africano

    Publicado originalmente en su blog en LinkedIn por Juan Pablo Osa como parte de una serie sobre superación personal.

    Todos hemos vivido ese momento en el que toda tu vida cambia, tu manera de ver las cosas cambia, tu percepción de la realidad cambia. Pero no todos afrontamos tal momento de la misma manera. Veamos la siguiente historia de un joven africano.

    A los cinco años se fue a Europa con sus padres donde pasó casi toda su vida. De manera que toda su etapa de infancia, adolescencia y madurez la pasó en ese tan agraciado pero a la vez duro continente. Conforme fue creciendo, fue adquiriendo la manera de pensar, hablar y actuar de los europeos. Poco se acordaba de su tierra natal, pocos conocimientos tenía de su continente padre, África. Creció rodeado de europeos. Tal es así que cuando empezó el colegio, era el único africano en su aula. Los años fueron pasando y el joven africano seguía siendo alimentado de la cultura europea, olvidando cada vez más la cultura africana. Sus padres, de clase trabajadora, no tenían mucho tiempo para dedicarle, pues se levantaban muy pronto para ir a trabajar y regresaban muy tarde.

    Este joven africano, dotado de una buena condición física, se apuntó a un equipo de fútbol. Como de costumbre, y al igual que en casi todos los colectivos que frecuentaba, seguía siendo el único africano de su equipo. Por lo que desde pequeño aprendió a ser diferente y se acostumbró a ello. Nunca había jugado en ningún equipo, pero su condición física conllevó a que eso no se notase, pues en seguida empezó a destacar. Tanto destacó que en su primera temporada, acabó siendo el máximo goleador de su equipo. De pequeño aprendió que tenía condiciones suficientes para destacar en lo que haga, sea lo que sea.

    Sus padres nunca iban a verle jugar en sus partidos. De hecho, tenía que ir al entrenamiento en bicicleta, pues el lugar donde entrenaba estaba a casi una hora de su casa. Una vez terminaba de entrenar, volvía a coger la bicicleta y se ponía camino de vuelta a su casa, donde no encontraba a sus padres, porque estos estaban trabajando. Ese hecho se le hizo lo normal y habitual, por lo que se acostumbró a ver cómo los padres y familiares de sus compañeros de equipo iban a todos los entrenamientos y partidos, mientras él no podía gozar de esa oportunidad.

    Los años fueron pasando y este joven africano fue amoldando su personalidad y su carácter. Vivía rodeado de europeos, pero él no se consideraba como tal. Solía asistir a eventos familiares donde se encontraba con otros jóvenes africanos, pero sentía que tampoco se sentía al cien por cien identificado con esa comunidad, ya que no tenía casi información alguna de África. Ese hecho hizo que este joven africano adoptase su propia manera de pensar, de ser y de actuar. A pesar de todo ello, se sentía un chico afortunado. Tenía unos padres que le querían, que le alimentaban, que velaban por su seguridad y por su educación.

    Tenía muchos límites, la mayoría de ellos económicos. De manera que, como la mayoría de jóvenes africanos en Europa, tuvo que acostumbrarse a esa situación. Tuvo que acostumbrarse a ver a sus compañeros de clase traer zapatillas o ropa nueva, irse al parque de atracciones con sus padres y disfrutar de una vida plena de facilidades y necesidades cubiertas. Pero lo bueno de este joven africano es que en ningún momento recriminó a sus padres tal situación. Él sabía que ellos ya hacían demasiado trayendo un plato de comida a casa y manteniéndole bajo un techo, sano y salvo. Por lo que desde pequeño aprendió a no compararse con los demás, ya que sabía que cada uno tiene su situación personal. Fueron pasando, cada vez más, los años. Este joven africano empezó a relacionarse con otros jóvenes africanos. Veía muchos africanos mayores que él, que se quejaban de la vida que tenían. Decían que no se les respetaba y que no podían encontrar un trabajo decente.

    Conoció a muchas personas en su juventud. Muchas de esas personas eran muy populares y conseguían llamar siempre la atención fuesen donde fuesen. Él pensaba que a esas personas les iría bien durante toda su vida. ¿A quién le puede ir mal siendo tan popular? Pero con el paso de los años, fue viendo que esas mismas personas que eran las más populares de su ciudad, se iban convirtiendo en auténticas sombras de lo que fueron. Cuando el tiempo pasaba, esas personas dejaban de tener el respeto de la gente y empezaban a ser considerados como personas de no provecho, ya que lo único que les importaba era que la gente les conociese. Esas mismas personas, se arrepentían continuamente de no haber hecho algo productivo durante su juventud, pues se encontraban en una situación de fracaso profesional, económico, social y moral. Debido a ese hecho, el joven africano aprendió que lo realmente importante es ser fiel e importante para uno mismo, de manera que pase el tiempo y te mires al espejo sin sentir vergüenza ni decepción de ti mismo.

