Derechos culturales de la población negra en España (II)

En muchos países del mundo, durante las últimas décadas, el debate sobre la discriminación racial ha acabado convertido en un debate sobre la introducción o no de políticas de acción positiva. Si bien en España podría ser legítimo exigir una asignación de recursos diferenciada, la incapacidad tradicional de la sociedad civil negra y del Estado para coordinarse en esto provoca que las políticas de la diferencia se gestionen de forma elitista y antidemocrática.

Este segundo análisis sirvió para completar el informe en cuanto al estado del Decenio Afrodescendiente en España aportado a la reunión en Noviembre de 2017 de la Oficina del Alto Comisionado para los Derechos Humanos (OHCHR)

  Descargar informe principal para Naciones Unidas – Abril 2016

He colaborado con movimientos por la igualdad racial desde 2007 a partir de haberme involucrado profesionalmente en proyectos de Desarrollo Humano y TICs (Tecnologías de la Información y de la Comunicación) como Experto en Misión del Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo, con el proyecto de los Objetivos de Desarrollo del Milenio (ODMs). Los ODMs trataban de coordinar las políticas de cooperación internacional en todo el mundo con 8 grandes objetivos de desarrollo a alcanzar en el año 2015. Había objetivos y programas sobre pobreza, educación, igualdad de género, salud y medio ambiente, pero no sobre racismo ni sobre discriminación étnica, y sigue sin haberlos en su versión actualizada de los Objetivos de Desarrollo Sostenible a alcanzar en 2030. Debido al empuje de los movimientos negros, algunos gobiernos latinoamericanos han aprobado leyes de igualdad racial con medidas de acción positiva a semejanza de Estados Unidos. Pero tal modelo ha entrado en crisis por un efecto no esperado de reactivar movimientos identitarios blancos y aumentar el racismo.

Me interesé por estas problemáticas no atendidas por los ODMs desde un enfoque estratégico que plantea la desigualdad racial fundamentalmente como un problema cultural y de educación, por tanto pedí que se me asignase como colaborador en la estructura de la UNESCO en España. Así, desde el año 2009 he colaborado como consultor de la red de la UNESCO para Estudios Afroiberoamericanos, que es una estructura de las Naciones Unidas fundada en 1994 para la Educación y la Cultura en el área de Estudios Africanos. Mi misión no ha sido solamente contribuir a impulsar estos estudios, sino también analizar el avance en Europa, África y Américas de las actividades, organizaciones y movimientos sociales relacionados con los afrodescendientes, e intentar contribuir al cumplimiento de los compromisos internacionales en materia de diversidad cultural y en la erradicación de prejuicios raciales y estereotipos. En este periodo he ganado experiencia también como consultor empresarial de estrategia, que he podido aplicar en las industrias culturales de raíz africana. Esto ha ayudado en el análisis de situación sobre los retos de África, ya que plantear proyectos de este tipo exige un amplio análisis de macroentorno.

Al intentar entender la desigualdad racial y el desarrollo comunitario de la población negra en España, es imperativo atender a los aspectos históricos y culturales involucrados. Con motivo de un informe sobre racismo para Naciones Unidas del año pasado, hicimos en un análisis anterior una retrospectiva sobre derechos culturales de la población negra. Vamos a examinar ahora cómo la dinámica puesta en marcha entre el Estado y el colectivo afrodescendiente está resultando improductiva y va en contra contra de los intereses generales de la sociedad civil negra, porque crea nuevas desigualdades a través de una cortoplacista e ineficiente cultura del empoderamiento que funciona apenas a través de la comunicación y las relaciones públicas. Pretendo aquí hacer una descripción del proceso por el que esto se ha producido desde el comienzo de la democracia hasta el momento actual, y de cómo se ha ido intensificando recientemente debido a unas políticas identitarias que ya han fracasado en otros países pero se siguen intentando importar a España. Los términos población negra y afrodescendiente son utilizados aquí indistintamente.

EL DECENIO INTERNACIONAL AFRODESCENDIENTE: ¿ALGO QUE CELEBRAR?

Reconocimiento, Justicia y Desarrollo. Sobre estos tres principios descansan la armonía de derechos y deberes internacionales en las celebraciones en 2011 del Año Internacional de los Afrodescendientes de la UNESCO y del Decenio Internacional para los Afrodescendientes que celebran las Naciones Unidas entre 2015 y 2024. Desde este evento del Decenio se insta a los Estados a adoptar medidas en la erradicación del “racismo, la discriminación racial, la xenofobia y las formas conexas de intolerancia”. El fundamento de las políticas correctoras que se pusieron en marcha en Estados Unidos fueron los estudios estadísticos en censos de población con categorías de grupo racial. El PNUD adaptó estas políticas en América Latina para suplir esta carencia de los ODMs, constatando que los afrolatinos sufren un atraso estructural en materias como igualdad, educación, empleo, ingresos, salud, esperanza de vida o exposición a la violencia como también sufren los afroamericanos estadounidenses.

En España no han existido estudios estadísticos de población o sobre Desarrollo Humano desglosados por grupo racial, por lo que el Estado desconoce las necesidades de intervención social en cuanto a minorías raciales. Debido a esta ausencia de datos y a la gran fragmentación sociopolítica de la población afrodescendiente en el país, resulta muy complejo articular sus demandas. El estereotipo dominante hasta el momento en la sociedad ha sido que no se puede ser negro y español, y cuando se puede siempre es con algún “pero” (“pero de dónde vienes”, “pero cuál es tu origen”, etc.) que discrimina a los individuos por su raza en contradicción con la letra y el espíritu de la Constitución Española de 1978. Como elemento coadyuvante, este discurso ha sido interiorizado por muchos migrantes que educan a sus hijos nacidos en España para crecer en su propio país considerándose extranjeros. Todo esto ha contribuido a una brecha de derechos y aquí es donde cobran importancia las reivindicaciones de los afrodescendientes españoles, que se han proyectado públicamente con escaso impacto hasta la fecha.

Falta un Reconocimiento de la población negra por parte de la sociedad y del Estado. Cuando se intenta caracterizar esta población, se hace a través de la autodenominada comunidad afroespañola, que es un eufemismo para describir una profusión de grupos de la diáspora africana presentes en la esfera pública del país por medio de algún proyecto o actividad. Las dificultades de esta representación estriban en que coexisten con profundas divergencias sobre su identidad cultural y sobre cómo aplicar conceptos básicos relacionados con la cuestión racial dentro del propio colectivo, además de una preocupante falta de acuerdo sobre qué estrategias y acciones concretas seguir contra el racismo que dicen combatir. Casi invariablemente, estos grupos toman direcciones muy rígidas a favor de una determinada visión ideológica de la política y la sociedad (típicamente la neoliberal, la neocomunista, la panafricanista o combinaciones entre estas) que no son acordadas ni compartidas con el resto de la población negra ni con la sociedad española en general. Tal comunidad en realidad es una comunidad de intereses que supone solamente una fracción minúscula de la población afrodescendiente total en España, estimada en el entorno de 1.200.000 personas pero que no es posible contabilizar oficialmente. Se denuncia la falta de un censo racial en el que anónima y voluntariamente pudiesen autodesignarse.

Falta Justicia, con un proceso de participación más inclusivo y equilibrado. El sistema de empoderamiento puesto en práctica en otros lugares es muy difícil de aplicar porque el contexto español no se presta a ello; las mayorías son importantes y los afrodescendientes con plenos derechos de ciudadanía son un grupo demasiado reducido de población como para visibilizar sus demandas por canales convencionales. Como consecuencia de la escasez de convocatorias públicas para proyectos o de la dificultad para superarlas, los grupos frecuentemente se organizan para conectarse a redes de influencia y superar estas carencias por medio de apoyos institucionales, lo cual genera clientelismo por parte de los que asignan los recursos. No se ponen en marcha proyectos nacionales, en parte por falta de políticas y en parte por falta de capacidad de estos grupos en el mundo del asociacionismo, la política, etc. Y a estos grupos les resulta más rentable no buscar alianzas entre sí, ya que en realidad están compitiendo por obtener apoyos externos y por llevarse el mérito de determinados logros, con lo que se generan parálisis a la hora de avanzar colectivamente y endogamia organizacional generalizadas. Toda la causa social por la igualdad pierde su sentido por un uso personalista que se hace de los recursos disponibles y porque no se cumple con una igualdad de oportunidades para todos los aspirantes.

Falta también Desarrollo por no obtenerse una distribución justa de los beneficios de las iniciativas sociales. Para cumplir con sus obligaciones internacionales, el Estado debería establecer una asignación de recursos diferenciada para el desarrollo de la población negra en España. Progresar en ello requeriría trabajar por unos objetivos concretos determinados, pero las organizaciones involucradas en afrodescendencia son poco o nada transparentes al respecto porque generalmente no saben utilizar marcos de estrategia ni indicadores de impacto social, y no saben ni pueden medir los resultados de sus acciones. Además esto empeora porque, como muchos de los grupos involucrados en la erradicación del racismo han aprendido a trabajar con un enfoque de comunicación (de sus propias actividades) y no de políticas públicas, no se tiene ninguna prueba de impacto efectivo en la base social pero sí de efectos contraproducentes en cuanto a lucha contra el racismo. El énfasis excesivo en la función de comunicación ha ido creando así un sector protegido de eventos y relaciones públicas abigarrados alrededor de las instituciones, que finalmente niega la financiación y los recursos públicos existentes a enfoques más correctos. Todo esto opera como un espejismo en contra de que, desde el Estado, se invierta seriamente en iniciativas para mejorar la calidad de vida del conjunto de la población negra.

Según las recomendaciones de Naciones Unidas y nuestro propio criterio, el Estado debería enfocar los apoyos públicos a buscar impactos positivos medibles sobre el conjunto de la población negra y la sociedad en general. El problema es que la base de la metodología del PNUD para el desarrollo de políticas de igualdad racial era el establecimiento de censos raciales, pero estos se plantearon en contextos sociales muy diferentes al español y falta aún un análisis específico sobre España con la suficiente profundidad. Primero habría que tomar la propia realidad de la población negra en el territorio como punto de partida, como examinamos con las estrategias comunitarias de construcción de identidad. Este enfoque nos explica por qué la mera comunicación no puede atender a los problemas si no hay previamente un diseño y aplicación de políticas públicas. Pero pese a que la historia y el rescate de la tradición local son la fuerza principal detrás del desarrollo comunitario en todo el mundo, apenas existen menciones a la raíz africana de la cultura española entre las iniciativas que se están impulsando. Y el legado cultural africano en nuestro país en el intercambio con África debería ser un activo a cuidar, puesto que el territorio español tiene una de las historias de diáspora más interesantes del mundo.

Son necesarios más apoyos y recursos, pero sería más importante aún colocarse en una dirección correcta de políticas públicas, reconociendo la diversidad racial del país en la cultura y la historia. Para ello, España debería hacer un mayor esfuerzo por reconocer su propia diversidad, reconociendo a los españoles negros como a otras minorías estructurales que nuestra democracia reconoce (la comunidad gitana, la comunidad judía, la comunidad musulmana, los vascos, los catalanes, etc.) y asignando nuevos recursos para educación y cultura en la lucha contra el racismo. Pero las desigualdades de raza siguen sin solucionarse y a la vez se ha creado un nuevo eje de desigualdad entre afrodescendientes subvencionados (“a dedo” en una carrera por visibilizarse) y no subvencionados. Por tanto, la dinámica actual resulta antidemocrática por definición y además perjudica los intereses colectivos porque crea nuevas desigualdades. Si el oportunismo y las soluciones demagógicas continúan proliferando, desaparecerá cualquier atisbo de posibilidad de avanzar durante los próximos años en la igualdad de oportunidades efectiva con el resto de la sociedad y también entre afrodescendientes.

DIFICULTADES PARA LA PLANIFICACIÓN DE POLÍTICAS PÚBLICAS

Hasta ahora no está en la agenda del Estado atender a la desigualdad racial como sí lo ha estado atender a las desigualdades de género, orientación sexual y discapacidad. Formar ciudadanos que sepan enfrentar de manera eficiente y democrática los retos de un mundo global implica saber manejar una creciente diversidad, pero los prejuicios y estereotipos siguen siendo una forma rápida y cómoda para el ser humano de economizar esfuerzos. En lugar de entender esta diversidad y tratarla como una riqueza en la cultura del país, los medios de comunicación y la producción cultural en los 40 años de democracia española han preferido retratar a los ciudadanos no blancos como extranjeros y de una manera estereotipada. Desde el propio Estado se ha difundido la idea de que la diversidad racial es ajena a la nación por naturaleza, cuando en realidad se trata del desconocimiento de la propia historia y de la larga tradición de falta de respeto a las minorías raciales por parte de las instituciones. El término afroespañolidad es una etiqueta para denominar el ser de la sociedad civil negra en España, que ha reaccionado ante estas situaciones de agravio comparativo con un proceso de reconstrucción de su identidad en unos nuevos términos.

Los problemas de racismo son de interés general y su erradicación una labor de toda la sociedad, pero hasta ahora en España no se han creado políticas públicas efectivas para combatir las desigualdades a las que se enfrentan las minorías raciales. Un censo por grupos raciales será muy difícil de aplicar porque el contexto no se presta a ello; por la forma de vida de los españoles, el pequeño tamaño de la población negra española y la tradición legislativa, el país probablemente se resistirá a aplicar una versión de los censos como se han aplicado en las Américas, pero también por los cuestionables resultados que recientemente han hecho entrar el modelo en crisis. En Europa no se debate sobre raza como en las Américas porque aún resuenan los efectos de las guerras del nacionalismo étnico y está por resolver el rompecabezas racial y religioso que ha dejado la entrada en crisis también de modelos como el de asimilación francés o el multicultural holandés. Junto a esto, un segmento de la población en España considera a las personas no blancas como una amenaza para la identidad y el bienestar nacionales; consideración frecuentemente disfrazada de bromas racistas, que hacen reír a mucha gente pero que tienen un efecto muy dañino en la vida cotidiana de las personas, sobre todo de niños y jóvenes, creando el caldo de cultivo de las versiones más radicales de la lucha anti-racista.

