GUEST POST: El Racismo estructural en una Sudáfrica sin Mandela

Hay sociedades en el mundo que tienen “una estructura racista”, y Sudáfrica es una de ellas. Ya lo decía Franz Fanon cuando teorizaba en su libro “Piel negra, máscaras blancas” sobre la necesidad de reconocer que “todas las formas de explotación, de discriminación, se parecen, ya que todas ellas se aplican a un mismo objeto: el ser humano”.

El caso de Sudáfrica es particularmente interesante a este respecto desde el punto de vista de los efectos que ha llegado a tener el colonialismo sobre la cultura política, no sólo en la etapa del apartheid, al que ahora haremos una breve referencia, sino también debido a otro tipo de fenómenos de corte racista que se han venido dando en este país, sobre todo, en las dos últimas décadas.

EL APARTHEID O LA NEGROFOBIA A LA SUDAFRICANA

Cuando digo que el país tiene una estructura racista, quizás no nos pille de sorpresa a muchos, pero me gustaría aclarar algunas cuestiones sobre la etapa del apartheid que no sólo tienen su origen en la estructura colonial establecida por los afrikaners, sino en una lógica de construcción social. En las elecciones generales blancas de 1948 (entendiendo ‘generales’ como aquellas en las que sólo la minoría blanca podía votar, mientras que la inmensa mayoría de la población: negros, mestizos e indios, quedaban excluidos) perdió el partido gobernante, United Party, cuyo líder era Jan Smuts, un general que había hecho participar a Sudáfrica del lado de los aliados durante la Segunda Guerra Mundial. El partido ganador sería el National Party que, liderado por Daniel Malan, negaría el apoyo a Gran Bretaña y haría públicas sus simpatías por el régimen nazi alemán.

La declaración formal de los principios políticos que alentaban el partido de Malan era conocida como apartheid, palabra que aunque nueva resumía la vieja segregación cuyo significado era básicamente la codificación en un sistema opresivo de todas las leyes y normas que habían mantenido a los africanos en una posición de inferioridad respecto a los blancos durante siglos. De este modo, y a este punto queríamos llegar, según Nelson Mandela (2014:121) “lo que hasta entonces había sido una realidad más o menos de facto iba a convertirse de una manera inexorable en una realidad de jure”. Es decir, el apartheid fue la conformación en leyes de una rutina de actos racistas que había sido implantada a lo largo de los anteriores 300 años. Ya existía, por ende, una estructura racista.

Estos principios políticos, ya convertidos en una forma de segregación de jure, partían de la premisa de que los blancos eran superiores a los africanos, indios y mestizos (aunque luego las escalas de discriminación dependían de cada una de estas clasificaciones) y su objetivo principal era implantar de manera definitiva la supremacía blanca. Así lo expresaba el National Party: “Die wit man moet altyd baas wees” (el hombre blanco debe ser siempre el amo –baasskap-). La Iglesia holandesa, una vez reformada, apoyaba esta política, aportando así el apuntalamiento religioso del apartheid y llegando incluso a sugerir que los afrikaners eran el pueblo escogido por Dios, mientras que los negros (kafir – término despectivo en afrikaner) eran una especie subordinada a ellos (Mandela, 2014:122). De modo que religión y apartheid marchaban codo con codo: la estructura racista de la sociedad se empieza a consolidar, se aprueban sucesivas leyes y posteriormente la política de los batustantes, que no tenían más objetivo que éste.

La lucha de Nelson Mandela contra el régimen racista que acabamos de enunciar, tras un largo y duro periodo de lucha (no sólo por parte de la población negra, sino en conjunto con la mestiza e india) culminaría con la independencia y el fin del apartheid en el año 1994. Situación que acabará produciendo la transformación de Sudáfrica en un símbolo de la lucha anticolonial y del movimiento “no racista” a nivel mundial. Algo que se vio como la superación de una estructura que, habiendo sido socialmente construida, quedaba ahora relegada a la oscuridad.