    Tanto es que aprendió eso, que este joven africano logró entrar en la Universidad. Lo cual significó un gran orgullo para sus padres, ya que él consiguió romper el ciclo. Ni sus padres, ni sus abuelos lograron ir a la Universidad, de manera que representó un antes y un después en su familia. Cuando la crisis azotó Europa entera, sus padres tuvieron que volver a su país, quedándose solo en Europa el joven africano, pues tenía que acabar sus estudios. Fue una época bonita pero a la vez dura. Bonita porque en su etapa de universitario, conoció a una gran cantidad de personas y jóvenes de otros continentes. En ellos vio otro mundo, otra manera de pensar, de actuar y de ser. Sentía que estaba en el lugar perfecto para trazar su vida, y eso le empujó a plantearse nuevas metas y objetivos en la vida.

    Llegó a sentir que las cosas le estaban yendo bien. Hasta un día. Donde todo cambió. Tenía que renovar su documento de identidad. Debido a que sus padres ya no vivían en Europa, no pudo justificar gran parte de la documentación que se le pedía. De manera que cuando entregó toda la documentación que pudo obtener, le dijeron que no era suficiente y que no le iban a renovar su documentación. Fue uno de los primeros Life Changing Moments de este joven africano. Cuando estaba volviendo a su casa, iba mirando a su alrededor. Veía a los niños jugando, pájaros volando y familias paseando con una sonrisa de oreja a oreja. Empezó a ver las cosas de una manera más detallada y profunda. Mientras caminaba, sin darse cuenta, le empezaron a caer lágrimas de los ojos. Cuando se percató de ello, miró hacia arriba, para que las lágrimas se quedasen en los ojos y la gente no se diese cuenta que estaba llorando. Fue la primera vez que este joven africano recuerda haber llorado.

    El motivo por el que empezó a llorar, fue porque por primera vez en su vida, miró hacia su futuro y lo único que veía era oscuridad. Nunca le había pasado eso. Siempre que miraba a su futuro veía muchos logros y éxitos, pero esta vez no veía más que oscuridad y sufrimiento. Cuando pasaron los días, el joven africano se dio cuenta de que ese hecho era la manera en que la vida le estaba dando una bofetada y diciéndole: “Despierta. Ya no eres un niño. Ahora eres un hombre”. De manera que, casi obligado, el joven africano tuvo que madurar antes que muchos de sus amigos.

    Así que ahí estaba él, joven, africano, viviendo sin sus padres desde hacía varios años y ahora sin documentación. Llegaron las vacas flacas y empezó a tener dificultades económicas. Sus padres no podían enviarle dinero suficiente para sus gastos. Así que su ya grave limitación económica se agravó más, metiéndose en el saco de problemas que el joven africano ya tenía de por sí. Empezó a ver que la vida no era un camino de rosas. Empezó a creer que no podría salir adelante. Empezó a pensar que su vida era una basura. Hasta el día en que experimentó otro Life Changing Moment.

    El joven africano se dirigía a la biblioteca, ya que estaba en época de exámenes. Mientras iba por la calle, no podía parar de pensar lo mal que le iban las cosas y lo dura que era su vida. Antes de ir a la biblioteca, pasó por un supermercado para comprarse una botella de agua. Mientras se acercaba a la puerta del supermercado, vio que había una mujer enfrente de la puerta. Esa mujer estaba pidiendo dinero y/o comida. Pero la gente no le hacía caso. El joven africano prestó especial atención a la escena. Cuando llegó a la puerta, se dio cuenta que se trataba de una mujer no muy mayor, de poco más de unos treinta años. También se dio cuenta de que a la mujer le daba vergüenza pedir. No se dirigía directamente a la gente para que le diesen dinero, sino que con una mirada tímida intentaba que la otra persona conectase con ella y le dedicase al menos unos segundos de su tiempo para ayudarla. El joven africano, entró en el supermercado, cogió su botella de agua y se dirigió a la caja. Una vez en la caja echó un vistazo a la puerta y vio que la mujer seguía pidiendo. Pero, al igual que antes, para el resto de la gente era invisible, como que no existía. De manera que el joven africano salió de la caja, cogió un carrito de compra y lo llenó de comida. Volvió a la caja, pagó y salió del supermercado. Nada más salir, se encontró frente a frente con la mujer. Con su botella de agua en la mano izquierda y la bolsa llena de comida en la mano derecha, se acercó a la mujer y con un gesto de “tranquila, te veo, no estás sola”, extendió su mano derecha hacia ella. Sin intermediar ninguna palabra el uno con el otro, la mujer cogió la bolsa. El joven africano se marchó y la dejó a sus espaldas. Antes de girar la esquina, el joven africano miró atrás. Vio cómo la mujer abría la bolsa de comida, cómo se volvió a él y con la cabeza y una sonrisa le mostró un gesto de gratitud. Ese momento, se quedó grabado en la retina del joven africano. Fue la primera vez que veía sonreir a la mujer. Esa sonrisa alumbró toda la cara de la mujer y seguidamente conllevó que el joven africano encontrase paz en su interior. De manera que se dijo a sí mismo: “Yo estoy aquí quejándome de que tengo una vida dura, que los exámenes me estresan, que no me envían suficiente dinero, y bla bla bla. Pero esta mujer se levanta todos y cada uno de los días para llevarse algo de comer a la boca. Cada persona que pasa a su lado es una oportunidad que ella tiene de conseguir su objetivo y a pesar de que muchas personas le digan que no o que directamente no le hagan caso, ahí sigue ella, intentándolo una vez tras otra”.