El lenguaje que se utiliza influye mucho en la forma que se percibe el mundo y manejarlo bien es sin duda parte de las soluciones en la erradicación del racismo. Sin embargo, aquellos grupos con mayor visibilidad social entre la minoría negra, en las pocas oportunidades reales que tienen de dirigirse a la opinión pública del país, no presentan un discurso que pueda conectar con un público más allá de su entorno y los ya convencidos. Sus mensajes son más bien concebidos para consumo interno en una profusión de eventos inconexos como charlas inspiracionales, conferencias, ceremonias, premios, homenajes, encuentros con personajes célebres, manifestaciones, etc. en los que el público suele dejarse llevar por la excitación que provoca la denuncia del racismo, la exaltación de la negritud o el sentimiento de pertenencia al grupo. Con los escasos apoyos oficiales que se conceden, que suelen ser gestionados por personas o entidades no afrodescendientes dentro del establishment institucional, se diseñan iniciativas según la particular manera que tengan algunas de estas personas de entender las necesidades vitales de la población negra.

La mayoría de iniciativas afrodescendientes necesitan encajarse en variopintas agendas institucionales con prioridades distintas a las de los programas aprobados en Naciones Unidas, generalmente las de organizaciones sociales o culturales, lo cual crea descoordinación y falta de alineamiento. De ahí la necesidad de espacios que intenten dirigir la atención sobre las cuestiones que afectan a la población negra. En lo personal, agradezco que me hayan llamado a algunos de estos foros en España y en el extranjero. Entre algunos asistentes nos hemos escuchado con atención conversando sobre determinadas cuestiones, y ha existido un intercambio de contactos que podría haber producido colaboraciones profesionales interesantes en otro contexto, pero la posibilidad de trabajar por objetivos estratégicos desaparece al soslayarse cualquier reivindicación de ámbito general en favor de enfoques excesivamente personalistas. No es mi intención descalificar a las personas que gestionan tales proyectos (yo mismo me puedo incluir en estas críticas) sino analizar el comportamiento de este sistema, describir cómo excluye otros enfoques más efectivos y denunciar la ausencia de mecanismos democráticos con la anti-política puesta en marcha en esta materia, que merece ser conocida por el conjunto de la sociedad porque es objeto de mucha controversia dentro de la propia sociedad civil negra.

El desarrollo de proyectos sin encaje en verdaderos planes estratégicos de las Administraciones provoca que el reparto de recursos públicos y oportunidades de representación sean monopolizados solamente por un pequeño grupo de personas escogidas arbitrariamente, que deciden actividades en áreas profesionales en las que pueden desenvolverse. Así, casi todas estas iniciativas se encuadran en el área de relaciones públicas y organización de eventos (que cuánto más lúdicos y folclóricos sean, más apoyos reciben). Se suelen dedicar los esfuerzos públicos para la afrodescendencia a contentar a una minoría con una serie de actividades de propaganda y encuentros, con escasos o nulos resultados en términos de objetivos reales para la erradicación del racismo. Esto funciona como propaganda porque no existe correspondencia entre gran parte de lo que se pretende comunicar y la realidad; como no se miden ni controlan índices socioeconómicos de la población negra y se desconoce el impacto social de los proyectos de empoderamiento sobre el conjunto de la misma, es posible justificar el apoyo de acciones que son irrelevantes al amparo de la arbitrariedad o de la disparidad de criterios sobre las que se sustentan de forma cambiante. La situación evoluciona de una manera ineficiente e ineficaz, en prácticamente todos los ámbitos donde se ponen en marcha este tipo de iniciativas.

La ineficiencia de la dinámica general está en que los grandes problemas siguen sin solución pero, al mismo tiempo, la aplicación al desarrollo comunitario de esquemas de trabajo más bien ideados para publicistas ha generado una carrera por la visibilización con un nuevo eje de desigualdad en función de si se obtienen apoyos públicos o no en tal carrera. Se ha perdido totalmente de vista la reivindicación de fondo y esta falsa prioridad de visibilizarse cada vez más se coloca continuamente como excusa para buscar notoriedad y por delante de las demás consideraciones, centrando la acción social en organizar encuentros sin ningún trabajo comunitario real ni objetivo en común de fondo. Se acaban convirtiendo en una especie de continuo concurso sin convocatoria pública entre proyectos o personas particulares, en detrimento del análisis en profundidad de los problemas sociales existentes y unas verdaderas propuestas de solución. Esto tiene un alto coste de oportunidad al no dedicarse el tiempo y los recursos a trabajar sobre soluciones reales. Es a la población blanca a la que también hay que interpelar, pero no hay un diseño de políticas en materia de igualdad racial que alcancen a la ciudadanía por parte del Estado ni se articulan propuestas seriamente desde la sociedad civil.

La ineficacia reside en que esta dinámica no ofrece respuestas sobre qué beneficios generales tiene sobre la población negra en el país o cómo ayuda a mejorar su calidad de vida. Se entiende así que muchos de los involucrados digan esperar la emergencia de un futuro líder, porque en general no perciben que el problema no es el carisma o los conocimientos personales sino la lógica de funcionamiento de la propia comunidad en la que se encuentran, cuya apuesta por el momento es continuar haciendo eventos, manifestaciones y campañas sin trascendencia social más allá de su propio ecosistema de grupos y algún público ocasional. Estos espacios no son un escenario adecuado para la reflexión y la planificación ni para debates sobre problemáticas complejas que afectan a las leyes, la acción social, la economía y muchas otras áreas de política pública. Quienes esperen ver avances sociales a raíz de este tipo de acciones se verán frustrados; por su lado, quienes acuden principalmente buscando beneficios psicológicos de pertenencia a un grupo se ven recompensados y esto actúa realimentando la situación.

PROBLEMAS DE IDENTIDAD, GUERRA CULTURAL Y EFECTOS NO DESEADOS

Con todo, una incipiente industria de eventos se ha abierto camino entre la falta de igualdad de oportunidades y una fiera competencia a lo largo de los años por dirigir la visibilización del colectivo y monopolizar los apoyos; esto se ha unido a la tradicional tendencia en España entre grupos de activistas afrodescendientes de importar diferentes corrientes del panafricanismo o el identitarismo de las Américas. El enfoque de gestión cultural dominante de este activismo es el de comunicación pública a través de retóricas identitarias, atrayendo para ello a un sector minoritario, hipersensible y exageradamente ideologizado, que se presenta como pueblo oprimido junto con los migrantes africanos y en ocasiones agita a la ultraderecha. Su discurso pretende comunicar a la sociedad conceptos que son ya hegemónicos dentro de su élite cultural, pero esto se transforma muchas veces en el discurso de los fácilmente ofendidos, disfrazados de luchadores por los derechos pero utilizando al resto de la población negra de forma instrumental para favorecer su visión particular o progresar personalmente. Los movimientos etnocentristas identitarios tienen también el problema de lo fácilmente que derivan hacia el racismo; de hecho el primer movimiento identitario que surgió en los Estados Unidos fue el Ku Klux Klan.

Estos movimientos se enfrentan entre sí con una dinámica de acción-reacción y más acción. Los eventos y manifestaciones están actuando en esta situación sobre el fuerte sentimiento de pertenencia a un grupo que tienen algunas personas por las de su misma raza a la hora de confraternizar, pero en un sentido tal que presiona para que confíen en hacer más de esos encuentros como manera de ir encontrando soluciones a sus problemas. En cuanto a los contenidos, en España gran parte de lo que se escucha sobre la lucha contra el racismo en este ambiente se queda en una pose porque no hay una metodología ni una continuidad en el trabajo colectivo por detrás de su discurso. Racionalmente no se entiende ninguna de las explicaciones sostenidas sobre cómo este enfoque de comunicación empodera a otros afrodescendientes que no lo practiquen también. Además, al intentar copiar el modelo americano, no se entiende cómo aplicarlo en una realidad histórica y sociológica totalmente diferente; para empeorar la situación, el identitarismo ha tenido un efecto muy contraproducente en los conflictos raciales por el aumento del supremacismo blanco y la xenofobia, según se desprende de los estudios sociológicos sobre el resultado electoral del Brexit en Reino Unido y de la victoria de Donald Trump en Estados Unidos. Cuando las políticas de acción positiva se han mezclado con el identitarismo han acabado favoreciendo la expresión electoral del racismo, que recientemente ha surgido como reacción en las redes sociales y en sitios web.

Una mayoría de personas, negras o de otras razas, que se aproxima al entorno del activismo negro no entiende ni comparte la ideología identitaria, que se pretende difundir en un contexto muy inadecuado como el español, por lo que acaban por no volver. Se va produciendo mayor endogamia y sectarismo dentro de un núcleo que, para mantenerse como tal, necesita una frenética actividad de publicidad sobre sí mismo. Como esto se pone además al servicio de un planteamiento ideológico determinado, suele haber un elitismo cultural que considera su deber lanzar constantes debates morales no sólo contra los racistas sino también en contra de los indiferentes o los ignorantes, a los que desprecia, y de los disidentes, a los que acusa de complicidad con la sociedad racista. Esta dinámica sólo consigue infantilizar aún más la imagen pública de los afrodescendientes en España. Como el país no tiene barrios negros en las ciudades ni una clase empresarial negra, la representación a través de líderes de la comunidad que intenta imitar a otros países no despega porque no funciona bien en la estructura de esta base social. En tal contexto se produce además una llamada a la guerra cultural, sobre todo en forma de cruzada mediática y semántica en Internet.

Como el lenguaje resulta demasiado ideológico y contraintuitivo para el resto de los españoles e incluso para los africanos (bastante gente percibe a algunos líderes o caras visibles del activismo como racistas negros por su retórica identitaria) necesita de un flujo continuo de campañas de explicaciones con debates y esta lógica acaba derivando en muchas ocasiones en un mayor sectarismo. Según los expertos consultados, es urgente salir del amateurismo y el cortoplacismo para adquirir experiencia en el mundo de la organización moderna y la gestión de proyectos, pero la mayoría de las iniciativas se gestan en entornos demasiado cerrados y poco profesionalizados, sin control ni coordinación con las metodologías para la ejecución de programas adecuados para la erradicación del racismo. Y el riesgo de lanzar guerras culturales sin tener en cuenta el contexto (con el surgimiento actualmente de la nueva derecha o del hombre blanco enfadado que ha ganado en el Brexit y después con Trump) es que pueden perderse simplemente con que el adversario, que es mucho más numeroso, difunda otro relato contrario; esto el activismo negro se lo está dejando muy fácil a los movimientos racistas y a los que critican todo aquello que pueda parecerles discriminación positiva.

Todo esto parece funcionar más como un gran ritual para conjurar miedos compartidos que como parte de un verdadero programa de acción contra el racismo. Para combatir la discriminación mediante la defensa de sus derechos culturales, los afrodescendientes españoles deberían establecer una estrategia eficaz para conseguir apoyos públicos y poder financiar un programa cultural propio. No debería ocurrir que, cada vez que un colectivo pretenda defender sus derechos, sea imperativo que organice más asociaciones y grupos de interés privados porque no existen unas vías convencionales para conseguirlo; lo prioritario deberían ser los compromisos reales en las políticas del Estado a largo plazo por parte de responsables de las Administraciones y sociedad civil. España ha tenido en el pasado una larga tradición de racismo institucional y fue el imperio que inició la trata de esclavos junto con Portugal, por lo que sería deseable que fuese un país que desarrollase mejores políticas públicas para combatir el racismo. Pero mientras el Estado no actúe y una comunidad que se considera clave en tal proceso siga discutiendo en círculo sobre una multitud de asuntos sin priorizar o celebrando debates identitarios, la problemática de discriminación no se solucionará y muy posiblemente empeorará debido a tendencias como el cambio climático, las migraciones de refugiados y el ascenso internacional del racismo.

La nación española ha sido hostil con sus minorías raciales y étnicas durante buena parte de su historia, pero también aparece consistentemente en las estadísticas de Eurostat como el país menos racista de Europa en la actualidad. Esto no quiere decir que no haya que trabajar en los graves problemas de racismo, pero tampoco tiene sentido definir hoy a los españoles como un pueblo opresor. En cualquier caso y debido a los muy diferentes contextos, no parece que el modelo de las Américas sea un modelo a importar y sería necesario un esfuerzo de estrategia totalmente renovado. En palabras de un histórico activista negro: “primero habría que desmantelarlo todo, para empezarlo otra vez desde cero de una manera democrática”. Mientras tanto, los tímidos avances en materia de igualdad racial en España, los que afectan en general a la población, se producen principalmente por la fuerza de los cambios demográficos, como cabía esperar. Por ejemplo, las empresas comienzan a incorporar mayor diversidad racial en su publicidad en España porque hijos de los migrantes llegados en los 90 de todas las razas empiezan a llegar a la edad adulta, pasando a formar parte de la clase consumidora. Pero el motor de este cambio no ha sido concienciar a todas esas empresas (lo cual puede ayudar puntualmente) sino los cambios en la base social, y es ahí donde reside también toda posibilidad de diseñar o aplicar políticas públicas de diversidad.

