GUEST POST: El joven africano

Publicado originalmente en su blog en LinkedIn por Juan Pablo Osa como parte de una serie sobre superación personal.

Todos hemos vivido ese momento en el que toda tu vida cambia, tu manera de ver las cosas cambia, tu percepción de la realidad cambia. Pero no todos afrontamos tal momento de la misma manera. Veamos la siguiente historia de un joven africano.

A los cinco años se fue a Europa con sus padres donde pasó casi toda su vida. De manera que toda su etapa de infancia, adolescencia y madurez la pasó en ese tan agraciado pero a la vez duro continente. Conforme fue creciendo, fue adquiriendo la manera de pensar, hablar y actuar de los europeos. Poco se acordaba de su tierra natal, pocos conocimientos tenía de su continente padre, África. Creció rodeado de europeos. Tal es así que cuando empezó el colegio, era el único africano en su aula. Los años fueron pasando y el joven africano seguía siendo alimentado de la cultura europea, olvidando cada vez más la cultura africana. Sus padres, de clase trabajadora, no tenían mucho tiempo para dedicarle, pues se levantaban muy pronto para ir a trabajar y regresaban muy tarde.

Este joven africano, dotado de una buena condición física, se apuntó a un equipo de fútbol. Como de costumbre, y al igual que en casi todos los colectivos que frecuentaba, seguía siendo el único africano de su equipo. Por lo que desde pequeño aprendió a ser diferente y se acostumbró a ello. Nunca había jugado en ningún equipo, pero su condición física conllevó a que eso no se notase, pues en seguida empezó a destacar. Tanto destacó que en su primera temporada, acabó siendo el máximo goleador de su equipo. De pequeño aprendió que tenía condiciones suficientes para destacar en lo que haga, sea lo que sea.

Sus padres nunca iban a verle jugar en sus partidos. De hecho, tenía que ir al entrenamiento en bicicleta, pues el lugar donde entrenaba estaba a casi una hora de su casa. Una vez terminaba de entrenar, volvía a coger la bicicleta y se ponía camino de vuelta a su casa, donde no encontraba a sus padres, porque estos estaban trabajando. Ese hecho se le hizo lo normal y habitual, por lo que se acostumbró a ver cómo los padres y familiares de sus compañeros de equipo iban a todos los entrenamientos y partidos, mientras él no podía gozar de esa oportunidad.

Los años fueron pasando y este joven africano fue amoldando su personalidad y su carácter. Vivía rodeado de europeos, pero él no se consideraba como tal. Solía asistir a eventos familiares donde se encontraba con otros jóvenes africanos, pero sentía que tampoco se sentía al cien por cien identificado con esa comunidad, ya que no tenía casi información alguna de África. Ese hecho hizo que este joven africano adoptase su propia manera de pensar, de ser y de actuar. A pesar de todo ello, se sentía un chico afortunado. Tenía unos padres que le querían, que le alimentaban, que velaban por su seguridad y por su educación.

Tenía muchos límites, la mayoría de ellos económicos. De manera que, como la mayoría de jóvenes africanos en Europa, tuvo que acostumbrarse a esa situación. Tuvo que acostumbrarse a ver a sus compañeros de clase traer zapatillas o ropa nueva, irse al parque de atracciones con sus padres y disfrutar de una vida plena de facilidades y necesidades cubiertas. Pero lo bueno de este joven africano es que en ningún momento recriminó a sus padres tal situación. Él sabía que ellos ya hacían demasiado trayendo un plato de comida a casa y manteniéndole bajo un techo, sano y salvo. Por lo que desde pequeño aprendió a no compararse con los demás, ya que sabía que cada uno tiene su situación personal. Fueron pasando, cada vez más, los años. Este joven africano empezó a relacionarse con otros jóvenes africanos. Veía muchos africanos mayores que él, que se quejaban de la vida que tenían. Decían que no se les respetaba y que no podían encontrar un trabajo decente.

Conoció a muchas personas en su juventud. Muchas de esas personas eran muy populares y conseguían llamar siempre la atención fuesen donde fuesen. Él pensaba que a esas personas les iría bien durante toda su vida. ¿A quién le puede ir mal siendo tan popular? Pero con el paso de los años, fue viendo que esas mismas personas que eran las más populares de su ciudad, se iban convirtiendo en auténticas sombras de lo que fueron. Cuando el tiempo pasaba, esas personas dejaban de tener el respeto de la gente y empezaban a ser considerados como personas de no provecho, ya que lo único que les importaba era que la gente les conociese. Esas mismas personas, se arrepentían continuamente de no haber hecho algo productivo durante su juventud, pues se encontraban en una situación de fracaso profesional, económico, social y moral. Debido a ese hecho, el joven africano aprendió que lo realmente importante es ser fiel e importante para uno mismo, de manera que pase el tiempo y te mires al espejo sin sentir vergüenza ni decepción de ti mismo.