    El joven africano, se dio cuenta que tendía a maximizar los problemas. Después de ver esa escena, no podía seguir diciéndose que su vida era dura. Por lo que aprendió a relativizar todos los problemas que tuvo en su vida, desde ese día. El tiempo fue pasando y, después de todo el sufrimiento por el que tuvo que pasar, el joven africano acabó su carrera. A la hora de hacer las prácticas profesionales, que su titulación le exigía, lo hizo tan bien y con tanta eficacia que consiguió asombrar a todos en su empresa. Consiguió posicionarse como un referente en su empresa, y lo más importante, consiguió que le ofreciesen un contrato. Pudo independizarse, empezar a ayudar económicamente a sus padres y, algo muy importante, podía mirarse al espejo y no sentir ni vergüenza ni pena de sí mismo.

    Pero todo esto no fue fácil de conseguir para él. El joven africano tuvo que pasar por una serie de etapas en su vida, que le hicieron llegar donde está hoy en día. Ahora mira atrás y agradece haber pasado por todas esas situaciones y etapas de su vida. Ser el único africano en los distintos colectivos donde estuvo en su infancia, le ayudó a aprender que ser diferente a veces puede ayudarte a desmarcarte de la mayoría y puede acabar siendo una buena oportunidad para destacar. De sus años jugando a fútbol aprendió que, a pesar de ser diferente, uno siempre tiene condiciones suficientes para destacar y sobresalir. De la etapa de niñez donde no podía disponer de lo mismo que sus compañeros, aprendió que nunca se tenía que comparar con nadie para valorarse a sí mismo, pues el tiempo le enseñó que cada uno tiene su historia. De la escena en el supermercado con la mujer, aprendió a relativizar sus problemas, de manera que no supusiesen un obstáculo en su camino al éxito. Pero si hay algo que aprendió y le llena de orgullo es que siguió siendo fiel a sí mismo y a sus principios, lo cual le ayudó a mantener su esencia y a no ser una copia barata de nadie, ya que la mejor copia que podía ser era de sí mismo.

    De manera que ahí está ese joven africano, destacando en Europa, a pesar de que de pequeño escuchaba a muchos africanos decir que es imposible tener éxito en Europa. Una vez más, vemos en la historia del joven africano que todas las barreras, muros, miedos etc.., que nos ponemos nosotros mismos pueden derrumbarse si cambiamos la manera de pensar, de ver las cosas, de vernos a nosotros mismos. Vemos que todo sufrimiento, dolor y espera por los que hemos pasado en nuestras vidas, tienen luego su recompensa si seguimos intentando avanzar (recordemos a la mujer del supermercado).

    Con esto aprendemos que la vida va por etapas. Hay etapas buenas y etapas menos buenas, pero mientras tengamos bien aprendidas las lecciones que este joven africano aprendió a lo largo de su vida, cada una de esas etapas será simplemente una escalera hacia nuestro éxito personal.

    Yo soy ese joven africano. ¿Y tú?

    Orígenes africanos de la Administración

    Durante miles de años en la Antigüedad clásica el Imperio Egipcio fue la potencia dominante en el Mediterráneo, mucho más avanzada tecnológica y culturalmente que los pueblos vecinos. La figura del escriba es fundamental para entender esta superioridad: era una profesión creada específicamente para ayudar a manejar la complejidad del sistema económico. Los escribas eran capaces de resolver los más complicados retos de gestión del Imperio.