EL DESPLOME DE LA PRODUCTIVIDAD

La prioridad en la mayoría de proyectos afrodescendientes hasta hoy es conseguir justificar su acción y los apoyos que reciben mediante un continuo flujo de comunicaciones públicas. Sin embargo, existen estudios de ámbito global que demuestran que el impacto social efectivo de este tipo de prácticas resulta casi nulo o incluso negativo. Publicar en las redes sociales lo que ha sucedido o sucederá en un evento de relaciones públicas no va a aumentar los niveles generales de bienestar de la población negra no asistente al mismo. Pero la actividad principal de estas iniciativas afrodescendientes de empoderamiento que se están promoviendo es una sucesión de anuncios, premios, presentaciones, manifestaciones y charlas inspiracionales que visibilicen a personas negras como ponentes y entre el público. Como he conversado con personas que gestionan estas iniciativas conozco su versión, según la cual no ven ningún problema en trabajar con este improductivo enfoque de comunicación. O con el de líderes, que es un caso particular.

El sector general de la comunicación mediante eventos sufre en España enormes presiones para reformarse en los últimos años, sobre todo a raíz de la crisis, por lo que se está exigiendo cada vez más que incorpore determinados valores éticos y de sostenibilidad. Lo más importante que se pide hoy a las organizaciones modernas es que reuniones, incentivos, espectáculos, congresos, festivales, convenciones y ferias (junto con la identidad de la organización, la publicidad, las relaciones públicas, las relaciones con los medios de comunicación, el patrocinio y el merchandising) comuniquen fielmente qué estrategia hay por detrás. Como no existen estrategias comunes de los grupos llamados afroespañoles, porque no se sabe cómo avanzar más allá del análisis de la situación debido a la gran heterogeneidad de grupos e individuos, la sucesión de eventos y publicaciones de visibilización en la que centran sus esfuerzos sólo pueden sobrevivir en el actual escenario hipercompetitivo y de saturación informacional mediante el abaratamiento de costes y las ayudas públicas, típicamente mediante su inclusión en el portafolio lúdico-cultural de los ayuntamientos. No sería fácil financiar estos proyectos propagandísticos de otra forma, porque se necesita llegar con una cualificación profesional más alta que exige el mercado al resto de la sociedad en foros académicos o de emprendedores.

El hecho estadístico en todo el mundo, la situación real que se observa, es que invertir el grueso de los esfuerzos en comunicación y en elevar a unos pocos al rango de pseudo-líderes (que se prestan a esto, dentro de una búsqueda de portavoces a menudo desesperada, porque para ellos es una fuente de ventajas personales en forma de cargos, financiación, viajes, etc.) resulta totalmente ineficaz si tiene como contraprestación el olvido del diseño y puesta en funcionamiento de políticas públicas. En el caso que nos ocupa, colectivamente conduce a no trabajar por unas verdaderas políticas correctoras de la desigualdad racial e incluso, si no se maneja bien, acaba por conseguir todo lo contrario al aumentar de forma irresponsable conflictos raciales que pueden estar latentes en la sociedad y no son abordados correctamente. Una gestión más inclusiva y estratégica trabajando por metas concretas sería necesaria, evitando perderse en interminables discusiones identitarias o semánticas que sólo producen división en la sociedad y que en algunos casos agitan o hacen crecer a los movimientos racistas.

El primer error es la falta de alineación de los afrodescendientes para dialogar con las administraciones públicas. Esto exige una toma de decisiones sobre los asuntos de interés para la comunidad que nunca se ha producido debido a continuas batallas de egos entre y dentro de los grupos activistas, y además porque reúnen a una minoría que no puede ni debe hablar ni tomar decisiones por el resto. Cada miembro de esta minoría además ha adaptado a su manera el desembarco de los discursos identitarios importados de las Américas. Sería recomendable utilizar herramientas digitales de discusión y votación para formular consensos amplios desde la base social, lo cual está siendo clave en la modernización de la participación social en todo el mundo, pero por alguna razón estos grupos no se muestran interesados en estos mecanismos. Invertir esfuerzos en crear de forma redundante nuevas estructuras de representación que atomizan el movimiento es el segundo error, y el tercero es no coordinar eficazmente los diferentes proyectos que son creados para ponerlos en la dirección de objetivos comunes.

Estas críticas al enfoque de comunicación son generalmente ignoradas porque es muy difícil que lo abandonen aquellos que lo practican, especialmente cuando buscan convertirlo en un medio de vida y/o privilegios particulares como conferenciante profesional, líder o algo relacionado con proyectar su carisma personal. ¿Es la renuncia a formular políticas educativo-culturales (centradas en la historia del territorio propio) una consecuencia del fracaso de las políticas de la identidad en otros lugares de Europa y en las Américas? ¿Existe una intención deliberada de las autoridades en el ámbito nacional e internacional para infantilizar a las minorías raciales confinándolas en determinados foros como cobayas? ¿Por qué las personas al frente de esos proyectos no son afrodescendientes en la inmensa mayoría de ocasiones? ¿Es legítimo asignar recursos públicos para impulsar determinadas agendas ideológicas, con escaso o ningún respaldo científico? ¿O para premiar la “experiencia como activista” de desempleados sin currículum? ¿Por qué se apoyan iniciativas organizadas sobre la marcha por gente sin experiencia o dudosa profesionalidad, mientras que no existen apoyos para formar equipos solventes mediante convocatorias abiertas?

Cuando alguien se arma de una ideología de raza que le permite culpar a otros de sus propios problemas particulares, consigue resolver en su cabeza muchas frustraciones: puede difundir teorías sobre que si uno no prospera, no puede hacer ciertas cosas que le gustarían o no puede acceder a ciertos trabajos, es indudablemente por culpa de una sociedad injusta que le oprime por su raza siempre, vaya donde vaya y haga lo que haga. Esto proporciona a estos grupos la excusa perfecta para vender su causa en audiencias internas o externas, de manera que algunos escogidos progresen personalmente como líderes mientras que los demás se consuelan con la idea de que impulsando a unos pocos se consigue en parte hacer justicia histórica. Aspirar a beneficios personales únicamente sobre la base de una determinada pigmentación de la piel, en lugar de combatir realmente las situaciones de desigualdad y discriminación en nuestra sociedad, abre la puerta a nuevas desigualdades.

Encarar la problemática del racismo en España a partir de ideas importadas del extranjero, que no vienen al caso y suelen derivar en interminables debates desde los cuales no se pueden después abordar las soluciones adecuadas, no solamente falsea el análisis; tampoco ayuda en nada a las personas con verdaderos problemas de racismo o discriminación, además de agitar reacciones contra el conjunto de la población negra injustamente. Cuando los miembros de un movimiento político-cultural confunden sus sentimientos con la realidad y la esfera privada con la pública de una forma fanática y obsesiva, señalando a otro grupo social como enemigo (a menudo por nimiedades) no existen razonamientos que impidan considerar a cualquiera un aliado del fantasma contra el que han elegido luchar. Tal ideología de raza, supuestamente orientada por una causa emancipadora, en realidad es una forma más de separar a las personas que segrega sectores de la sociedad que podrían y deberían funcionar juntos, para poner en primer lugar una suma de intereses y agendas individuales.

Fomentar una élite de iluminados, espejo tardío del etnocentrismo blanco, que crea estar destinada a convertirse en cara visible de la población negra y en cierto sentido parte de la clase dirigente del país (como líderes de opinión, campeones por África, de la justicia contra el racismo o por la reparación de los crímenes de la esclavitud trasatlántica) genera guetos y nepotismo como primera consecuencia práctica. La segunda consecuencia se produce al no calcular los riesgos ni prevenir los efectos inesperados que pueden llegar a producirse por lanzar guerras culturales, que no pueden ganarse partiendo de la obsesión por exagerar el racismo de los españoles o de recordar del sufrimiento de la población negra en siglos recientes. Los más radicales van más allá y hablan de la necesidad de una comunidad negra separada socialmente y diferenciada legalmente del resto de la población, que afecte incluso a familias que son racialmente mixtas en una tentativa de ingeniería social.

El tono de los debates aleccionadores en las redes sociales, percibidos como victimismo versus racismo, sólo consigue dividir a la sociedad y aumentar el enfrentamiento racial. Como este antirracismo militante además se ve condicionado por afinidades personales e ideológicas, podría darse que una minoría progrese erigiéndose como salvadores de la causa al tiempo que la situación podría estar empeorando para el conjunto de la población negra: por un efecto combinado de la inacción en las políticas que serían necesarias y de la reacción en una parte de la sociedad blanca ante el agit-prop victimista/aleccionador de un sector minoritario de población negra que busca notoriedad. Con tal mezcla de impulsos primarios (gregarios por un lado y egoístas por otro) y sin ninguna consideración estratégica a más largo plazo, se prioriza lo que rinda mayor satisfacción particular en cada momento. Todo esto convierte la causa por la igualdad apenas en un relato accesorio.

El problema de este enfoque de comunicación no sólo es que la propaganda, por su naturaleza, siempre necesite estar renovándose. Es además que nunca produce el impacto que promete y fomenta una hipercompetitividad en la que los que consiguen más notoriedad mediante tal propaganda se colocan antes en el centro de ese ecosistema, entonces otros siguen su estela y se acaba dedicando todo el proceso de supuesto empoderamiento a la especialidad de esas personas: la comunicación y las relaciones públicas sin ningún objetivo concreto ni medible. La excusa es visibilizarse, eufemismo que en realidad quiere decir hablar continuamente sobre sí mismos. Por tanto, la cercanía a posiciones de poder en las esferas cultural, mediática o política se convierte en el principal factor que así se está exigiendo para participar del ecosistema; su única habilidad colectiva parece ser la organización de charlas o presentaciones para un público escaso y poco interesado. Se produce de este modo una endogamia en la organización de proyectos, con una minoría no representativa que entiende la participación pública como demagogia que debe ser dirigida desde su entorno particular y/o por medio de celebridades en foros y encuentros, que fomentan el intercambio de favores para aprovechar arbitrariamente el clientelismo como única estrategia de conjunto.

En realidad, en España no existen políticas ni iniciativas comunitarias para la igualdad racial, sino que se impulsa una selección elitista y antidemocrática de pseudo-líderes o supuestas figuras públicas de referencia por un lado, y por otro una ejecución ineficiente de proyectos que suelen depender de prejuicios ideológicos o agendas particulares de pequeños subgrupos. Como el tipo de proyectos resulta mal escogido y las personas involucradas no pueden hacer frente a una problemática tan compleja como la del racismo, todo esto acaba desplomando la productividad en cuanto a la consecución de un impacto social más amplio y supone una renuncia a objetivos estratégicos que se ajusten a lo específico de la realidad española. De esta forma se desvirtúa el sentido original de las políticas de igualdad, diversidad, inclusión y desarrollo. Son pocos quienes responden con claridad sobre si están equivocados o no estos ingenuos esfuerzos, que son dominantes dentro del activismo y el asociacionismo negro desde hace muchos años y no producen en la práctica impactos positivos para el conjunto de la población negra del país. Sin embargo, nadie quiere parar la música en medio del baile y probablemente seguiremos viendo en el futuro iniciativas de este tipo compitiendo entre sí, con unos subgrupos que intentan deshacer el trabajo de otros para imponer sus particulares puntos de vista y parasitar el presupuesto público u ocupar cargos sin tener que superar unas oposiciones previamente.

CONCLUSIONES

Bajo un mal liderazgo político en la lucha contra el racismo durante 40 años de democracia, no ha sido posible emprender proyectos sociales o culturales con una mínima envergadura para tener impactos medibles en la corrección de la desigualdad racial. El negacionismo de la sociedad española sobre la necesidad de políticas de igualdad racial ha ido produciendo como reacción un movimiento activista, atomizado en grupúsculos, que luchan por llamar la atención y conseguir prebendas por parte de los poderes del Estado. Aunque resulte una contradicción en los términos, el resultado es que la única política de igualdad racial en España para la población negra es un desigual reparto de ocasiones para darse a conocer entre sí y poner en común sus quejas. Los esfuerzos deberían enfocarse a poder debatir con el resto de los españoles acerca de las legítimas preocupaciones sobre raza o migración que existen y sus soluciones. Pero para esto las personas adultas no necesitan más tutelas ni más liderazgos, sino contar con unos responsables políticos y un funcionariado bien formados al respecto y que entiendan cómo aplicar medidas efectivas en las instancias correspondientes. La carencia de los mismos hace que los actores involucrados opten como solución por organizar un continuo espectáculo de propaganda que conjure el miedo a los resultados de un debate abierto.

La denuncia de los problemas es importante, pero los poderes públicos deben ponerse prioritariamente al servicio de las soluciones. Ante los importantes retos que tiene nuestro país en materia de igualdad racial y los riesgos que se plantean en el horizonte, es urgente y necesaria la participación ciudadana en una estrategia nacional que hasta hoy no existe para los derechos culturales de la población negra, junto a los de otras minorías raciales en España. Para poner en marcha iniciativas, los afrodescendientes necesitan unos cauces de participación más democráticos y no elitistas ni hipercompetitivos. En la construcción de una identidad multirracial se necesita un debate público con una participación amplia, dejando de discutir en círculos cerrados y debatiendo también en otros foros donde se discute la política nacional. Solo así pueden generarse los consensos necesarios para decidir qué es lo que el Estado debe hacer y qué no para rehabilitar los derechos culturales de las minorías, porque debe hacerse de una manera democrática o probablemente resultará mejor no intentar hacer cambios. Si en España hay que crear un modelo fundamentado en censos raciales o no, es algo que debería decidirse tras resolver el actual laberinto conceptual alrededor de la cultura y la raza.