Tanto es que aprendió eso, que este joven africano logró entrar en la Universidad. Lo cual significó un gran orgullo para sus padres, ya que él consiguió romper el ciclo. Ni sus padres, ni sus abuelos lograron ir a la Universidad, de manera que representó un antes y un después en su familia. Cuando la crisis azotó Europa entera, sus padres tuvieron que volver a su país, quedándose solo en Europa el joven africano, pues tenía que acabar sus estudios. Fue una época bonita pero a la vez dura. Bonita porque en su etapa de universitario, conoció a una gran cantidad de personas y jóvenes de otros continentes. En ellos vio otro mundo, otra manera de pensar, de actuar y de ser. Sentía que estaba en el lugar perfecto para trazar su vida, y eso le empujó a plantearse nuevas metas y objetivos en la vida.

Llegó a sentir que las cosas le estaban yendo bien. Hasta un día. Donde todo cambió. Tenía que renovar su documento de identidad. Debido a que sus padres ya no vivían en Europa, no pudo justificar gran parte de la documentación que se le pedía. De manera que cuando entregó toda la documentación que pudo obtener, le dijeron que no era suficiente y que no le iban a renovar su documentación. Fue uno de los primeros Life Changing Moments de este joven africano. Cuando estaba volviendo a su casa, iba mirando a su alrededor. Veía a los niños jugando, pájaros volando y familias paseando con una sonrisa de oreja a oreja. Empezó a ver las cosas de una manera más detallada y profunda. Mientras caminaba, sin darse cuenta, le empezaron a caer lágrimas de los ojos. Cuando se percató de ello, miró hacia arriba, para que las lágrimas se quedasen en los ojos y la gente no se diese cuenta que estaba llorando. Fue la primera vez que este joven africano recuerda haber llorado.

El motivo por el que empezó a llorar, fue porque por primera vez en su vida, miró hacia su futuro y lo único que veía era oscuridad. Nunca le había pasado eso. Siempre que miraba a su futuro veía muchos logros y éxitos, pero esta vez no veía más que oscuridad y sufrimiento. Cuando pasaron los días, el joven africano se dio cuenta de que ese hecho era la manera en que la vida le estaba dando una bofetada y diciéndole: “Despierta. Ya no eres un niño. Ahora eres un hombre”. De manera que, casi obligado, el joven africano tuvo que madurar antes que muchos de sus amigos.

Así que ahí estaba él, joven, africano, viviendo sin sus padres desde hacía varios años y ahora sin documentación. Llegaron las vacas flacas y empezó a tener dificultades económicas. Sus padres no podían enviarle dinero suficiente para sus gastos. Así que su ya grave limitación económica se agravó más, metiéndose en el saco de problemas que el joven africano ya tenía de por sí. Empezó a ver que la vida no era un camino de rosas. Empezó a creer que no podría salir adelante. Empezó a pensar que su vida era una basura. Hasta el día en que experimentó otro Life Changing Moment.