Sin embargo, el pasado año 2015 ciertos acontecimientos de corte racista acaecidos han dejado en evidencia que Sudáfrica, no solo conserva esa estructura, sino que además, esta última se expresa de diferentes maneras. Veamos por qué afirmamos esto.

Desde finales de la década de los 90 a los años 2000 se produjeron importantes cambios geográficos a nivel mundial que van a transformar el continente africano en la región más poblada del planeta. Según un Informe de Desarrollo Humano (2009) elaborado por el Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) bajo el nombre de “Superando barreras: movilidad y desarrollo humanos”, de la abrumadora cantidad de unos mil millones de migrantes que existían hasta la fecha, casi la mitad de todos los denominados migrantes internacionales se desplazan al interior de su región de origen y un 40% lo hace hacia un país vecino.

Esto último es lo que ha pasado en Sudáfrica, país que, además de ser la potencia regional -a la que ahora se le suma Nigeria- ha llegado a convertirse en uno de los principales destinos para los migrantes de países colindantes como República Democrática del Congo, Zimbabue o Malawi. Debido a estos desplazamientos, además de producirse enormes retos para los dirigentes africanos, sobre todo en lo que se refiere a la absorción de la migración, tuvo lugar el estallido de una ola de violencia y rechazo por parte de la sociedad civil sudafricana negra contra los primeros. Una de las afirmaciones más sonadas vino de la mano del rey de los zulúes, Gowill Zwelithini, que llegaría a pedir a los migrantes que se volvieran a sus países; declaración que, entre otras, dio lugar a un proceso de persecución y asesinatos contra migrantes. Algo que aquí vamos a denominar como ataques negrofóbicos.

¿QUÉ ES LA NEGROFOBIA?

Negrofobia y filantropía son insultos en Sudáfrica: “no es exagerado decir que la mayoría de los sudafricanos experimentan una repugnancia casi física ante un indígena o una persona de color a su mismo nivel” afirmaba Fanon (2009:96), ya lo hemos visto antes; pero aquí nos referimos al término que el mismo autor usaría para definir el racismo de negros contra personas de su propio color. Es decir, es el conjunto de comportamientos por el que los negros, después de identificarse e interiorizar el racismo de los blancos, se vuelven contra los propios negros (Francoise Héirier: 2002). El esclavo (una vez liberado de las cadenas a las que había sido atado con la estructura racista construida durante siglos y después con el apartheid) busca parecerse al colono, necesita su reconocimiento, su odio, esa maldad, “no son más que una adoración de lo que pasó un tiempo atrás, el esclavo es un conservador nato” (Shiva Naiupaul: 2011).

El mensaje que se enuncia no se desvía mucho de lo que en el norte se usa para justificar la repulsión frente a las “avalanchas de migrantes”, de hecho se justifica en estereotipos de los que alguna vez hemos escuchado hablar en Europa: “son más oscuros que nosotros, nos roban nuestros empleos, no nos respetan o son utilizados por los blancos que prefieren explotarles a ellos antes que a nosotros, evitando así los principios de discriminación positiva”, nos dice el historiador camerunés Achille Mbembe. Sin embargo, un análisis del Consorcio de Migraciones y Trabajo de Investigación, que examina el impacto de los movimientos migratorios en Sudáfrica, afirma que lo que se había dicho o reproducido hasta el momento estaba basado en mitos, cosas dichas de oído o anécdotas, ya que la población sudafricana no tenía la información suficiente para poder realizar esas afirmaciones. De hecho, a pesar del 24% de paro existente hasta el año pasado, según los datos registrados de la población activa residente en Sudáfrica en una franja de edad que va de entre 15 a 64 años, sólo un 4% son “inmigrantes de origen internacional”, entre ellos, un 79% son africanos, un 17% blancos y casi un 4% indios o asiáticos.