La conclusión es que un programa nacional para combatir la desigualdad racial en España, y los proyectos bajo el mismo, deberían incluir al menos estos cinco objetivos: 1) una reforma educativa que utilice criterios de diversidad étnica con campañas públicas contra el racismo institucional y un programa cultural sobre las contribuciones de África a España a lo largo de la historia del territorio, 2) unos medios de comunicación públicos y unas ayudas a la producción cultural más inclusivos que transmitan una imagen digna de los diferentes grupos raciales, 3) acabar con el racismo migratorio hacia el continente vecino atendiendo a los africanos en sus proyectos mediante una coordinación de las políticas migratorias con las áreas de comercio, turismo y cooperación, 4) perseguir los delitos de odio racial efectivamente con medios preparados especialmente para ello y 5) solucionar la discriminación en la sanidad por la falta de atención en dolencias que afectan más a las personas negras, y especialmente en los problemas propios de la piel oscura. Para su consecución, sería necesaria una gestión estratégica por parte del Estado con la puesta en marcha de un programa que optimice las sinergias entre proyectos y el uso de recursos públicos. Junto a ello, se requiere un activismo y un tercer sector no doctrinarios que estén dispuestos a coordinarse con el Estado para la erradicación del racismo en torno a dicho programa sin renunciar a sus propias reivindicaciones.

Pero todo esto es sólo una aportación y debería ser integrada con otras propuestas en un proceso amplio de consulta y participación para los afrodescendientes, con un debate democrático abierto y no sólo con un asociacionismo anquilosado. La cercanía geográfica, la historia de su territorio y la cultura de España en relación con África posicionan para que su diáspora destaque con luz propia y sin tomar otros lugares del mundo como referencia absoluta. Pero si, desde los poderes públicos, se sigue considerando que conseguir reunir a una pequeña élite de activistas, emprendedores o artistas para intentar simplemente continuar visibilizando a la población negra actual no justifica ni compensa el olvido de la transferencia de conocimiento y las políticas educativas que deben activarse en la erradicación de un racismo fraguado durante siglos. Las instituciones deben corregir la dirección de los programas de igualdad a los que tienen derecho las minorías raciales, construyendo consensos desde la base social, sin excluir a nadie y sin privilegios. Con participación todas esas minorías, atendiendo a las especificidades de las nuevas generaciones en el contexto de una nueva España multirracial. Estas transformaciones podrían conseguirse mediante los derechos de la ciudadanía, por lo que resulta importante interpelar a una mayoría social para formular verdaderas iniciativas de diversidad e inclusión. Seguimos esperando alguna evolución en este sentido.

Imagen de cabecera: La cena de Emaús / La mulata (1618-1622) por Diego Velázquez

Derechos culturales de la población negra en España

Las situaciones de discriminación que la población negra ha sufrido en España son estructurales y tienen causas que forman parte de un problema muy antiguo. Es su estudio y no su negación lo que conducirá a un mejor aprovechamiento del capital sociocultural en el país. Esto exigiría abrir un diálogo más democrático entre movimientos sociales negros y poderes públicos, junto con otras minorías étnicas, para la puesta en marcha de políticas de igualdad racial y diversidad cultural.

Este análisis sirvió como material de apoyo al informe sobre racismo en España aportado al
Comité de Naciones Unidas para la Eliminación de la Discriminación Racial (CERD) – Abril 2016

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ACTUALIZACIÓN: conclusiones y recomendaciones del CERD sobre el racismo en España – Mayo 2016
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Muchos fueron los que aplaudieron la salida de prisión de Nelson Mandela en febrero de 1990, y el mundo entero lloró su muerte en diciembre de 2013. Se había transformado en el vencedor moral de un largo conflicto en Sudáfrica como icono de la resistencia contra una de las formas más deshumanizadas de explotación de un grupo social sobre otro, contribuyendo a una reconciliación racial inimaginable años atrás y destruyendo de forma pacífica el sostén de un elaborado sistema de racismo institucionalizado, el apartheid. Su labor como Presidente marcó la lucha anti-racista en diferentes partes del mundo, promoviendo el Estado multiétnico y democracias que aseguren la igualdad de derechos a una variedad de culturas.

Al funeral de Mandela asistió una representación de las autoridades españolas, encabezada por el entonces Príncipe de Asturias Felipe de Borbón, y el Presidente del Gobierno Mariano Rajoy. El Presidente Rajoy destacó el legado de concordia del expresidente sudafricano, expresando su deseo de que los ciudadanos estén unidos en temas esenciales (aplicándolo a España) como la unidad territorial del “país más viejo de Europa”, y prosiguió afirmando que nadie más tiene en el mundo una unidad nacional como la que ha conseguido España porque es la más antigua. Estos argumentos han sido utilizados por el Presidente en diferentes contextos. Preguntado en el funeral sobre las lesiones producidas por las concertinas (alambradas con cuchillas) de la valla en los límites de la ciudad española de Melilla con Marruecos, en suelo africano, respondió sin comentarios sobre las lesiones que no se trata de poner barreras sino de que la gente entre legalmente en los países.

A pesar de no haber puesto en marcha en tiempos recientes un régimen de segregación explícita como el apartheid, en el Estado español se practica un racismo institucional que le hace todavía estar lejos de proporcionar derechos iguales a todos los ciudadanos. No se respetan los derechos humanos de muchas personas migrantes y no se permite que opten por vías de entrada legal. Además se exige a los migrantes que hagan esfuerzos por integrarse socialmente al tiempo que permanentemente se les excluye de la cultura nacional mediante un sistema de estereotipos y mecanismos de discriminación, que considera sus grupos étnico-raciales ajenos a la nación aunque estén presente en el país desde tiempos inmemoriales. Con la colaboración de los principales medios de comunicación y sin la puesta en marcha de las necesarias políticas de diversidad educativa/cultural.

EL ETNOCENTRISMO EUROPEO O EUROCENTRISMO

El pensamiento y los sistemas educativos europeos en los últimos dos siglos se han visto enormemente influenciados por la obra del alemán Georg Wilhelm Friedrich Hegel (1770-1831) sobre filosofía de la historia y su promoción de la superioridad europea, concretamente la de los pueblos nórdicos, sobre las demás culturas del mundo. Para Hegel, no existe historia de la humanidad antes de que nazca en Asia y culmine en Europa con la Reforma Protestante en Alemania, la Revolución Francesa y la Ilustración en Francia e Inglaterra (que en realidad tienen un origen germánico según este autor) finalmente con la misión que se autoasignan los pueblos anglo-germánicos de civilizar al resto del planeta según sus propios intereses.

Escribe Hegel que, por ser el pueblo dominante portador del espíritu global del desarrollo, los germanos poseen un derecho justificado de extenderse sobre los otros pueblos del planeta que “son inferiores”. La periferia de Europa es un espacio libre que permite a los europeos del norte más pobres, expulsados por las desigualdades del capitalismo, volverse gobernantes y propietarios en las colonias o acceder a nuevas oportunidades de trabajo. Así según la visión eurocéntrica e imperialista Hegel, gradualmente se ha transformado un mundo de territorios inútilmente desocupados en nuevas versiones útiles de la sociedad norteuropea porque el espíritu de los pueblos colonizados “no tiene derechos”. Asia, África y las Américas son regiones inmaduras con un interés menor y las personas negras están más cerca de las bestias que del ser humano.

Casi al mismo tiempo el racismo era formalizado como ideología por el francés Joseph-Arthur de Gobineau (1816-1882), que basaba su doctrina en tres pilares principales: la existencia de varias razas humanas, la comprensión de las diferencias entre razas como factores explicativos del proceso histórico-social, y la existencia de unas razas superiores a otras. Éste es el punto de partida del mito de la superioridad de la raza aria, construido por el británico Houston Stewart Chamberlain (1825-1927). Con la fuerza moral de un completo sistema científico y filosófico a su servicio, una élite europea de iluminados describe, justifica y legitima el dominio de sus gobernantes y sus descendientes sobre los recursos de otros territorios. Esto da inicio a una tradición de pensamiento eurocéntrica que se extenderá culturalmente y acabará convirtiéndose en hegemónica en todo el mundo.

A partir del siglo XIX, el imperialismo irá produciendo una multiplicación de pequeñas europas en África, las Américas y Asia, que son diferentes pero generalmente tienen un patrón común: subordinar o directamente eliminar toda cultura que se oponga a su manera particular de ver el mundo y la búsqueda del progreso. En el proceso, que continúa hasta hoy, se han provocado multitud de conflictos violentos, incluyendo guerras de invasión y dos guerras mundiales por el dominio sobre ese imperialismo de recursos y la competencia global. Después de la Primera Guerra Mundial, el alemán Alfred Rosenberg (1893-1946) reinterpretó las anteriores teorías y elaboró la doctrina de la superioridad germánica para el nacional-socialismo o nazismo, en un intento de justificar con un barniz científico las ideas racistas de Adolf Hitler, con consecuencias de todos conocidas. Esto provocó la persecución de grupos considerados inferiores como judíos, negros, gitanos, eslavos y homosexuales. El origen del modelo ario se encuentra relacionado con el mito fundacional de la civilización occidental, el llamado milagro griego o milagro ateniense.

Karl Raimund Popper (1902-1994) es el autor de una de las críticas al pensamiento de Hegel más notables y es considerado por muchos el filósofo más influyente en la evolución del pensamiento político en el siglo XX. Publicó su teoría de la Sociedad Abierta en 1945, al final de la Segunda Guerra Mundial. Es una obra maestra como tratado de filosofía política para entender nuestro actual concepto de democracia. Era un judío austriaco y la escribe durante su exilio como respuesta al ascenso de los totalitarismos para buscar las fuentes del pensamiento político democrático y estudiar su evolución. Reelabora el mito ateniense explicando que la primitiva sociedad griega dio el primer paso del tribalismo al humanitarismo y a la civilización. Los griegos se asemejaban en muchos aspectos al pueblo maorí: pequeñas hordas de guerreros luchando entre sí, para los que la magia y la superstición dominaban rígidamente todos los aspectos de la vida. Esta sociedad cerrada constituye una unidad semiorgánica cuyos miembros se hallan ligados por vínculos de parentesco, convivencia y de participación en las tareas comunes, con instituciones sociales que son sacrosantas, incluyendo las castas.

Popper atribuye la disolución parcial de esta forma de vida al surgimiento de nuevos contactos culturales en el Mediterráneo y al comercio, que se realizaban en gran medida con el Imperio egipcio que durante varios milenios había sido la potencia dominante en la región. Hacia el siglo IV a.c. el comercio de papiros escritos trajo como consecuencia la aparición en Grecia de la discusión crítica y, en consecuencia, del pensamiento libre de obsesiones mágico-religiosas. Surge la posibilidad de reflexión racional sobre los tabúes y las leyes políticas, y la toma de decisiones basadas en la estimación de las posibles consecuencias y en la preferencia consciente entre diferentes opciones. Nace aquí lo que este autor llama la “tensión de la civilización”, junto con la responsabilidad personal racional y la Sociedad Abierta: aquella en la que los individuos deben adoptar sus decisiones personalmente.

La participación fundamental de los pueblos negros en todo el origen y desarrollo de la civilización occidental ha sido tan ignorada, mal conocida e incluso escondida, que debe ser subrayada. El mito del milagro ateniense que describe Popper no puede sostenerse al ser contrastado con el conocimiento desarrollado en la segunda mitad del siglo XX acerca de la historia de la región y especialmente de la relación de Grecia con el Egipto de los faraones. Miles de años antes de producirse el milagro griego, el Imperio Egipto había sido fundado por pueblos que eran sin ninguna duda negros y culturalmente africanos. Los filósofos griegos reconocían a los egipcios como sus maestros y a la civilización egipcia como la más avanzada, al tiempo que les describían como negros. Esta concepción es apoyada por investigaciones científicas basadas en textos de la época y otras evidencias. Por otra parte, resulta complicado creer que no hubiese egipcios que tomasen decisiones racionales en una civilización tan adelantada con respecto a la griega durante tantos siglos. Hoy sabemos que los antiguos egipcios hacían avanzados cálculos matemáticos, de ingeniería y de astronomía, o descubrimientos médicos como la circulación sanguínea (que Europa no conseguiría hacer hasta el siglo XVI). Sin embargo, el mito del milagro griego persiste y se mantiene la imagen de un Egipto blanco en el imaginario popular, gracias al compromiso que hasta la actualidad mantienen los sistemas educativos y las industrias culturales con el etnocentrismo europeo del que son herederos y rehenes.

LA FALACIA DEL CONCEPTO DE RAZA

En casi todas las características humanas estudiadas por la ciencias actuales, se observa que las diferencias entre individuos son más relevantes que las diferencias entre grupos de población. Y esto incluye las diferencias genéticas, que pueden ser mayores entre personas de un mismo grupo étnico-racial que entre personas de grupos diferentes. Por ejemplo, investigadores brasileños han encontrado que en la ciudad de São Paulo, hay personas con fenotipo negro sin marcadores genéticos típicamente africanos, y blancos que sin embargo sí tienen esos marcadores. O un centro de investigación genética suizo en Zurich, que ha concluido en un estudio que altos porcentajes de población en Europa occidental comparten un antecesor común del Cáucaso hace 9.500 años con el faraón egipcio Tutankamón (1336-1327 a.c.), que hoy en día incluyen un 70% de los varones españoles y británicos, frente a un 1% de los egipcios actuales. Es tanta la distancia entre el fenotipo de los individuos y la percepción social asociada con sus “orígenes”, que aquellos que realizan una prueba de ADN para conocer los áreas geográficos donde vivían sus ancestros, frecuentemente quedan sorprendidas por lo inesperado de los resultados, que señalan lugares en el globo que nunca en la vida hubieran imaginado por sí mismos.