    Los antecedentes de la industria de Management Consulting suelen explicarse en relación con la de auditoría, que tiene sus raíces en la ingeniería industrial y la ciencia contable estadounidenses de la segunda mitad del siglo XIX. La práctica de contratar los servicios de consultores para optimizar el desempeño de las grandes corporaciones empresariales se establece cuando el taylorismo (método de organización industrial postulado por Frederick Winslow Taylor, economista e ingeniero estadounidense) revoluciona el enfoque de la gestión a principios del siglo XX con su estudio científico del trabajo. Pero las funciones que los ingenieros y consultores iban a desempeñar en la sociedad no eran nuevas. Examinar el origen histórico de la disciplina de Administración en Occidente nos conduce hasta el gran desarrollo que tuvo en el Antiguo Egipto. Su influencia civilizatoria revolucionó para siempre la difusión del conocimiento a través de los fenicios, intermediarios que abrieron un mercado internacional de papiros egipcios.

    Los antiguos griegos describían a los egipcios como sus maestros. Durante miles de años, el Imperio Egipcio había tenido una hegemonía incuestionable entre los pueblos del Mediterráneo gracias a su superioridad organizativa. Encontramos invariablemente la figura del escriba en todas las esferas de actividad importantes (granjas, talleres, ejército, templos o departamentos administrativos). Sus capacidades para leer y escribir eran sólo un aspecto de una profesión que era considerada un privilegio sólo al servicio de la clase dirigente y de los dioses. Eran consejeros del emperador, de los dignatarios y de los sacerdotes. Los escribas eran poderosos y respetados, de manera que los altos funcionarios egipcios a menudo elegían ser representados en una humilde pose de escriba en las estatuas. Era un cuerpo profesional capacitado para el pensamiento analítico, la planificación, las matemáticas, la crónica histórica, la comunicación institucional y la toma de decisiones de gestión.

    En la sociedad más avanzada de la Antigüedad surgió la necesidad de escribas que ayudasen a manejar la complejidad del Estado en la organización de cada vez mayores proyectos. Para los escribas, la suya era la más gloriosa de las profesiones puesto que organizaban la monumental construcción, inscripciones y jeroglíficos, la producción, la logística, las unidades del ejército y las políticas fiscales. Un escriba de elevado rango se podía convertir en una de las personalidades más poderosas e influyentes del Imperio, y hasta en la primera autoridad del Estado después del faraón. Acceder a la profesión de escriba era muy complicado y primero era necesario costear unos estudios en la escuela de escribas, no al alcance de cualquiera.

    Las grandes consultoras crecieron durante el siglo XX reclutando en las mejores universidades y escuelas de negocios de los Estados Unidos y Europa. En sus periodos de apogeo durante el siglo XX, los líderes de la industria de la consultoría consideraban también que su trabajo era el mejor del mundo. Eran los arquitectos de la globalización empresarial. Tenían asignaciones de gran prestigio como organizar la expansión de las compañías multinacionales, asesorar en la creación de la NASA, reorganizar la Casa Blanca y la Administración Federal de los Estados Unidos, reconstruir la Europa corporativa tras la Segunda Guerra Mundial, o guiar la transición de Rusia hacia una economía de mercado tras la caída de la URSS.

    En el Antiguo Egipto se confiaba en los escribas para mejorar la organización de todos los procesos de producción. Los registros que mantenían los escribas permitían mejorar la eficiencia asegurando la continuidad y la mejora de las actividades económicas, del mismo modo que posteriormente harían los contables y los ingenieros en la industria de la consultoría para las corporaciones. Al fin y al cabo, la expansión del capitalismo estadounidense en el siglo XX ha sido frecuentemente comparada con una expansión imperial, y las grandes consultoras han tenido un papel muy importante en su articulación global. Junto con los ingenieros, los sumos sacerdotes y los dignatarios más cualificados, los escribas constituían la “intelligentsia” del Antiguo Egipto y ocupaban un lugar destacado en la escala social, gozando de gran reconocimiento. Liberados del trabajo físico, los escribas cuidaban mucho su aspecto exterior y su indumentaria.

    Los escribas eran muy conscientes de su alto estatus profesional y guardaban celosamente sus secretos. Eran consejeros que daban las mejores recomendaciones, controlaban los resultados y registraban los datos relevantes. Otros trabajadores acudían a ellos para obtener ayuda de todo tipo, desde negociar contratos legales hasta simplemente redactar cartas. Finalmente, el trabajo de los escribas tenía las mismas características con las que se forjó la profesión de consultor de gestión: eran reconocidos por ser trabajadores incansables, pacientes y organizadores eficientes de complejas operaciones en el día a día de la sociedad. Constituían una red de profesionales bien formados que contribuyeron al avance de su cultura en la Antigüedad clásica para civilizar todo el Mediterráneo. La historia de la humanidad está en deuda con ellos por haber contribuido a dejar abundante documentación, desde informes rutinarios hasta textos de gran poder explicativo.