La estructura racista a la que Fanon hace referencia por aquel entonces, discurso que seguiría manteniendo ante estos acontecimientos; unida al proceso de seguritación y militarización de la migración a nivel internacional que se produjo tras los ataques a las Torres Gemelas el 11-S; y a la conversión de los migrantes en chivos expiatorios de los sudafricanos negros, puede en cierta medida, explicar este tipo de acontecimientos de corte racista. Y esto sucede en la medida que los migrantes ya no son vistos sólo como una amenaza a la seguridad nacional, sino también de la personal (“el amo es mío” o “si alguien tiene que ser explotado por el amo, ese debo ser yo”, si se me permite la ironía).

OCTUBRE ROJO O LAS MARCHAS CONTRA EL RACISMO HACIA LA MINORÍA BLANCA

Por supuesto las movilizaciones ante estas circunstancias fueron masivas, no solo por parte de aquella parte de la sociedad negra sudafricana que condenaba los ataques o de dirigentes políticos -que llegaron a introducir una aplicación para móviles para la denuncia de actos racistas contra migrantes-; sino también por parte de la (ahora en minoría) población blanca sudafricana, que critica a sus antiguos kafires, no entendiendo como ese tipo de actos que hasta hace poco eran expresión de su presencia en Sudáfrica, pueden no ser llevados ahora solo por el hombre blanco, “habrá que volver a civilizarlos”.

Los asesinatos de personas blancas durante los últimos dos años, algo grave frente a cualquier ser humano, o el reemplazo de la figura de Louis Botha (padre de la Unión de Sudáfrica) por una escultura de Nelson Mandela, han sido los motivos por los que se han llegado a desarrollar, en los últimos meses, marchas bajo el apelativo de “Octubre Rojo”. Estas manifestaciones declaradas en guerra contra el que ahora la minoría afrikaner denomina “apartheid negro”, se presentan como una denuncia por la opresión y violencia que, dicen ellos, se produce contra la población blanca sudafricana. ¡Qué bueno sería ver la cara de Mandela y los suyos ante esto!, “la Sudáfrica de hoy es el apartheid a la inversa”, algo que no es más que el resultado de la marginación a la que les ha arrastrado la política de discriminación positiva, llegan a afirmar algunos.

Es cierto que la frase “la Sudáfrica de hoy es el apartheid a la inversa” es hoy una realidad en dicho país, pero no por lo mencionado en el párrafo anterior, sino por los ataques que se dieron contra población negra migrante bajo una fórmula racista tan solo renovada en quienes la ejercían. Afirmar esto por ver que pierdes tus privilegios parece una aberración. Es cierto que ha habido enfrentamientos entre estudiantes universitarios blancos y negros durante los últimos meses por ciertas reformas que se quieren llevar a cabo a nivel educativo; sin embargo, no lo es que los asesinatos de personas blancas sean masivos.

Según el Instituto Sudafricano de Relaciones Raciales, representado por Georgina Alexander, afirma no solo que los blancos ganan más que los negros y tienen mucho menos paro, sino también que solo en un 2% de los asesinatos que se producen en Sudáfrica son ellos las víctimas (lo que no quita, insistimos en ello, que pueda y deba ser denunciado como cualquier otro tipo de asesinato). Es definitiva, que Sudáfrica tiene una estructura racista es cierto, que esto es producto de una conformación social, tal y como afirmarían los constructivistas (aquella escuela de las Relaciones Internacionales que entiende que la estructura social es una construcción basada en consensos intersubjetivos dominantes y que estas estructuras conformadas por valores e ideas influyen en el comportamiento de los sujetos) , lo es también; pero que este régimen no se puede cambiar, no lo es tanto (dirían los constructivistas), ya que existe una capacidad constante de mejora del ser humano. Ya algunos ciudadanos afirmaban recientemente: “si hemos superado el apartheid, superaremos el racismo”; esperemos que así sea.

Sobre el Autor: Malembe Dumont

Malembe Dumont
Colaboradora, autora en la sección Sociedad y Capital Humano de @Knowledge | Analista de Políticas Públicas con Perspectiva de Derechos Humanos y voluntaria internacional | Formación en Ciencias Políticas y Derecho