Como toda discusión sobre diferencias raciales dentro de la especie humana se circunscribe como máximo al 0,001% del genoma, la ciencia moderna considera que la “raza” no existe, desde un punto de vista biológico del término. Las ciencias sociales, por diferentes métodos y perspectivas, llegaron a las mismas conclusiones que la ciencia genética sobre la no existencia del concepto de “raza” que ha sido difundido en los cinco siglos anteriores y aún se maneja hoy en día. Se ha demostrado que los discursos raciales discriminatorios han manipulado ideológicamente las diferencias fenotípicas entre grupos humanos para legitimar la esclavitud, la explotación y la dominación de “razas” supuestamente superiores sobre otras consideradas inferiores.

Aunque el estatus científico-teórico de “raza” haya sido refutado y desmontado en la segunda mitad del siglo XX, esto aún no se ha traducido en un cambio sustancial de la construcción social o la categoría analítica. El concepto permanece y continúa siendo usado para agregar individuos y colectividades que comparten aspectos físicos observables, como color de piel, textura capilar o complexión corporal, pero más como concepto político que como concepto de la biología o la antropología. El problema de interpretación del término en la sociedad española hoy en día, con un sistema educativo obsoleto en muchos aspectos, es que la consecuente concepción sobre las diferencias de fenotipo se encuentra más cerca de la concepción del nacional-catolicismo español o del esencialismo alemán que de la concepción de las ciencias sociales modernas.

Ya no existe la antigua justificación de la esclavitud, pero pensar que hay diferentes “razas” es una de las formas de las que se vale el racismo actual para justificarse. Otra de las formas es considerar que el comportamiento de una persona o grupo viene determinado por su fenotipo por encima de otros factores. A este respecto, el analfabetismo científico sobre la propia naturaleza del ser humano sólo es superado por el analfabetismo histórico sobre las migraciones humanas desde la prehistoria. Todo ello influye en la cultura y en las relaciones sociales, principalmente a través de la inacción sobre el sistema educativo para corregir estos déficits de conocimiento, la consecuente reproducción de determinados estereotipos y la posterior amplificación del esquema en el mundo de la cultura y de los medios de comunicación.

La aplicación actual del concepto de “raza” en los estudios y en los procesos relacionados con la identidad étnica, conquista de derechos y justicia social de grupos diferentes fenotípicamente, es no obstante una necesidad práctica y teórica. Es necesario mantener el término de raza y conceptos relacionados como fenotipo o color de piel para manejar categorías de análisis sociopolítico o en la recopilación de datos estadísticos, al menos mientras persistan las situaciones de desigualdad y exista necesidad de hacer estudios para poder diseñar políticas públicas con efectos correctores. Por tanto, la erradicación del racismo y la lucha contra los estereotipos como un criterio de segregación social limitador de las oportunidades requieren que el término sea mantenido para ciertos usos. Ese es el sentido que las Naciones Unidas dan a la utilización de raza en sus metodologías y que usaremos de aquí en adelante en nuestro trabajo. Sin embargo, las Naciones Unidas no reconocen ningún sistema de clasificación racial, por tanto la clasificación escogida a efectos de análisis es una convención particular para el caso de cada país. En el caso de España, hasta el momento no existe sistema de clasificación ni estadísticas ni estudios oficiales, aunque no parece que separar grupos raciales en diferentes categorías legales sea un modelo válido para afrontar los actuales problemas particulares de la población negra en el país.

EL RACISMO HISPANO CONTRA LOS NEGROS

Desde hace cinco siglos el racismo moderno ha construído una estructura de dominación basada en el presupuesto ideológico, completamente arbitrario, de la existencia de una jerarquía entre poblaciones humanas clasificadas y separadas según determinados rasgos fenotípicos. Sabemos que existe racismo en Europa desde la Antigüedad y que la esclavitud, practicada de forma extensiva en la civilización grecorromana, tuvo mucho que ver. Los griegos se consideraban racialmente superiores a sus esclavos (el término proviene de eslavo en latín), y superiores a los bárbaros extranjeros en general (pero no era una cuestión racial sino cultural). Con el paso al feudalismo medieval, la esclavitud se mantuvo como un fenómeno marginal y en cuanto a racismo los cristianos perseguían a los judíos por su religión, pero no particularmente por su condición étnica o racial. Durante la Edad Media, el mundo islámico fue la potencia dominante en la región mediterránea y los musulmanes de diferentes razas comerciaban con esclavos tanto europeos blancos como africanos negros.

Se puede considerar Al-Andalus como un desarrollo reciente de la diáspora africana en la historia europea. Durante muchos siglos la actual España estuvo conectada con la zona de las actuales Senegal y Malí en una gran región de intercambios poblacionales, culturales y comerciales que servía de puente entre África (el continente más rico, que proveía de oro y otras materias primas) y Europa (continente siempre en guerra que iría perfeccionando la metalurgia y después las armas de fuego). Europa en el siglo VII tenía un considerable atraso con respecto a la calidad de vida general de la población, salvo en ciudades ricas como Florencia. La península ibérica estaba dividida en diferentes reinos y Castilla era una región de pastores, así que los musulmanes conquistaron fácilmente la península desde el sur extendiendo su civilización hasta Zaragoza y permaneciendo casi mil años. En la composición racial de los musulmanes españoles o moros, pese a la creencia o confusión popular, los árabes eran una minoría, sólo una pequeña élite venida desde la lejana península arábiga hasta el norte de África. No habitaban árabes en el Magreb antes de las invasiones del siglo VII, por lo que el grueso de la población musulmana que conquistó la península ibérica era negroafricana y bereber (pero que hablaba y escribía en lengua árabe).

Y aquí llegamos a un punto de inflexión por el cual ideas de “raza” y de jerarquía racial iban a seguir mucho tiempo después atravesando las relaciones sociales en el mundo, siendo vigentes hasta hoy después de que hayan terminado las administraciones coloniales. Si bien era frecuente que desde tiempos muy remotos unos pueblos manifestaran rechazo por otros, el racismo como lo entendemos hoy es un concepto relativamente reciente que tiene sus primeras manifestaciones en Europa durante la Edad Moderna. Hasta ese momento, numerosos santos de la cristiandad eran negros y las personas negras habían estado asociadas a la riqueza del mundo islámico. Desde la prehistoria, diferentes pueblos negroafricanos habían habitado la península ibérica (como el capsiense o los primeros íberos). Así, el concepto moderno que hoy manejamos de “raza” surge y se desarrolla en España en el siglo XV con el proceso de conquista cristiana del sur de la península ibérica y de las colonias españolas en América. Los cristianos detuvieron finalmente en el sur de Francia el avance del Islam en Europa, comenzando un proceso inverso de expansión cristiana hacia el sur de la península. A partir de ahí, sería cada vez más fácil encontrar cada vez más apellidos españoles con origen franco-germánico y la nueva nación sería gobernada en los siglos siguientes por dos casas reales extranjeras (los Austrias germanos y los Borbones franceses).

Había esclavitud en diferentes reinos de la península ibérica, pero su utilización se comenzó a ampliar en el siglo XV hasta una escala industrial. Junto con Portugal, España empieza a secuestrar negros africanos y los introduce en territorio nacional para su explotación como esclavos. El mayor propietario era la Corona, que los utilizaba para sus minas y galeras. Pero el mayor impulso se produce cuando españoles y portugueses se proponen dominar y cristianizar el mundo comenzando el comercio trasatlántico triangular (armas europeas que consiguen esclavizar africanos con los que extraer riquezas americanas que llevar de vuelta a Europa) secuestrando personas en el Golfo de Guinea y llevándolas a las Américas como mano de obra gratuita para la colonización. Como consecuencia, otras potencias europeas siguen este mismo modelo y así se va cometiendo uno de los mayores crímenes de la historia de la humanidad, cuyas consecuencias persisten hoy. El capitalismo moderno se levanta sobre todo este esquema, y las economías occidentales son construídas durante varios siglos a costa del trabajo y los recursos de los africanos. A partir de entonces, el desarrollo económico de las metrópolis ha crecido en estrecha dependencia del proceso de subdesarrollo de las periferias y de África en particular. De modo que este aspecto de la globalización ha funcionado realmente de la forma contraria a como es concebido de forma habitual: es el crecimiento de la riqueza de las élites colonizadoras lo que se ha mantenido dependiente de la explotación de los colonizados y sus recursos.

Paralelamente a este proceso, existía una numerosa población morisca (descendientes de los moros) que habitaba la península ibérica y fue convertida al catolicismo en el recién creado Reino de España, pero iría paulatinamente sufriendo una notable pérdida de derechos políticos y territoriales, con un hito importante en la expulsión de los moriscos a principios del siglo XVII. Desterrada la identidad musulmana, fueron instaurados mecanismos sociales y legislativos para someter a la población no blanca. La exclusión a la que han sido sometidos los españoles negros y otras minorías fue por tanto primero una consecuencia de la construcción ideológica del racismo que se hizo para expropiar a los musulmanes conversos, pero es la intensificación del comercio trasatlántico de esclavos lo que incidió notablemente en la aversión hacia las personas negras. A partir de finales del siglo XVII, esto se fusiona con el racismo religioso de tradición medieval, difundiendo una interpretación de la Biblia según la cual los pueblos negros deben servir a todos los demás para justificar la esclavización de los negros españoles, africanos o americanos.

El imperialismo español fue también pionero en mecanismos de discriminación legal: los mismos estatutos de limpieza de sangre que se utilizaron en un sentido étnico-religioso contra las minorías judía y musulmana convertidas al catolicismo en la península, se utilizan posteriormente en las Américas de manera más biologista creando escalas de capacidades humanas y roles sociales. Cuando se promulgó la Constitución de Cádiz de 1812, se condicionaron específicamente los plenos derechos como ciudadanos de los españoles negros. Sin embargo, en Sudáfrica el apartheid no tomaría forma jurídica hasta 1948, ya que las actitudes racistas no habían sido apoyadas por normas legales por Gran Bretaña desde la instauración de la Colonia del Cabo en 1814. Los esfuerzos de los abolicionistas en Europa y en las Américas durante el siglo XIX serían presentados por la prensa nacional española como intentos de destruir el Imperio hispánico y los negros descritos como aliados de la Pérfida Albión (Gran Bretaña). España además fue la última potencia europea en abolir la esclavitud, lo cual alimentó la persistencia en el tiempo del racismo anti-negro. Sin embargo, probablemente estos mismos factores y el borrado de la relación con África en su memoria histórica por parte de los españoles, ha hecho que las relaciones entre razas en Hispanoamérica hayan sido diferentes a las del mundo angloparlante.

Mientras que en los Estados Unidos y las colonias británicas el racismo se basaba en la ascendencia, llevando a una clasificación bipolar entre “razas” negra y blanca, lo que definió la identificación racial en el Imperio español y en las colonias hispanolusas fueron las características fenotípicas de la herencia como color de piel y textura del cabello. Era una especie de racismo de aspecto, no de origen. En las Américas, este racismo establecía la existencia de tres “razas” puras (blanca, negra e indígena) y elaboraba un sistema de clasificación racial con una complicada serie de cruces. En función de eso, el racismo hispano se manifiesta en una gradación, alcanzando en mayor medida a personas con fenotipo más próximo del negroafricano y matizando la discriminación según se aproxime al fenotipo blanco. Era una evolución de la doctrina y los estatutos de limpieza de sangre del siglo XV, usados en la península ibérica para segregar a la población convertida al cristianismo.

La clasificación de las personas según su pertenencia racial conformó un sistema jerárquico de estratos sociales en el que el hombre blanco estaba en la cima y la mujer negra en la base, según la pureza o impureza de su sangre que establecían su raza y grado de mestizaje. La gradación venía determinada por factores sociopolíticos coloniales, el principal de ellos la mayor cantidad de colonos blancos procreando con mujeres indígenas y negras, pero con un menor número de mujeres blancas. Esto favoreció la multiculturalidad y sociedades más o menos multirraciales según el país, lo que explica la atenuación de una cultura del odio racial explícito dentro de Iberoamérica. Aun así, algunos países desde el final del siglo XIX pusieron en marcha políticas de blanqueamiento o de inmigración restrictiva en lo que se refiere a la entrada de africanos negros, y ello señala qué color de piel se pretendía para “mejorar la sangre” o “mejorar la raza” de la población local. Cuando el Imperio español ya había perdido sus principales territorios en ultramar, se empiezan a suavizar las relaciones cotidianas por la influencia de creer en un pasado colonial paternalista con relaciones benignas, aunque persistiesen el racismo y la discriminación.

El racismo español de ideología nacional-católica seguiría las líneas generales del pensamiento racista que se encuentran presentes en la filosofía nacionalista de la historia y las pseudociencias europeas de los siglos XVIII, XIX y primera mitad del siglo XX, que habían justificado la esclavitud y el dominio colonial, pero tiene ciertos rasgos particulares. Al llegar al siglo XX las personas negras ya no son vistas como un peligro por parte de los españoles. Su imagen durante el régimen franquista (1939-1975) casi siempre se ve asociada a estereotipos ridiculizantes que continúan hoy en formas variadas. El general Franco utilizó muchos símbolos medievales para dotar de consistencia histórica a la ideología oficial, como la identifición con Fernán González, con el Cid, con las Cruzadas (junto con los obispos, para otorgarse una misión espiritual en la Guerra Civil) incluso hablando de su Cruzada y Reconquista al considerarse el continuador de la obra iniciada por los Reyes Católicos. Sí hubo recuperación de territorios en la Edad Media por parte de los cristianos, pero lo cierto es que no se manejaba asociada en la época la idea de nación. Éste último es un concepto nacionalista legitimador más reciente utilizado para describir la ideología de los cristianos al oponerse a unos musulmanes que, en realidad, tenían el mismo derecho a habitar la península ibérica que los cristianos. Por tanto es un concepto parcial, porque sólo tiene en cuenta el punto de vista de una de las partes en conflicto. El mito fundacional de la nación española es la Reconquista pero resulta más correcto hablar de conquista sin más.