El joven africano se dirigía a la biblioteca, ya que estaba en época de exámenes. Mientras iba por la calle, no podía parar de pensar lo mal que le iban las cosas y lo dura que era su vida. Antes de ir a la biblioteca, pasó por un supermercado para comprarse una botella de agua. Mientras se acercaba a la puerta del supermercado, vio que había una mujer enfrente de la puerta. Esa mujer estaba pidiendo dinero y/o comida. Pero la gente no le hacía caso. El joven africano prestó especial atención a la escena. Cuando llegó a la puerta, se dio cuenta que se trataba de una mujer no muy mayor, de poco más de unos treinta años. También se dio cuenta de que a la mujer le daba vergüenza pedir. No se dirigía directamente a la gente para que le diesen dinero, sino que con una mirada tímida intentaba que la otra persona conectase con ella y le dedicase al menos unos segundos de su tiempo para ayudarla. El joven africano, entró en el supermercado, cogió su botella de agua y se dirigió a la caja. Una vez en la caja echó un vistazo a la puerta y vio que la mujer seguía pidiendo. Pero, al igual que antes, para el resto de la gente era invisible, como que no existía. De manera que el joven africano salió de la caja, cogió un carrito de compra y lo llenó de comida. Volvió a la caja, pagó y salió del supermercado. Nada más salir, se encontró frente a frente con la mujer. Con su botella de agua en la mano izquierda y la bolsa llena de comida en la mano derecha, se acercó a la mujer y con un gesto de “tranquila, te veo, no estás sola”, extendió su mano derecha hacia ella. Sin intermediar ninguna palabra el uno con el otro, la mujer cogió la bolsa. El joven africano se marchó y la dejó a sus espaldas. Antes de girar la esquina, el joven africano miró atrás. Vio cómo la mujer abría la bolsa de comida, cómo se volvió a él y con la cabeza y una sonrisa le mostró un gesto de gratitud. Ese momento, se quedó grabado en la retina del joven africano. Fue la primera vez que veía sonreir a la mujer. Esa sonrisa alumbró toda la cara de la mujer y seguidamente conllevó que el joven africano encontrase paz en su interior. De manera que se dijo a sí mismo: “Yo estoy aquí quejándome de que tengo una vida dura, que los exámenes me estresan, que no me envían suficiente dinero, y bla bla bla. Pero esta mujer se levanta todos y cada uno de los días para llevarse algo de comer a la boca. Cada persona que pasa a su lado es una oportunidad que ella tiene de conseguir su objetivo y a pesar de que muchas personas le digan que no o que directamente no le hagan caso, ahí sigue ella, intentándolo una vez tras otra”.

El joven africano, se dio cuenta que tendía a maximizar los problemas. Después de ver esa escena, no podía seguir diciéndose que su vida era dura. Por lo que aprendió a relativizar todos los problemas que tuvo en su vida, desde ese día. El tiempo fue pasando y, después de todo el sufrimiento por el que tuvo que pasar, el joven africano acabó su carrera. A la hora de hacer las prácticas profesionales, que su titulación le exigía, lo hizo tan bien y con tanta eficacia que consiguió asombrar a todos en su empresa. Consiguió posicionarse como un referente en su empresa, y lo más importante, consiguió que le ofreciesen un contrato. Pudo independizarse, empezar a ayudar económicamente a sus padres y, algo muy importante, podía mirarse al espejo y no sentir ni vergüenza ni pena de sí mismo.

Pero todo esto no fue fácil de conseguir para él. El joven africano tuvo que pasar por una serie de etapas en su vida, que le hicieron llegar donde está hoy en día. Ahora mira atrás y agradece haber pasado por todas esas situaciones y etapas de su vida. Ser el único africano en los distintos colectivos donde estuvo en su infancia, le ayudó a aprender que ser diferente a veces puede ayudarte a desmarcarte de la mayoría y puede acabar siendo una buena oportunidad para destacar. De sus años jugando a fútbol aprendió que, a pesar de ser diferente, uno siempre tiene condiciones suficientes para destacar y sobresalir. De la etapa de niñez donde no podía disponer de lo mismo que sus compañeros, aprendió que nunca se tenía que comparar con nadie para valorarse a sí mismo, pues el tiempo le enseñó que cada uno tiene su historia. De la escena en el supermercado con la mujer, aprendió a relativizar sus problemas, de manera que no supusiesen un obstáculo en su camino al éxito. Pero si hay algo que aprendió y le llena de orgullo es que siguió siendo fiel a sí mismo y a sus principios, lo cual le ayudó a mantener su esencia y a no ser una copia barata de nadie, ya que la mejor copia que podía ser era de sí mismo.

De manera que ahí está ese joven africano, destacando en Europa, a pesar de que de pequeño escuchaba a muchos africanos decir que es imposible tener éxito en Europa. Una vez más, vemos en la historia del joven africano que todas las barreras, muros, miedos etc.., que nos ponemos nosotros mismos pueden derrumbarse si cambiamos la manera de pensar, de ver las cosas, de vernos a nosotros mismos. Vemos que todo sufrimiento, dolor y espera por los que hemos pasado en nuestras vidas, tienen luego su recompensa si seguimos intentando avanzar (recordemos a la mujer del supermercado).

Con esto aprendemos que la vida va por etapas. Hay etapas buenas y etapas menos buenas, pero mientras tengamos bien aprendidas las lecciones que este joven africano aprendió a lo largo de su vida, cada una de esas etapas será simplemente una escalera hacia nuestro éxito personal.

Yo soy ese joven africano. ¿Y tú?

Sobre el Autor: Juan Pablo Osa

Juan Pablo Osa
Colaborador, autor en la sección Sociedad y Capital Humano de @Knowledge | Emprendedor, mentor de estudiantes, autor motivacional y conferenciante | Formación en Administración y Dirección de Empresas