La idea de Reconquista de los reinos cristianos no surgió durante la Edad Media ni en la conquista cristiana, ni tan siquiera en la Edad Moderna. Nunca se habló de Reconquista en aquella época, ni se conocía la palabra (que se empezó a usar a principios del siglo XIX). Durante el ascenso de los nacionalismos europeos, los románticos y liberales españoles dotan de contenido al término Reconquista para poco a poco identificarlo con la noción de recuperación de la unidad nacional, la idea de nación y la idea de patria, que resultan centrales en el nuevo modelo de Estado que se pretende crear en el siglo XIX. Y como el Estado-nación era entonces un concepto relativamente nuevo, se intenta retrotraerlo a la Edad Media. De manera que la Reconquista se proyecta hacia atrás para recoger todo el sentido que no tenía anteriormente, y se la considera vigente desde la Edad Media para argumentar la idea de nación y de Estado españoles. Pero no había existido tal idea de España como unidad política de la forma en la que existiría a partir del siglo XIX.

El nacional-catolicismo ha tenido un carácter muy excluyente en España y conectó con la tradición hegeliana, en su concepción racista de nación durante el ascenso de los fascismos previo a la Segunda Guerra Mundial. La ideología autoritaria del régimen franquista pretendía configurar todas las facetas del comportamiento de la ciudadanía, incluyendo el comportamiento sexual. El Estado definía la patria en términos de raza hispana: el día de fiesta nacional se llama el Día de la Raza, la película de propaganda sobre la Guerra Civil guionizada por el propio Francisco Franco se llamó “El Espíritu de una Raza” (y después simplemente “Raza”). Hoy se llama el Día de la Hispanidad, pero durante el franquismo el 12 de octubre se celebraba el Día de la Raza debido a la superioridad conferida al haber conquistado militarmente y sometido a las otras “razas” en América Latina a partir de dicha fecha en 1492. El nacional-catolicismo se consideraba heredero del legado de los Reyes Católicos que habían expulsado a judíos y musulmanes, establecido la Inquisición para que se preservara la ortodoxia católica de los esclavos, reprimido a los herejes y conquistado América.

España por tanto a lo largo de su trayectoria histórica no ha gestionado bien su diversidad y los derechos culturales en diferentes territorios del Estado, ni se ha articulado democráticamente de manera que se garantice la continuidad de su unidad cultural y territorial en el futuro. Así, otra de las características de la ideología nacional-católica que desde entonces ha creado tensiones es un legado de negación de la existencia de otras nacionalidades dentro del territorio español (como la catalana, la vasca o la gallega) imponiendo una visión centralista y uniformizadora de las diferencias étnicas y culturales. La falta de respeto a la diversidad en el país, por tanto, tiene una dimensión étnico-racial y otra político-cultural.

LA OMISIÓN DEL LEGADO AFRICANO EN ESPAÑA Y SUS CONSECUENCIAS

La evolución de las leyes y políticas en el Reino de España desde el siglo XV ha conducido a que la población negra (en adelante utilizaremos los términos población negra o afrodescendiente indistintamente) en la actualidad sufra lo que las ciencias sociales llaman en la actualidad una invisibilización en la esfera pública. Esto se refleja en aspectos como la ausencia de negros o personas de ascendencia mixta en las producciones culturales, en los medios de comunicación o en cargos de responsabilidad en las organizaciones, y en el uso de estereotipos sobre su rol social. Varios siglos de explotación y discriminaciones todavía no completamente superados han colocado a esta parte de la población en una cierta situación de desigualdad, que influye en variados ámbitos de la vida pública y privada. El trabajo forzado de los africanos en el pasado enriqueció la economía española, pero supuso además una aportación cultural y humana sobre la que existe una doble omisión: una es científica por no estudiarse bien dicha aportación y la otra es moral por no reconocerse lo suficiente.

Esta doble omisión vuelve más grave la deuda histórica existente y supone un desaprovechamiento del potencial sociocultural dentro del país. No existen estudios al respecto en el mundo académico, ya que las universidades europeas generalmente mantienen un enfoque neocolonialista o asistencialista sobre lo africano, y las autoridades han mostrado en España una gran desconfianza hacia las entidades gestionadas por personas de origen africano. No se atiende la demanda de la población negra española de mayor reconocimiento en la educación del legado de raíz africana en la cultura hispana, que encontraría reciprocidad en África y las Américas. Sin embargo, los países con mayor desarrollo socioeconómico son también aquellos que más se esfuerzan en gestionar su diversidad interna en primer lugar, de manera que en relación con el continente vecino esta omisión representa una serie de oportunidades perdidas para todos los actores involucrados en las esferas cultural, comercial y diplomática.

Hacia 1980 la población negra española estaba compuesta principalmente por familias vinculadas a Guinea Ecuatorial residentes en la península, las Islas Baleares o las Islas Canarias. La colonia en África Central había sido durante dos siglos un territorio español y las dos regiones administrativas en el Golfo de Guinea adquirieron estatus de provincias españolas en 1959 hasta la independencia en 1968. En Guinea Ecuatorial las autoridades coloniales habían mantenido una política de segregación racial sistemática, fundamentada en la idea de que la población negra era inferior, sólo apta para el trabajo manual y para servir a la sociedad blanca. Pese a esto, existía una élite negra adinerada debido a un decreto que dividía a los ecuatoguineanos entre no emancipados y emancipados o plenos. Casi no se permitía a la población negra viajar a la península, pero sí a los miembros de esta élite y a algunos de ellos se les hizo diputados en las Cortes franquistas. Además estaban las familias de personas venidas de las ex-colonias americanas (de Estados Unidos y principalmente Cuba, donde los afrocubanos también habían sufrido una gran segregación). Pero también comunidades descendientes de antiguas poblaciones negras de la península (moros, moriscos, morenos y negros africanos) que habían sido tradicionalmente discriminadas hasta la miseria pero lograron subsistir como población negra sobre todo en algunos pueblos de Andalucía, habiendo sido la mayoría asimilados dentro de la población blanca o bien mestizados con los gitanos. Por otro lado, desde que llegaron a España en el siglo XV, en contra de los gitanos figuraron leyes de persecución específicas que les excluyeron y les criminalizaron hasta el fin de la dictadura en 1978, por lo que la marginalidad y el rechazo social no fueron las causas sino las consecuencias de una situación de racismo anti-gitano y anti-negro.

Tras la llegada de la democracia, la negrofobia en España resurge con el crecimiento de la inmigración que se empieza a producir en la década de los 90. Ninguna de las minorías raciales había sido muy numerosa debido a las causas históricas ya examinadas, por lo que la mayor parte de la población negra es bastante reciente en comparación con la de otras ex-metrópolis coloniales. Como reacción a las tesis del nazismo, en todo el mundo los negros y mestizos ya no son vistos como seres inferiores o biológicamente degenerados, de forma que su situación no viene determinada por la genética, sino más bien por factores sociales y económicos. De este modo, el presupuesto de superioridad blanca ha sido sutilmente preservado debido a una supuesta superioridad cultural. En España no han existido movimientos racistas con representación electoral significativa pero sí existe cierto grado de racismo tanto en la izquierda como en la derecha social, que vincula especialmente su negrofobia a la desconfianza por parte de las clases trabajadoras hacia los colectivos de migrantes (considerados como competidores en un contexto de alta tasa de paro).

Por otro lado, la población negra en España sí ha sufrido ataques por parte de grupos violentos de ultraderecha asociados al fascismo y al nazismo, nostálgicos de las doctrinas oficiales de pureza de raza, sin que las autoridades pusieran en marcha medidas efectivas para frenar este fenómeno. El racismo es la primera causa en España de los delitos de odio, que es un categoría criminal con tendencia ascendente en los últimos años e incluye los discursos de odio, que han encontrado en Internet un terreno fértil para su difusión a través de las redes sociales. Estos discursos son formas de expresión que propagan, incitan, promueven o justifican el odio racial fundado en la intolerancia, incluida la que se expresa en forma de etnocentrismo agresivo y hostilidad contra las minorías. Estos casos afectan también a ciudadanos negros con nacionalidad española, sin embargo han sido tratados por las autoridades encargadas de políticas de inmigración. Al mismo tiempo, se ha convertido la persecución racial en el espacio público en algo habitual para controlar la identidad de los ciudadanos (migrantes o nacionales) por el mero hecho de ser negros, incluyendo las redadas en las calles y la retención en Centros de Internamiento de Extranjeros (CIE).

Debido al creciente racismo en la sociedad, en la década de los 90 comenzaron a establecerse fuertes lazos de solidaridad entre afrodescendientes nacidos en España que buscaban reafirmar su identidad y personas migrantes negras. Pese a su heterogeneidad, se enfrentaban a similares problemáticas y compartían una cultura y conciencia de identidad comunes ligadas a la música, los deportes y la historia de la diáspora con sus mestizajes. La identidad y aportación social de la población negra se intentaban folclorizar retirándoles toda su carga política, pero cierta unidad sociocultural en contra del racismo daría lugar a una serie de diferentes movimientos sociales negros atomizados y poco articulados entre sí. No obstante, una mayor actividad ha sido posible en ocasiones como la de colaborar en la preparación de la Proposición no de Ley sobre “Memoria de la esclavitud, reconocimiento y apoyo a la comunidad negra, africana y de afrodescendientes en España”, aprobada en 2010 por unanimidad en el Congreso de los Diputados. En los últimos años, se observa además una mayor feminización del movimiento reivindicativo negro que tiene presencia en Internet especialmente en las redes sociales, acompañando el aumento de la participación de las minorías étnicas negra, árabe y gitana en el movimiento feminista. Todo esto contribuye a la construcción de un nuevo pensamiento social que reabre el debate sobre la discriminación y el racismo. Pero el activismo negro aún no ha conseguido convertirse en un movimiento de base amplia en España, ya que ha congregado a pocos activistas y no pocas veces está adscrito a ideologías y deficientes formas de organización que han funcionado como barreras para involucrar a más participantes. Examinaremos esto en la segunda parte del análisis.

Un papel central en la evolución de los derechos de la población negra lo ha jugado la discriminación institucional que sufren las personas migrantes africanas desde la entrada de España en la Unión Europea en 1986 en cuanto a la concesión de visados. Son los años en los que se culmina la desafricanización o borrado y negación del legado africano en España, desde un punto de vista político, mediático y cultural. Desde la firma del acuerdo europeo de política migratoria común de Schengen en 1995, el discurso de las autoridades y los medios de comunicación se pone al servicio de una política de control de fronteras instrumental que favorece la libre circulación de los ciudadanos comunitarios debido al Tratado de Maastricht pero sólo acepta a los no comunitarios según el gobierno de turno considere o no que se necesita un acuerdo con el país de origen, con independencia del proyecto de vida de cada individuo. Como referencia mediática de lo que supone el fenómeno se comienza a proyectar una imagen de “avalancha” de africanos que llegan en pateras, preparando el escenario para justificar su repatriación. Todo esto tendrá sus pros y sus contras según el punto de vista que se mire, pero una consecuencia clara es que amplía la brecha de derechos entre extranjeros residentes de países más ricos e inmigrantes a los que se presupone socioeconómicamente inferiores. Diferentes leyes de extranjería consolidan esta división, con el agravante telón de fondo de una larga tradición en el Estado de crear instrumentos legales restrictivos hacia los derechos de minorías étnico-raciales.

La lucha de los sin papeles hizo en aquellos años que la identidad política común de las personas migrantes se volviese más sólida que la identidad política étnico-cultural de la población negra en general, que llevaba ya siglos siendo discriminada o asimilada. El Tribunal Constitucional, de mayoría conservadora, determinó además en 2001 que los rasgos fenotípicos constituyen “indicadores razonables de origen no nacional” en el caso del control de identidad y por tanto una “mayor probabilidad” de no ser español por razón exclusiva de que una persona sea negra. Tras un largo proceso, el Comité de Derechos Humanos de las Naciones Unidas sentenció en 2009 que el Estado español tenía obligación de pedir disculpas e indemnizar por la vulneración de los derechos humanos provocada por aquella decisión. España ha sido ya condenada más de veinte veces por vulnerar los derechos humanos pero el dictamen suele ser ignorado. De esta manera, se certifica la consideración social de las personas negras como inmigrantes y de los inmigrantes como personas permanentemente susceptibles de estar bajo sospecha o no ser merecedoras del mismo trato por parte de la policía y los jueces.

La posición de los dos partidos políticos que han ocupado el Gobierno de la nación ha sido ambigua con respecto a las demandas de la comunidad negra. Cuando han gobernado, tanto Partido Socialista como Partido Popular han seguido una línea dura de cumplimiento de la política migratoria suscrita en la Unión Europea conduciendo a que el control de fronteras y los CIE hayan operado frecuentemente vulnerando de los derechos de las personas migrantes. En cuanto a políticas internas, desde el asociacionismo negro se ha acusado a ambos partidos de apoyar sólo algunas reivindicaciones según el contexto político y los intereses de cada momento aunque sin tomar medidas de peso, de instalarse en el privilegio blanco (el conjunto de ventajas explícitas e implícitas no disfrutadas en occidente por las personas no blancas) y de no involucrarse suficientemente en la erradicación del racismo. Mientras que han sido los partidos de izquierda los que han liderado las políticas de igualdad racial en todo el mundo, en el caso de España el activismo negro ha denunciado que la izquierda en general muchas veces no ha apoyado o directamente ha bloqueado más que la derecha las propuestas del asociacionismo negro, negando las razones de fondo de cada reivindicación. La consecuencia práctica en España del supuestamente bienintencionado pero mal dirigido discurso progresista del tipo “yo creo en una sola raza” o “para mí no hay colores” es que no atiende a la diferencia y niega el enfoque de raza por principio (aunque sí se hayan incorporado el de clase, género, orientación sexual o discapacidad para corregir desigualdades sociales). Junto con este negacionismo, el miedo inducido en la sociedad sobre la inmigración africana y la invisibilización de la población negra española en general impiden la emergencia de una solidaridad con la particular situación de este sector de población como la que sí ha existido en otros países.

Una particularidad del silenciamiento del racismo contra los negros en España, heredada del colonialismo, es que se disfraza como broma. Otra es el racismo institucional y no hay prácticamente ninguna gran organización pública o privada que presente personas no blancas entre sus caras visibles. Otra es que en el mundo del fútbol, el mayor espectáculo de masas, con frecuencia se producen manifestaciones de odio racial en los estadios con absoluta impunidad, ante la indolencia de las autoridades y de los clubes. Otra particularidad, compartida con otros países iberoamericanos, es que en las producciones culturales y en los medios de comunicación (especialmente en la televisión, que es el que construye el discurso dominante en el imaginario social) durante mucho tiempo se ha producido una situación de invisibilización, uso de estereotipos, exotización y chanza, excepcionalidad de lo que debería ser visto como normalización, destaque del origen de determinados delincuentes, publicidad excluyente (o directamente racista) y doblajes ridiculizantes. Las inercias de esta falta de representación en la cultura tiene un profundo efecto en la autoestima, ya que si una persona desde una edad temprana no ve ningún personaje que se le parezca o aparece pero estereotipado, su concepto de sí misma y autovaloración están cuestionados y esto condiciona su desarrollo. En los ambientes supuestamente más progresistas encontramos especialmente este racismo, que busca excusas constantemente para existir de maneras disimuladas que no avergüencen al que lo profesa. Todo contribuye a naturalizar la discriminación, perpetuar las desigualdades, racializar la nacionalidad (en el imaginario social no es normal ser negro y español al mismo tiempo) y ejerce por hábito un efecto desmovilizador en la sociedad. Esto exige un trabajo intelectual de deconstrucción por parte de los movimientos negros y de los académicos socialmente comprometidos, independientemente de su orientación ideológica, por la defensa de los derechos humanos y de ciudadanía.

DERECHOS CULTURALES DE LA MINORÍA NEGRA HOY EN ESPAÑA

Los derechos culturales se definen como aquellos derechos humanos relacionados con la cultura en un sentido amplio, que garantizan que las diferentes personas y comunidades tengan acceso y puedan participar en aquella cultura que sea de su elección en condiciones de igualdad, dignidad y no discriminación. Son derechos relativos a cuestiones como la producción cultural y artística, la participación en la vida cultural, el patrimonio, las minorías, la lengua, los derechos de autor y el acceso a la cultura, entre otros, y están en relación con la capacidad de un grupo poblacional para preservar sus formas de vida y la seguridad de su base económica dentro de la nación en la que se encuentre. Por eso estos derechos atienden a la preservación cultural de minorías étnicas, religiosas o pueblos que estén en peligro de desaparecer; pero además se plantea el concepto de justicia cultural, que se centra menos en la preservación como un fin en sí mismo y más en las interacciones equitativas y en el potencial para los intercambios culturales. El reconocimiento de los derechos culturales tiene además un valor económico por las posibilidades comerciales y de turismo.

El estudio de sus diferentes culturas revelaría un mayor conocimiento sobre la historia del pueblo español y arrojaría más luz sobre su origen y desarrollo. Por tanto la educación, la investigación, las industrias creativas y el intercambio informacional o comercial en torno a aspectos culturales deben defender los derechos de las minorías dentro de políticas públicas de diversidad. Según los compromisos internacionales suscritos en esta materia: “Los Estados protegerán la existencia y la identidad nacional o étnica, cultural, religiosa y lingüística de las minorías dentro de sus territorios respectivos y fomentarán las condiciones para la promoción de esa identidad” […] “Las políticas y programas nacionales se planificarán y ejecutarán teniendo debidamente en cuenta los intereses legítimos de las personas pertenecientes a minorías” […] “Las personas pertenecientes a minorías tendrán derecho a disfrutar de su propia cultura” y a “participar efectivamente en la vida cultural, religiosa, social, económica y pública” […] “Las personas pertenecientes a minorías tendrán el derecho de participar efectivamente en las decisiones que se adopten a nivel nacional y, cuando proceda, a nivel regional respecto de la minoría a la que pertenezcan o de las regiones en que vivan, de toda manera que no sea incompatible con la legislación nacional” (Declaración sobre los derechos de las personas pertenecientes a minorías nacionales o étnicas, religiosas y lingüísticas, aprobada por la Asamblea General de las Naciones Unidas). En el mismo sentido, la Agenda 21 de las Naciones Unidas para la cultura apuesta por establecer un compromiso de las ciudades y los gobiernos locales para el desarrollo que incluya los derechos culturales como parte de sus principios centrales y establece que: “Los gobiernos locales reconocen que los derechos culturales son parte integrante de los derechos humanos, tomando como referencia la Declaración Universal de los Derechos Humanos (1948)”.

Son importantes los compromisos internacionales con la ONU, pero más importante aún es el debate democrático del los Estados con sus minorías culturales puesto que el funcionamiento de las burocracias en las organizaciones internacionales no siempre es democrático en sí mismo. Pero la aproximación a los problemas de racismo y discriminación contra las personas negras que se ha hecho en los partidos políticos, las organizaciones no gubernamentales y las instituciones oficiales en España suele dirigirse a los síntomas y no atiende bien a sus causas estructurales, cuando no consiste directamente en la desconsideración o minimización de tales causas por parte de los responsables de buscar soluciones. Mientras que hasta ahora la izquierda española no ha atendido seriamente las reivindicaciones de la comunidad negra, en las últimas cuatro décadas las izquierdas europea, estadounidense y latinoamericana han elaborado perspectivas innovadoras respecto a cómo combatir el racismo. El impacto de esta contribución en el plano político ha sido la inclusión de la cuestión racial en las políticas de los partidos de izquierda y centro-izquierda. En el ámbito académico ha surgido una nueva producción teórica en el extranjero sobre los efectos de la segregación, la esclavitud y el dominio colonial que, gracias a una recopilación de datos empíricos, rebate la naturalización de la discriminación, la subordinación política y especialmente el silenciamiento del racismo. Pero España una vez más ha vuelto a quedarse atrás y ni siquiera se ha planteado oficialmente la necesidad o no de estadísticas que cuantifiquen la población negra (aunque según algunas estimaciones está entre un millón y dos millones de habitantes) y caractericen su situación, lo cual ha sido la vía escogida para el diseño de políticas públicas en otros países en cuanto a derechos económicos, sociales y culturales. La duda viene cuando se examinan las consecuencias prácticas de dichas políticas basadas en censos raciales, que ya sea por sus principios o por su ejecución con medidas llamadas de “discriminación positiva”, han estimulado la expresión y el ascenso electoral de un repunte del racismo en Europa y las Américas.

En otros países los resultados de los estudios estadísticos sobre desigualdad con auto-clasificación de raza ayudaron inicialmente a dar consistencia a las demandas de la comunidad negra, que habían surgido cuestionando la legitimidad de los comportamientos que crecen al abrigo de los prejuicios raciales. El mito local de que no hay racismo en España nos coloca en la perspectiva ya deslegitimada de la democracia racial o “racismo a la brasileña”: no hay un reconocimiento del problema para poder corregir la falta de igualdad de oportunidades y no se atiende a la diferencia ni a las desigualdades, negando la discriminación, por lo que con el tiempo dichas desigualdades persisten o empeoran. Resulta muy complicado proponer políticas correctoras para las situaciones de discriminación si no se pueden identificar y valorar las desigualdades. Así, la población negra en España ha venido sufriendo históricamente un racismo que es estructural e institucional con graves, amplias y persistentes consecuencias en forma de discriminación migratoria/laboral y pobreza generalizada. Lo cual conduce a inferir que la actual situación de exclusión que gran parte de las personas negras tiene en diferentes ámbitos profesionales está provocada por una discriminación racial y una desigualdad que son sistémicas. A esto se une una dinámica de competencia en la base de la pirámide socioeconómica, entre la población trabajadora golpeada por el contexto de crisis desde 2008. Como desde la llegada de la democracia la situación no ha mejorado, significativamente por falta de apoyos por parte de la izquierda política, esto justifica la actual renovación de las reivindicaciones políticas por parte de los movimientos sociales negros. Las metodologías de trabajo del Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) en materia de igualdad racial y de la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO) en cuanto a diversidad cultural podrían haber apoyado este esfuerzo si se ejecutasen, de una forma que sea correcta y democrática.

La forma en la que plantear políticas que atiendan las reivindicaciones en España no se ha decidido aún. Los críticos del método de políticas de igualdad racial de las Naciones Unidas defienden que la utilización del concepto de raza, aunque sea a efectos de análisis estadístico o de reparto de recursos, consolida el concepto de “razas” diferentes y hasta lo hace surgir entre aquellos que no creían en ellas. Tal procedimiento ha podido ir en contra de combatir la creencia en razas en sentido biológico y ha producido cierto conflicto social en algunos países, pero ha podido justificarse por: a) una correspondencia entre la población negra y los descendientes de personas que fueron esclavizadas y levantaron las economías de esos países, b) la preservación de culturas tradicionales dentro del territorio, y c) cierta uniformidad de las características socioeconómicas de ese grupo racial. Sin embargo estas circunstancias no se dan actualmente en una población negra española que tiene distintos orígenes, convive con el resto de la población hablando la misma lengua y comparte los mismos elementos culturales españoles de fondo. Pasar a considerarse una categoría social diferenciada a partir de la Proposición no de Ley de 2010 u otras iniciativas podría ser contraproducente si no se maneja con cuidado: introducir como presupuesto el concepto de raza en España podría tener el efecto de consolidar un país de “razas” y un pensamiento racializado en la esfera legal.

Lo que no se justifica es dejar que crezca el racismo, no atender a la diferencia o no respetar los compromisos internacionales, por tanto resulta necesaria una elaboración específica de políticas de diversidad adaptada a la realidad española. Las desventajas que sufre la población negra en diferentes ámbitos no se corregirán si no se coloca la lucha contra el racismo como una prioridad de la sociedad, de forma similar a la lucha contra la homofobia o la violencia de género. Las políticas de promoción de la igualdad racial sólo tendrán éxito a partir de la construcción de una amplia coalición de intereses que den solidez a una voluntad común, pero no ha existido un verdadero intercambio con África sino imposición y unidireccionalidad. Esto debería involucrar la aportación de raíz africana en la historia de España, pero no ha sido posible en gran medida por la falta de estudio y reconocimiento. Un marxista diría que esta desigualdad se produce en el nivel de superestructura (ámbitos artísticos, filosóficos, políticos y en general culturales) en función de intereses oligárquicos, sumándose a una desigualdad que había crecido durante siglos en el nivel de infraestructura (factores productivos y relaciones de producción). Pero el principal problema a resolver es que la población negra actual no posee un capital cultural común y la ausencia de políticas públicas de diversidad cultural al respecto produce más desigualdades cuando se produce alguna asignación de recursos a pequeños proyectos, de tal manera que los intereses de la comunidad negra en su conjunto nunca son atendidos.

Partiendo del análisis que hemos realizado hasta aquí, hay tres consideraciones que habría que plantearse para comenzar a establecer unos objetivos estratégicos en cuanto a la reivindicación de derechos:

  • La primera consideración surge examinando qué otras dinámicas históricas se producen desde la configuración del Reino de España además del racismo. Resulta fundamental entender que una parte del país considera que éste lleva más de cuatro siglos gobernado por unas clases dirigentes que se han comportado de forma claramente contraria a los intereses de la mayor parte de la población: dos dinastías monárquicas que han puesto sus propios intereses por delante de los de la nación o han supeditado estos en ocasiones a los de un poder extranjero, junto a una clase terrateniente y un poder eclesiástico opuesto a la Reforma en el siglo XVI, que separaron al país de las corrientes de modernización en Europa y lo sumieron en un atraso científico-cultural que condiciona la sociedad hasta el presente. Estas élites (denominadas extractivas por no crear riqueza y detraer rentas del Estado en beneficio propio a costa del resto de la población) han evolucionado hasta el siglo XX como la parte central de la clase dirigente en España, y su ala más conservadora reaccionó a los movimientos de oposición mediante una guerra civil. De manera que en España existen otros grupos sociales que se sienten víctimas de pérdida de derechos además de la minoría negra, por lo que hay diferentes reivindicaciones de recuperación de memoria histórica que están exigiendo tener un tratamiento específico y la cuestión se complica. No está claro si la cuestión negra debería incluirse en las iniciativas de memoria histórica, si decide buscar una asignación diferenciada de recursos públicos como objetivo estratégico.
  • La segunda consideración es que el debate de la deuda histórica se complicará aún más si se establece sobre la temática del reparacionismo de las Américas, pues existe una correspondencia sólo parcial y muy pequeña entre el grupo de población negra que vive actualmente en territorio español y los descendientes de la población negra española del siglo XVI. La razón de ser de las iniciativas de empoderamiento de la población negra que se han puesto en marcha en los últimos años en América Latina puede ser la misma, pero en España es más necesario prestar atención a qué tipo de propuestas se pueden presentar como distintivas y específicas del territorio, y cuáles deben ser coordinadas primero con las de otros grupos raciales. Destacadamente, pero no únicamente, con minorías como la gitana o la árabe que enfrentan problemáticas similares. Por eso, no parece recomendable trasladar a España un enfoque de políticas públicas como las diseñadas en América Latina sin hacer un análisis específico sobre la historia y la realidad particulares del país. Sin embargo las reivindicaciones que son propias de la población negra podrían diluirse dentro de otras de carácter más general que tienen las minorías raciales en conjunto, por lo que resulta importante seleccionar bien los objetivos a plantear en la agenda política. Hay enfoques que se fundamentan en el estudio histórico de cuestiones estructurales como el efecto en la sociedad de los instrumentos legales de discriminación, el reconocimiento de la responsabilidad española en los crímenes asociados a la esclavitud trasatlántica y al colonialismo, la no introducción de contenidos educativos sobre el legado africano, o la observación de que la producción cultural y los medios sean más inclusivos y transmitan una imagen digna de los diferentes grupos raciales. Se tendría que escoger entre cuáles elegir y también decidir cuáles son prioridad.
  • La tercera consideración es que resulta importante erradicar los prejuicios raciales todavía existentes pero no es suficiente tratar la desigualdad racial si no se aborda también la desigualdad de las culturas. Se ha impuesto como “superior” la cultura de raíz europea cuando las consecuencias de la vertiente científico-tecnológica de esta opción es la destrucción del medio ambiente hasta el punto de que a largo plazo se pone en riesgo nuestra supervivencia como especie humana. Aceptar esta vía civilizatoria no ha sido resultado de una decisión libre para los africanos sino más bien de la ausencia de elección tras alterarse otros modos de vida. Es indispensable disipar esa idea de superioridad para permitir una visión correcta del intercambio cultural: el progreso social siempre ha sido producto de la diversidad y la cooperación entre varias culturas, pero trae consigo al mismo tiempo la desaparición de rasgos diferenciales cuya originalidad hay que preservar. La erradicación del racismo debería basarse en el estudio de la verdad sobre nuestras raíces culturales para poner a la sociedad en paz con la historia (como ocurrió en el proceso de reconciliación en Sudáfrica), y no únicamente en el estudio o en la denuncia de sus efectos pese a que éstas se consideren también labores importantes. Conocer mejor la propia cultura produce un aumento de la autoestima, de tal manera que se produce un cambio de mentalidad positivo y la sociedad sale reforzada, alcanzándose mayores niveles de bienestar para todos.
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    CONCLUSIÓN

    Las industrias culturales son posiblemente el único campo en el que conjuntamente España, junto con el resto de Iberoamérica, es una potencia mundial. No hay la suficiente conciencia sobre ello, ni tampoco sobre la capacidad para enriquecer el capital humano y cultural en común haciendo un mayor esfuerzo por estudiar y fomentar el estudio de la aportación de raíz africana en el mundo hispano. Como resultado de las dinámicas históricas y en el contexto de una Europa construida durante los últimos cinco siglos sobre la hipótesis de superioridad de la “raza” blanca sobre el resto, se produce una discriminación de determinadas minorías que se traduce en falta de reconocimiento en la cultura y desigualdad laboral al limitar las posibilidades de la persona o destinarla a determinados roles menos cualificados en la sociedad por la reputación negativa resultante. Esto se suma a que España en los siglos anteriores no participó de la Reforma ni de la Ilustración europeas, lo hizo escasamente de la Revolución Industrial y reprimió los ideales republicanos mediante una guerra civil así como los nacionalismos periféricos. De manera que no ha existido una real igualdad de oportunidades para todos con derecho al pleno ejercicio de las identidades y los derechos culturales; el Estado se construyó para otros. Y teniendo en cuenta que el racismo institucional es tan antiguo como el Estado español, toda sus inercias siguen condicionando poder alcanzar un mayor potencial sociocultural del país.

    La persistencia de actitudes o estereotipos racistas nos conduce a la conclusión de que existe un etnocentrismo dominante naturalizado por hábito que continúa provocando que negros, árabes o gitanos no sean considerados como parte del mismo espacio institucional común de la nación. Lo que provoca esta falta de empatía en la cultura nacional hacia estas diferentes realidades es que se mantenga de facto la antigua jerarquía racial y patriarcal dominante, institucionalizada por los distintos regímenes políticos del Estado. El hecho de que gran parte de la población no perciba este racismo estructural, por no sufrir sus efectos o por no comprender que se manifiesta de formas variadas y no siempre explícitas, obviamente no significa que no exista o no impacte en las vidas de otras personas. No obstante, son todos los ciudadanos quienes financian con sus impuestos la educación pública, los medios de comunicación públicos y en gran medida la producción cultural. La identidad y la tradición de cada persona deben poder desarrollarse con plenos derechos de ciudadanía en un clima de respeto mutuo, sin que el colonialismo y la globalización eurocéntricos sigan condicionando las políticas educativas, culturales y de información del conjunto, continuando así la tradición de homogeneización y las doctrinas de superioridad cultural. Todos los niños y jóvenes deben poder crecer con dignidad disfrutando plenamente de sus derechos civiles, socioeconómicos y culturales; sin embargo las actuales políticas o la ausencia de políticas sólidas de diversidad tienen un efecto limitador sobre su formación y sus capacidades al omitir el papel de nuestra raíz cultural de origen africano en los planes de estudio (por ejemplo sobre el origen e intercambios de la civilización ibérica) invisibilizando a las minorías negra y árabe o exacervando sus estereotipos.

    La actual situación y su mantenimiento resultan antidemocráticos por definición: la política migratoria común europea determina que la población negra será siempre o durante mucho tiempo una minoría estructural dentro de España y por tanto nunca podrá llegar a ser mayoría para tomar decisiones sobre lo que le afecta. De ahí se concluye que, como otras minorías culturales que reconoce la democracia (la comunidad gitana, la comunidad judía, la comunidad musulmana, los vascos, los catalanes, etc.) debería al menos tener una asignación de recursos diferenciada. Por tanto, la falta de suficiente apoyo social a sus demandas y la consecuente negativa de los partidos políticos funcionan como una tiranía de la mayoría. No se puede solucionar esto bajo un mal liderazgo político y para ello el diálogo de la comunidad negra con el Estado ha sido siempre un elemento importante para la lucha por los derechos en muchos países, por lo que es necesario incluir tal diálogo en la agenda de los partidos españoles. Corresponde a la convergencia de movimientos sociales negros constituir una estrategia articulada capaz de promover alguna propuesta común, pero la integración de sus propuestas específicas en las políticas públicas se justifica por estar destinadas a la plena inclusión de todos los ciudadanos en la sociedad, como se hace con género y otros enfoques sobre desigualdades estructurales. Esto potenciará el capital cultural común del país y lo preparará para afrontar mejor los retos sociales y de la economía, formando ciudadanos globales, ya que los países que mejor gestionan la diversidad son también los más prósperos. Conseguir una igualdad efectiva exige combatir el racismo y prestar una atención especial a los derechos de las minorías étnico-raciales por lo que, para cumplir con los compromisos internacionales suscritos por España, el respeto a la diversidad debe colocarse en el centro de las estrategias de desarrollo social. Las autoridades deben aplicar principios de pluralismo en las políticas públicas para impulsar una nación moderna que respete y reconozca a sus minorías, con derechos culturales para todos los ciudadanos que favorezcan el avance científico, de forma que el conjunto de españoles disfrute de una verdadera igualdad de oportunidades.

    Examinaremos la falta de mecanismos democráticos entre Estado y sociedad civil en la segunda parte del análisis.

    Imagen de cabecera: El Triunfo de la Santa Cruz / Batalla de las Navas de Tolosa (1891-1895) por Marceliano Santa María

    Orígenes africanos de la Administración

    En la Antigüedad clásica, Egipto fue la potencia dominante en el Mediterráneo durante miles de años y estaba mucho más avanzada administrativa, tecnológica y culturalmente que los pueblos europeos. Para entender la superioridad de su organización, la figura del escriba es fundamental: era una profesión creada específicamente para ayudar a manejar la complejidad del sistema de producción. Los escribas eran capaces de resolver los más complicados retos de gestión.

    Los antecedentes de la industria de Management Consulting suelen explicarse en relación con la de auditoría, que tiene sus raíces en la ingeniería industrial y la ciencia contable estadounidenses de la segunda mitad del siglo XIX. La práctica de contratar estos servicios para optimizar el desempeño de las grandes corporaciones empresariales se generalizó con un taylorismo (método de organización industrial postulado por Frederick Winslow Taylor, economista e ingeniero estadounidense) que revolucionaba los enfoques de gestión a principios del siglo XX: lo que se llamó “el estudio científico del trabajo”. Pero esta función social que los ingenieros y consultores desempeñaban en la economía no era nueva. Examinar el origen histórico de la disciplina de Administración en Occidente nos conduce hasta el desarrollo espectacular que tuvo durante la época faraónica en el Antiguo Egipto. Su influencia civilizatoria revolucionó para siempre la difusión del conocimiento a través de los fenicios, intermediarios que abrieron un mercado internacional de papiros egipcios que tuvo un gran impacto en Grecia.

    Los antiguos griegos describían a los egipcios como sus maestros. Durante miles de años, el Imperio Egipcio había tenido una hegemonía incuestionable frente a otros pueblos mediterráneos gracias a su superioridad organizativa. Encontramos invariablemente la figura del escriba en todas las esferas de actividad importantes (granjas, talleres, ejército, templos o departamentos administrativos). Sus capacidades para leer y escribir eran sólo un aspecto de una profesión que era considerada un privilegio sólo al servicio de la clase dirigente y de los dioses. Eran consejeros del emperador, de los dignatarios y de los sacerdotes. Los escribas eran poderosos y respetados, de manera que los altos funcionarios egipcios a menudo elegían ser representados en las estatuas con una humilde pose de escriba. Era un cuerpo profesional capacitado para el pensamiento analítico, la planificación, las matemáticas, la crónica histórica, la comunicación institucional y la toma de decisiones de gestión.

    En Egipto, como sociedad más avanzada en la Antigüedad, surgió la necesidad de escribas para que ayudasen a manejar la complejidad del Estado en la organización de proyectos cada vez mayores. Para los escribas, la suya era la más gloriosa de las profesiones puesto que organizaban la monumental construcción, las inscripciones y los jeroglíficos, la producción, la logística, las unidades del ejército y las políticas fiscales. Un escriba de elevado rango se podía convertir en una de las personalidades más poderosas e influyentes del Imperio o incluso en la primera autoridad del Estado tras el faraón. Acceder a la profesión de escriba era muy complicado y primero era necesario costear unos estudios (no al alcance de cualquiera) en la escuela de escribas.

    Las grandes consultoras crecieron durante el siglo XX reclutando en las mejores universidades y escuelas de negocios de los Estados Unidos y Europa. En sus periodos de apogeo durante el siglo XX, los líderes de la industria de la consultoría consideraban también que su trabajo era el mejor del mundo ya que eran los arquitectos de la globalización empresarial. Tenían asignaciones de gran prestigio como organizar la expansión de las compañías multinacionales, asesorar en la creación de la NASA, reorganizar la Casa Blanca y la Administración Federal de los Estados Unidos, reconstruir la Europa corporativa tras la Segunda Guerra Mundial, o guiar la transición de Rusia hacia una economía de mercado tras la caída de la URSS.

    En el Antiguo Egipto se confiaba en los escribas para mejorar la organización de todos los procesos de producción. Los registros que mantenían los escribas permitían mejorar la eficiencia asegurando la continuidad y la mejora de las actividades económicas, del mismo modo que posteriormente harían los contables y los ingenieros en la industria de la consultoría para las corporaciones. Al fin y al cabo, la expansión del capitalismo estadounidense en el siglo XX ha sido frecuentemente comparada con una expansión imperial, y las grandes consultoras han tenido un papel muy importante en su articulación global. Junto con los ingenieros, los sumos sacerdotes y los dignatarios más cualificados, los escribas constituían la “intelligentsia” del Antiguo Egipto y ocupaban un lugar destacado en la escala social, gozando de gran reconocimiento. Liberados del trabajo físico, los escribas cuidaban mucho su aspecto exterior y su indumentaria.

    Los escribas eran muy conscientes de su alto estatus profesional y guardaban celosamente sus secretos. Eran consejeros que daban las mejores recomendaciones, controlaban los resultados y registraban datos relevantes. La historia de la humanidad está en deuda con ellos por haber contribuido a dejar abundante documentación, desde informes rutinarios hasta textos de gran poder explicativo. El resto de trabajadores solían acudir a ellos para obtener ayuda de todo tipo, desde negociar contratos legales hasta simplemente redactar cartas. Finalmente, el trabajo de los escribas tenía las mismas características con las que se forjó la profesión de consultor de gestión: eran reconocidos por ser trabajadores incansables, pacientes y organizadores eficientes de complejas operaciones en el día a día de la sociedad. Constituían una red de profesionales muy bien formados, que contribuyeron al avance de su cultura y a civilizar el área mediterránea durante la Antigüedad clásica.